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MITENI

Teoría Hume

ANEXO I. TEORÍA

 

1.      CARACTERÍSTICAS BÁSICAS DEL EMPIRISMO.

El empirismo suele considerarse como una corriente filosófica preocupada fundamentalmente por las cuestiones propias de la epistemología o teoría del conocimiento. La tesis general que afirma esta corriente es que el conocimiento se origina en la experiencia y, por tanto, todo conocimiento debe ser justificado acudiendo a los sentidos. Generalmente suele hacerse equivalente el “empirismo” con el “empirismo inglés” ya que fue fundamentalmente en las islas británicas durante el siglo XVIII cuando se desarrolló de una manera sistemática el empirismo. Británicos fueron por tanto los principales empiristas: Hobbes, Francis Bacon, John Locke, Berkeley y, sobre todo, el más radical de los empiristas: David Hume.

Los empiristas forman una corriente filosófica porque comparten determinadas posiciones epistemológicas, es decir, todos ellos tienen teorías similares en lo relativo al origen, alcance y validez del conocimiento. Las tesis que comparten los empiristas son:

- El origen el conocimiento es la experiencia. Los empiristas hacen suyo el principio aristotélico según el cual “todo lo que está en el entendimiento ha estado previamente en los sentidos[1]”. Para los empiristas la mente es una “pizarra vacía” (tabula rasa) cuando llegamos a este mundo y va a ser sólo a través de los sentidos como se va a llenar de ideas. Por esta razón Hume llamará a todos los contenidos mentales “percepciones”, porque todos ellos han tenido que provenir de la percepción sensorial. Esta va a ser una clara diferencia con el pensamiento racionalista que va a defender la existencia de las ideas innatas, es decir, ideas que están en nuestra mente de forma independiente de los sentidos. El empirismo contradice la principal tesis del racionalismo gnoseológico: que el conocimiento comienza en la razón, señalando que el conocimiento comienza en los sentidos.

-Todo conocimiento es conocimiento de ideas. En esta tesis coinciden tanto empiristas como racionalistas: conocer no es conocer cosas sino conocer ideas. La concepción de la mente para los empiristas y para los racionalistas es básicamente igual; entienden que la mente es un espacio ocupado por ideas. La diferencia entre unos y otros está en el origen de éstas ideas. Para los racionalistas muchas de estas ideas van a tener un origen en la Razón humana, las ideas innatas, por el contrario los empiristas afirman que todas las ideas tienen su origen en la experiencia.

- El conocimiento humano no es ilimitado. La experiencia tiene sus límites. Para los racionalistas la razón no tenía límites, el hombre mediante el empleo de la razón puede llegar a conocerlo todo. Los empiristas le ponen un primer límite a la razón al afirmar que la mente “NO PUEDE IR MÁS ALLÁ DE LA EXPERIENCIA”, que no podemos conocer más allá de la información que nos den nuestros sentidos sobre el mundo. Por tanto, para los empiristas conocer, por ejemplo, la existencia de DIOS va a ser del todo imposible ya que de ningún modo podemos tener conocimiento de este ser, por muchas deducciones que hagamos. Los empiristas proponen un nuevo concepto de razón, un concepto limitado frente al de los racionalistas, una razón limitada fundamentalmente por el alcance pequeño de nuestros sentidos.

 

- Crítica de la metafísica. Los racionalistas proponían una ontología, es decir, un modelo de la realidad; Descartes por ejemplo considera que la realidad se divide en tres substancias: yo, dios y el mundo. Los empiristas, y fundamentalmente Hume, van a negar la posibilidad de construir una metafísica del modo que lo hace el filósofo francés. Hume no va a negar la existencia de la realidad, la existencia del mundo, de dios y del yo cartesiano, lo que va a negar es que podamos conocerlo; precisamente por esto se ha tachado a Hume de escéptico.

 

 2. LOS PRIMEROS EMPIRISTAS: JOHN LOCKE Y GEORGE BERKELEY

2.1 John Locke

El iniciador de la corriente empirista de la filosofía es Locke. El empirismo de Locke se gesta dentro del racionalismo cartesiano, que es lo que imperaba efectivamente en Europa durante el tiempo en el que Locke se formó y empezó su actividad filosófica. La metafísica cartesiana había venido substituyendo paulatinamente la metafísica aristotélica (aunque aristotélicos va a haber hasta el siglo XX); esta era una metafísica dualista, que distinguía la substancia pensante de la substancia extensa. El punto de partida de Locke es, por tanto, absolutamente cartesiano.

Locke va a plantear de manera radical el problema del conocimiento, que es lo que le caracterizará a los filósofos empiristas propiamente. Lo que quiere es esclarecer de qué manera se produce el conocimiento, de qué manera obtenemos las ideas que se hayan presentes en la conciencia; ya que no acepta la solución racionalista frente a determinadas ideas problemáticas de hacerlas innatas en la conciencia. Las ideas según Locke sólo pueden proceder de la experiencia, si bien la experiencia puede ser externa, lo que Locke denomina ideas de sensación, o interna, lo que denomina ideas de reflexión.

A su vez, hay dos tipos de ideas, las simples y las complejas:

1. Las ideas simples: son las que proceden de los sentidos

2. Las ideas complejas: son combinaciones de ideas simples.

Una de las claves en torno a la cual gira toda la filosofía moderna es la reflexión sobre la noción de “substancia”. Según Locke la idea de substancia es compleja. La define como el “no sé qué” que está por debajo de las diversas cualidades de las cosas de las que tenemos conocimiento a través de los sentidos. Locke no dice en ningún momento que no crea que no existe la idea de substancia, simplemente plantea las dificultades de explicar el conocimiento de esta idea. Lo único que hace Locke es analizar el conocimiento, desmenuzarlo, y en este análisis la substancia se revela como algo de lo que no podemos tener conocimiento, pero en ningún momento dice que no exista la substancia. Está sentando la primera piedra sobre la que Hume levantará su crítica al substancialismo.

Prueba de su absoluta fidelidad a la metafísica cartesiana es la diferenciación que hace entre las cualidades primarias y las cualidades secundarias. Las cualidades primarias son las modificaciones que las cosas mismas producen en el espíritu, dando lugar a ideas simples; éstas son las que Descartes considera la res extensa: la masa, la forma, la extensión… Las cualidades secundarias no las producen las cosas en nuestro espíritu, sino, es la misma conciencia quien las produce; tales son el color, el olor... éstas son meramente psicológicas. La substancia vendría a ser como la base o el sustrato en el que existen las cualidades primarias de las cosas.

Locke no pretende criticar la metafísica cartesiana, y por eso no da el paso, que sí dará Hume de pasar de la imposibilidad del conocimiento de la idea de substancia a su inexistencia. Locke únicamente pone de manifiesto las dificultades para conocer de manera clara qué es la substancia.

 

2.2 El obispo Berkeley

Berkeley va a ser un heredero del pensamiento de Locke, aunque introduce una modificación, radicalizando su postura. Lo que va a hacer Berkeley es llevar el psicologismo de Locke hasta el extremo fracturando así la metafísica cartesiana. Critica de Locke el hecho de que le dé prioridad ontológica a las cualidades primarias respecto de las secundarias. Según el obispo, ambas, son fenómenos que se dan en la conciencia (vivencias psicológicas es la palabra que usa), y no hay ninguna razón para pensar que unas se dan efectivamente en la realidad externa a la conciencia, y las otras no. Según Berkeley todas las vivencias deben tener el mismo estatus ontológico, y es la de meras representaciones mentales.

Desde el psicologísmo extremo de Berkeley, el planteamiento del problema de la substancia (qué sea la substancia, qué substancias hay, etc), no puede responderse sino con una postura púramente psicologísta: el ser, (es decir, la substancia) no es más que “ser percibido”. La percepción es lo único que constituye al ser: las cosas no son nada diferente de las vivencias que tenemos de ellas. El psicologismo extremo de Berkeley le lleva, en última instancia, al idealismo subjetivista. Lo único que podemos decir es “existo yo y mis vivencias”, pero más allá no hay nada. Berkeley, como se ve, no está negando la existencia de la substancia. Si se quiere, lo que hace es negar la “res extensa”, el mundo exterior a nosotros mismos, pero no la “res cogitans”, la substancia pensante cartesiana. De hecho, a sí mismo, se llama “inmaterialista”, para remarcar que lo que niega es la substancia material, pero no la substancia espiritual o pensante. Por eso, no podemos tacharle de antisubstancialista radical; queda en él un residuo substancialista, la “substancia pensante”: no hay nada que corresponda a nuestras vivencias (ideas), pero lo que no podemos negar es que existamos nosotros como substancia. ¿Y cómo es posible que tengamos en la conciencia que no procede de ningún lugar? La respuesta que da es clara: es Dios quien pone en nuestra mente las vivencias; Dios que es substancia espiritual, igual que yo mismo. Por lo tanto Berkeley niega la existencia de una substancia material, el Mundo, y afirma la existencia de dos substancias espirituales, Yo y Dios.

 

3. VIDA DE HUME

 Nace en Edimburgo en 1711. Su vida no tiene un especial interés. Desde muy joven se interesa por la literatura y por el saber en general, hasta el punto de oponerse a los deseos de su familia que quería que estudiase derecho, para estudiar en su lugar filosofía. Hume es uno de los máximos representantes de la Ilustración británica. Aunque ha pasado a la historia como uno de los fundadores del empirismo, eso no debe hacernos olvidar las importantes reflexiones de Hume en torno a temas prácticos: ética (por supuesto), pero también política, religión e historia. Por ello, la teoría del conocimiento que plantea el escocés debe entenderse también en el marco de toda su filosofía práctica: en sus comienzos, el joven Hume, admirado por la física, aspiraba a ser el “Newton de las ciencias morales”, centrando su estudio en la naturaleza humana, pues estaba convencido de que todas las ciencias tenían relación con la antropología filosófica.

            En 1734 marcha a Bristol, dedicándose a la abogacía, profesión que deja al cabo de pocos meses, cuando decide retirarse a Francia para dedicarse a su mayor pasión, "la literatura”. En este retiro compuso su obra Tratado de la Naturaleza Humana, que publicó en Londres en 1738, a la temprana edad de 27 años. Dicha obra tuvo muy escasa acogida. Al poco regresa a Escocia, convencido de la imposibilidad de aplicar al conocimiento del ser humano los métodos de la física.

Su pensamiento evolucionará hacia el escepticismo y el empirismo radical, formulando sus críticas en sus Ensayos de Moral y Política, que se publicaron en 1742 y tuvieron una mayor acogida que la obra anterior. En aquel tiempo se dedicó al estudio del griego y en 1745 optó por la cátedra de ética y filosofía de la Universidad de Edimburgo, plaza que le fue negada por su reputación de "ateo" y "escéptico". A estas alturas, Hume ya será conocido por sus contemporáneos como “Mr. Hume, el ateo”.

Más tarde, sin embargo, llegaría a trabajar en la embajada de París, donde establece relación con ilustrados franceses. En todo este periodo Hume fijará su reflexión en temas eminentemente prácticos: la religión, la historia, la política… En todos ellos adoptará un método descriptivo e histórico, sin abandonar en ningún momento el tono crítico y escéptico que caracteriza todo su pensamiento.

 

4. LA CIENCIA DEL HOMBRE.

Hume fue un escritor que en vida tuvo mucho éxito, aunque no tanto por sus escritos filosóficos por cuantos sus estudios sobre política e historia (en especial su “Historia de Inglaterra”). Su filosofía, por lo general, pasará bastante desapercibida. Con su primera obra, el Tratado de la naturaleza humana, ensayo de introducción del método experimental de razonamiento en las cuestiones morales, Hume aspiraba, según sus propias palabras, a convertirse en el Newton de la ciencia moral. Su convicción de que todas las ciencias se basaban, en último término, en la concepción del ser humano, le llevan a escribir este tratado de antropología filosófica, tratando de aplicar el mismo método newtoniano. No debe olvidarse que en el siglo XVIII se produce una auténtica ebullición del pensamiento científico, y su forma de analizar la realidad se convertía en el modelo de referencia. Si Hume aspiraba a trasladar los métodos de la física, unos años antes Spinoza había intentado, desde presupuestos racionalistas, construir una ética a la manera de la geometría. En todo caso, desde una perspectiva empirista la ciencia modélica es la física, pues en ella se aúnan la observación y el experimento con el razonamiento.

De entre todas las ciencias posibles hay una que destaca por su importancia, pues todas las demás la presuponen de una u otra forma; es la Ciencia del Hombre. Hume echa en falta un conocimiento riguroso y sistemático de la naturaleza humana, quiere saber cuáles son los principios que gobiernan el entendimiento humano, cuál es el fundamento de los juicios morales y nuestra acciones, etc. Es obvio que tal ciencia es enormemente importante pues todas las demás ciencias tratan de manera directa o indirecta sobre el ser humano: las matemáticas, la física, la historia, todas las ciencias son un producto humano y describen el mundo desde la perspectiva de los seres humanos; pero… ¿qué somos en realidad? ¿Cómo funciona nuestro entendimiento? ¿Qué podemos conocer? ¿En qué nos basamos al afirmar que unas acciones son buenas y otras malas? ¿Qué queremos afirmar cuando predicamos de un objeto que es “bello”? etc. Todas estas preguntas no tienen una respuesta satisfactoria, a juicio del joven Hume, y una nueva y rigurosa Ciencia del Hombre puede suministrarnos las respuestas adecuadas.

Pero antes de apresurarse con las respuestas Hume quiere ser precavido, es preciso tener claro el camino, saber cómo vamos a proceder, qué método vamos a seguir. Hume tiene la respuesta: el método adecuado es aquel que ha demostrado su solvencia, el que ha propiciado el éxito de la física; el método experimental. Básicamente lo que el método prescribe es evitar las especulaciones, los razonamientos que no están apoyados en sólidos datos empíricos: observaciones, experimentos, mediciones … En el caso que nos interesa el científico debería abandonar toda teoría acerca de la naturaleza humana que no pueda contrastarse empíricamente como por ejemplo la teoría del dualismo antropológico, que había defendido Descartes, la cual sostiene que el ser humano es un mezcla de dos substancias de naturaleza diferente: el cuerpo y el alma. La actitud del científico ha de ser muy diferente, debe ser más humilde y precavido y no admitir más que aquello de lo que pueda estar seguro a partir de la atenta observación y la experimentación.

 

5. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO: IMPRESIONES E IDEAS

 De entre todos los problemas que acarrea la nueva Ciencia de hombre es el epistemológico el más intrincado e importante: ¿Cómo conocemos? ¿Cómo funciona nuestro entendimiento? ¿Qué es la ciencia? ¿Existe un límite al conocimiento? Para responder a estas cuestiones Hume va a hacer suya las dos ideas principales del empirismo, a saber:

El conocimiento es básicamente conocimiento de ideas (presupuesto que comparte con los racionalistas): el hombre lo único que puede conocer de las cosas son las REPRESENTACIONES de las cosas, no las cosas mismas.

Todos los contenidos de la mente provienen de la experiencia.

Precisamente porque piensa que todo lo que está en nuestra mente antes ha tenido que estar en nuestros sentidos, a las ideas y a cualquier contenido mental en general les dará el nombre de PERCEPCIONES. Una percepción es cualquier idea que pueda albergar nuestra mente; de esta forma subraya su origen. De este presupuesto Hume va a subrayar el principio fundamental de su teoría del conocimiento: sólo es admisible como conocimiento realmente fundamentado aquellas representaciones que podamos reducir a “experiencia”; lo que no podamos remitir a algún tipo de experiencia debemos rechazarlo como ilusorio.

 

5.1. Tipos de conocimiento.

Como hemos dicho Hume reduce todo nuestro conocimiento a “percepciones”, es decir, a representaciones mentales que tienen su origen en los sentidos. Por eso podemos decir que los distintos tipos de conocimiento serán las distintas clases de percepciones que podamos tener. Distingue fundamentalmente dos clases de percepciones: IMPRESIONES e IDEAS.

 

 

5.1.1. Diferencia entre impresiones e ideas

De entre todas las percepciones que puede haber en nuestra mente distingue dos tipos: impresiones e ideas. La diferencia entre unas y otras es muy sutil; ambas son contenidos de nuestra mente pero mientras que las IMPRESIONES SON VIVAS E INTENSAS, LAS IDEAS SON DÉBILES Y BORROSAS. La diferencia entre impresiones e ideas es, por tanto, una cuestión de intensidad. Si uno pasea distraído por la calle y se lleva un pisotón doloroso está teniendo una impresión. Su grado de fuerza y vivacidad es incuestionable: ¡el pie nos duele horrores! Ahora bien, si uno llega a casa, pasado un tiempo, y recuerda el pisotón y el dolor: eso es tener una idea. Por supuesto, no puede compararse el grado de fuerza y vivacidad del pisotón real con el ideado después, por mucha fidelidad que tenga nuestro recuerdo.

La razón de que las ideas sean percepciones más débiles que las impresiones está en que éstas son copias de aquellas (ideas son copias de impresiones). Las impresiones penetran en la mente a través de los sentidos y son muy intensas, mientras que las ideas penetran en la mente mediante la razón y la memoria, y su fuerza es muy tenue. Podemos decir que cuando los sentidos nos proporcionan una idea (una imagen, un sonido... etc) se produce en nuestra mente una impresión pero cuando no son los sentidos sino, por ejemplo, la memoria nos trae a la mente (una imagen, un sonido recordado... etc) entonces lo que se produce en nuestro pensamiento es una idea.

Esta diferencia es así en términos generales, pues el propio Hume reconoce que esto no siempre se cumple; por ejemplo en el caso de los sueños: en los sueños, lo que no son más que ideas se presentan ante la mente con igual fuerza que las impresiones.

5.1.1.A. Clases de Impresiones.

Dentro de las impresiones distingue entre IMPRESIONES SIMPLES e IMPRESIONES COMPLEJAS. Las impresiones simples, son las impresiones atómicas, las unidades más simples de percepción. Son tales como colores, sabores, olores… Las impresiones complejas son las que implican multitudes de impresiones simples: una mesa, una ciudad, un árbol. Una impresión como “árbol” en realidad no es más que una colección de impresiones simples; lo que en realidad recoge nuestro ojo es un conjunto de colores distintos, unas manchas de rojo aquí, un poco de ocre allí... verdes de distintas tonalidades; después, en nuestra mente, todas esas impresiones simples se reúnen y tenemos la percepción de un objeto, una impresión compleja.

Distingue además entre IMPRESIONES DE SENSACIÓN e IMPRESIONES DE REFLEXIÓN. Las impresiones de sensación serían las que provienen de nuestros sentidos externos (ojos, nariz, boca...) y que, en teoría se referirían a objetos exteriores a nuestra propia mente. Las impresiones de reflexión serían las impresiones que no provienen de nuestros sentidos externos sino de los internos (sería algo así como las sensaciones internas o los sentimientos) Si paseamos por Alaska en pleno invierno tendremos a buen seguro una impresión de frío acompañada de una impresión de dolor. Cuando esta lamentable situación desaparece porque nos hemos cobijado en casa o en un bar calentito, y recordamos la situación anterior, esta idea de frío intenso puede producir y asociarse a una nueva impresión: la aversión. Esta nueva impresión es lo que Hume denomina una impresión de la reflexión, que puede, a su vez, ser copiada, convertida en idea de la reflexión, cuando recordamos el sentimiento de aversión que una vez hemos tenido.

5.1.1.B. Clases de Ideas.

Las ideas, como hemos dicho, son copias de impresiones. Puesto que son copias puede haber tanto copias de impresiones simples como copias de impresiones complejas. Así, las copias de impresiones simples generan IDEAS SIMPLES (idea de rojo, idea de sabor agrio, etc.) y las copias de impresiones complejas son IDEAS COMPLEJAS (idea de un árbol, de una ciudad, etc.).

Si embargo, muchas de nuestras ideas, señala Hume, en realidad no son una copia directa de una impresión (por ejemplo la idea de “sirena” o “centauro”), sino que se producen por la ASOCIACIÓN DE VARIAS IDEAS (simples o complejas); estas ideas son evidentemente siempre ideas complejas. No puede haber ideas simples de esta especie; cada idea simple corresponde siempre a una impresión simple, o lo que es lo mismo, no podemos tener una idea de un color que no exista o de un olor que jamás hayamos percibido.

 

5.1.2. Orden temporal entre las impresiones y las ideas. Primer principio del conocimiento humano. Crítica del innatismo.

¿De dónde provienen todas nuestras ideas? ¿De dónde previenen las representaciones que habitan nuestra mente? Para los racionalistas había distintos orígenes de las ideas: estaban las ideas adventicias, ideas que tenemos gracias a nuestros sentidos; estaban también las ideas facticias, que creábamos nosotros mezclando ideas adventicias; y por último estaban las ideas innatas, que se encontraban alojadas en nuestra mente y que no dependían de nosotros. Hume, y en general todos los empiristas van a aceptar sólo un posible origen de las ideas: LA EXPERIENCIA (los sentidos). Este es el PRIMER PRINCIPIO DEL CONOCIMIENTO HUMANO: “todas las ideas provienen mediata o inmediatamente de las correspondientes impresiones”. Hay un orden temporal en el conocimiento: las impresiones preceden siempre a las ideas. Para demostrar aún más esta tesis, Hume hace la siguiente reflexión: ¿Tiene idea un ciego de lo que es y representa el color azul? Efectivamente, no. Y, aunque el ciego no pueda ver los colores ¿Podría aprender y llegar a conocer lo que es el azul si simplemente alguien con experiencia le cuenta o intenta darle una definición precisa de lo que es ese color? Parece que no. La ausencia de una impresión previa impide que un invidente pueda formarse la idea de lo que es el color azul. Las impresiones son los átomos que conforman la materia del conocimiento. Sin ellas, no podríamos conocer nada, ni siquiera lo ficticio e imaginario.

Según este principio: sólo es conocimiento en sentido estricto aquellas ideas que podemos reducir a las impresiones simples de las que proceden; el resto no son más que ficciones de la imaginación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5.1.3. Cuadro de ideas e impresiones.
 

 

 

 

 

 

 

 

- de sensación (externa)

 

 

- impresiones simples. (rojo)

 

 

 

 

- de reflexión (interna)

 

Impresiones

 

 

 

 

 

- de sensación (externa)

 

 

- IMP. Complejas. (árbol)

 

 

 

 

- de reflexión (interna)

Percepciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

- ideas simples (rojo)

 

 

-Ideas como copias de impresiones

 

 

ideas

 

- ideas complejas (árbol)

 

 

 

- ideas como asociación de ideas: son siempre ideas complejas:(centauro)

 

 

 

      




5.2. Asociación de ideas. La imaginación y la memoria.
            Las ideas (copias de impresiones) aparecen en la mente de dos modos: a través de la IMAGINACIÓN o a través de la MEMORIA. Cuando lo hacen a través de la memoria lo hacen con un grado de viveza bastante alto, mientras que si lo hacen mediante la imaginación la viveza es muy tenue; precisamente por esto nos parece más “real” los recuerdos o ideas recordadas que las ideas imaginaciones.
            La memoria actúa trayendo a la presencia copias de impresiones, simples o complejas, que tuvimos en el pasado. Lo que hace es repetir una impresión simple o compleja que tuvimos en el pasado, y que ahora la volvemos a representar en la mente pero con un grado de viveza menor del de la impresión.
            La imaginación, por el contrario, no opera rescatando ideas viejas, sino que crea ideas nuevas mezclando unas ideas con otras. Lo importante de esta operación de asociación de ideas que hace la mente es tratar de esclarecer cómo lo hacemos. Hume al señalar esta operación de nuestra mente, la asociación de ideas, pretende mostrar el hecho de que muchas de las ideas que tenemos y que pensamos que hacen referencia a alguna cosa existente, en realidad, no son más que una colección de ideas simples mezcladas por la imaginación. Esta va a ser una de las críticas más fuertes al racionalismo que defendía la existencia de algunas realidades inobservables que se correspondían con ideas que teníamos en la mente (es lo que ocurre, por ejemplo con la idea cartesiana de Dios).
¿Cómo se hacen las asociaciones de ideas? Hume se da cuenta que las asociaciones de ideas, generalmente las hace nuestra mente siguiendo ciertas reglas o ciertos principios. Estos son llamados por Hume PRINCIPIOS DE ASOCIACIÓN DE IDEAS y son tres:

- Semejanza: la imaginación opera uniendo dos ideas cuando encuentra en ellas algún tipo de parecido. Por ejemplo, una fotografía hace que me venga a la cabeza muy rápidamente la persona a la que representa; siendo la fotografía y esta persona realidades diferentes establecemos una relación o un vínculo entre ambas.
- Contigüidad en el tiempo y en el espacio. Cuando dos ideas se presentan a la conciencia temporal o espacialmente a la vez o contiguas, la imaginación también tiende a unirlas. Por ejemplo, la idea de levar anclas trae a la cabeza muy rápidamente la idea de un barco que se marcha...
- Causa y efecto. Por ejemplo, si pienso en el fuego, inmediatamente me veo obligado a pensar en el humo que produce o en el calor.... establezco una relación de causalidad entre una percepción y otra.

La imaginación mediante estos principios opera uniendo percepciones que después quedan indisolublemente unidas en la memoria. Con esto no se quiere decir que Hume esté pensando en alguna forma de trascendentalismo, (que las asociaciones entre ideas se produzcan siempre de manera necesaria): la mente no siempre realiza una asociación por el hecho de que dos ideas, por ejemplo, tengan algún tipo de semejanza. Generalmente es la fuerza de la costumbre la que inclina a nuestro entendimiento a realizar tales asociaciones de manera natural. No siempre una semejanza una asociación natural: por ejemplo, todas las cosas materiales se asemejan entre sí, pero este hecho no lleva a la mente a asociar cada vez que se le presenta una cosa, con todas las demás. Pero si, habitualmente encontramos que al calentar una barra de hierro ésta se dilata, la mente, por la fuerza de la costumbre tiende a asociar, por contigüidad, el calor con la dilatación de los cuerpos, lo que no significa que tenga que existir por necesidad algún tipo de relación entre el calor y la dilatación de los cuerpos.

5.3. Cuestiones de hecho y relaciones entre ideas.
             “Investigaciones sobre el entendimiento humano” Hume afirma que “todos los objetos de la razón o de la investigación humana se dividen naturalmente en dos clases, a saber, relaciones entre ideas y cuestiones de hecho”. Con esta afirmación Hume trata de señalar en primer lugar que todo conocimiento es conocimiento de relaciones entre ideas y, en segundo lugar, que hay dos tipos de relaciones que podemos establecer
 

·         Relaciones entre ideas. Este tipo de juicios son relaciones que establecemos entre las ideas en virtud a su estructura interna. Para saber si una afirmación de este tipo es verdadera no hace falta que acudamos a la experiencia, sino que podemos saberlo a través del uso de la razón. Estas afirmaciones dependen exclusivamente de las relaciones entre ideas, por eso no tenemos por qué acudir a la experiencia para corroborar su veracidad. Es por ejemplo una afirmación del tipo “cuatro es la mitad de ocho” o “dos más dos es igual a cuatro”; son las afirmaciones que hacen las ciencias formales tales como la lógica y las matemáticas. Estas afirmaciones son NECESARIAMENTE VERDADERAS, es decir, su contrario es imposible: “2+2=4” es una afirmación verdadera en cualquier circunstancia, no puede concebirse una situación que contradiga afirmaciones de este tipo. Ahora bien, las proposiciones matemáticas NO AFIRMAN NADA DEL MUNDO o, lo que es lo mismo, carecen de contenido empírico, únicamente expresan relaciones necesarias entre ciertas ideas (y las ideas no son el mundo). La matemática, para Hume, al contrario que para Descartes, es una ciencia que no versa sobre la realidad.

·         Relaciones entre una idea y un hecho, a las que llama “cuestiones de hecho[4]. Las cuestiones de hecho serían todas aquellas afirmaciones o juicios en los que, para saber si son verdaderos o falsos debemos acudir a nuestra experiencia. Por ejemplo “El árbol del patio es un álamo” o “el sol saldrá mañana”. Este tipo de afirmaciones son el tipo de afirmaciones que hacen las ciencias empíricas y son enunciados que tratan de decir algo acerca del mundo.                                                                      El problema es ahora saber qué tipo de conocimiento surge de la experiencia y en qué principios nos basamos para inferir "verdades" de hecho. ¿Cómo podemos saber que el fuego quema y consume oxígeno? Parece evidente que si sólo nos fijamos en las cualidades de un objeto (color, tamaño, forma, rugosidad, olor, etc.) no podremos descubrir las propiedades y efectos que puede llegar a producir ni podremos conocer las causas de las que proviene. El azul del agua y su transparencia no implican en absoluto que podamos mojarnos o ahogarnos en ella. La forma y color de un imán nada nos dice acerca de su propiedad de atracción de otros metales. Entonces ¿Cómo tenemos conocimiento de las causas y los efectos que producen los seres naturales? ¿Cómo predecimos los fenómenos de la naturaleza?
Hume afirma que todos los razonamientos que parten de la experiencia están fundados en la relación causa-efecto. Y en realidad nadie, hasta Hume, se ha preguntado seriamente en qué consiste la relación causal. Los filósofos siguen todos ellos la opinión de Aristóteles según la cual la causalidad es un principio de carácter lógico que nos asegura que el conocimiento del mundo es posible: conocemos un fenómeno cuando determinamos las causas que lo producen y establecemos los efectos que de él se derivan.
Sin embargo, al contrario de lo que ocurría con las relaciones de ideas, lo contrario a una cuestión de hecho no implica contradicción ni absurdo… La proposición "el sol no saldrá mañana" no implica ninguna contradicción lógica respecto a la proposición que ahora se cumple "el sol sale todos los días". El sol podría dejar de salir o ciertos hechos de la naturaleza dejar de cumplirse por razones que no conocemos. También podría suceder que variaran ciertos acontecimientos. Esto supone que lo contrario a una cuestión de hecho es siempre posible y que, por lo tanto, de aquello que se basa en la experiencia no tenemos conocimientos absoluta y demostrativamente ciertos, sino meramente probables. Es decir las cuestiones de hecho no son nunca verdades necesarias (como las relaciones de ideas) sino todo lo más verdades CONTINGENTES.
 

El análisis de Hume convierte a la física (y a todas las ciencias que versan sobre la naturaleza) en una ciencia que no nos proporciona certezas absolutas y definitivas. Este hecho fue muy mal acogido por la mayoría de los científicos y filósofos de su época.


6. CRÍTICA DE LA METAFÍSICA CARTESIANA: “Yo, Dios y el Mundo”.
            Hume mediante este análisis de la mente humana, desgajará una a una, como si se tratasen de gajos de naranja las ideas más importantes de la metafísica cartesiana y desmontará todas las afirmaciones de Descartes acerca de la realidad: la idea de substancia (res), la idea de “yo” (cogito), la idea de Dios, la idea de un mundo exterior a nuestra propia mente, la idea de causalidad...
El modo de proceder va a ser siempre el mismo; dada determinada idea:

·         Según el orden temporal de las percepciones debe proceder de una impresión concreta. Si deriva de una impresión concreta entonces admitimos esa idea como un conocimiento verdadero.

·         En caso de que no derive de ninguna impresión la rechazamos ya que no tenemos ningún conocimiento sensible que respalde la veracidad de esa idea.

 

6.1. Crítica de la idea de substancia

Uno de los conceptos más persistentes a lo largo de la historia de la Filosofía, ha sido el de substancia. Consiste en la idea de que las propiedades o atributos de una cosa deben "apoyarse" en algo, en una especie de sustrato que nunca es igual a ninguna de aquellas propiedades, ni tampoco a la suma de las mismas, y que permanece constante cuando la cosa cambia, se mueve o se transforma. Según el punto de vista sustancialista, si hay un caminar debe haber algo que camina, si hay un decir, un pensar, etc., debe haber algo que dice, algo que piensa, etcétera.

La substancia es concebida como una especie de soporte último, que ya no puede apoyarse en nada más básico, o como un sujeto último que no puede, a su vez, ser predicado de ninguna otra cosa. A veces, la substancia ha sido identificada con la esencia. La pregunta por la esencia de una cosa es respondida —según la Filosofía tradicional— a través de una definición que dice lo que es la cosa. El sustrato último de la cosa coincidiría así, con la esencia de la cosa, con el ser que la define como siendo tal cosa y no otra.  

Pero desde la perspectiva empirista el concepto de substancia es enormemente problemático, como ya había señalado Locke, porque la substancia no es ninguna impresión simple, no es un color, ni un sabor, ni una pasión, un placer o un dolor; tampoco es una impresión compleja, no es una cosa determinada.  Para poder admitir la idea de substancia como un conocimiento verdadero, tendríamos que poder reducirla a la impresión o impresiones sensibles de las que se deriva. Sin embargo, no encontramos, cuando la analizamos, tales impresiones por lo que no podemos admitirla como un conocimiento verdadero. La idea de substancia es, por tanto, una idea construida por la imaginación. Puesto que no tenemos conocimiento sensible que respalde esta idea tenemos que concluir que NO PODEMOS AFIRMAR QUE EXISTAN EN LA NATURALEZA SUBSTANCIAS DE NINGÚN TIPO.
            Lo único que captamos de la realidad es un conjunto de impresiones y es nuestra imaginación la que supone que detrás de todas esas percepciones hay algo que las soporta y que es responsable de nuestra percepción. Por ejemplo, cuando vemos una manzana, la olemos, la cogemos y la saboreamos, únicamente tenemos conocimiento de un conjunto de impresiones simples: ... los colores vivos de la fruta, su olor intenso, su textura suave y sólida y su sabor dulce; hasta aquí llega nuestro conocimiento y a partir de aquí comienza nuestra imaginación: suponemos entonces que detrás de todas esas percepciones simples, hay un objeto, una realidad o, como afirmaba Descartes, una substancia (res), sin embargo afirmar esto es sólo una suposición de nuestra imaginación, por lo que, en rigor, no podemos defender la existencia de substancias de ningún tipo. Lo único que podemos decir que existe son las IMPRESIONES.
            Hay que tener muy en cuenta que Hume no está negando la existencia de substancias, está negando la posibilidad de que nosotros podamos conocer de algún modo algo así como una “substancia”; si existe substancias de algún tipo, no lo sabemos y, en rigor, no lo vamos a saber ya que únicamente podemos conocer “impresiones”, es decir, colores, olores, sonidos, figuras... etc. Aquello que puede ser conocido, el conjunto de impresiones, recibe el nombre de FENÓMENO, por lo tanto la realidad quedará reducida para Hume a una sucesión de fenómenos de los que tenemos experiencia a través de las impresiones (esta tesis humeana recibe el nombre de fenomenismo). Es importante subrayar que nunca podemos acceder a lo que se podría llamar realidad en sí (expresión que en un lenguaje empirista carecería de sentido) porque nuestra relación con la realidad está mediada por las impresiones. En un sentido estricto, no podríamos hablar de las cosas ni de los fenómenos, sino de nuestra impresión de las cosas o de nuestra impresión de los fenómenos. La realidad queda limitada a mi impresión presente de la misma y los recuerdos que pueda tener de impresiones pasadas.

6.2. Crítica de la idea de “Yo”
            Hume va a dirigir una crítica similar a la idea cartesiana de Yo, es decir, a la idea de que existe algo así como una realidad dotada de continuidad y autoconsciente donde se reúnen todas nuestras percepciones. O lo que es lo mismo, que todas nuestras ideas e impresiones forman una conciencia a la que llamamos “Yo”. Y el desarrollo de la crítica va a ser similar que en la crítica de la substancia: ¿existe alguna impresión a la que podamos referir nuestra idea de “Yo”? La respuesta es evidente: NO. LA IDEA DE YO NO LA PODEMOS REDUCIR A NINGUNA IMPRESIÓN SENSIBLE ni a un conjunto de impresiones, luego tampoco podemos defender que exista algo así como un “YO”.
            Después de afirmar esto, la pregunta que nos surge es inevitable: si no somos una mente, una conciencia (o por lo menos no podemos afirmar que lo somos) entonces ¿qué somos? La respuesta que da Hume al respecto es tajante: no podemos ir más allá de las impresiones que tenemos: somos un conjunto de impresiones e ideas, pero no una conciencia. Somos una especie de teatro donde pasan y vuelven a pasar una y otra vez las ideas y las impresiones, pero teniendo en cuenta que este teatro no podemos considerarlo como un edificio estable, sino como un mero pasar y volver a pasar de las impresiones. Pero ocurre que también es la imaginación quién, acostumbrada a referir todos estos pensamientos a “alguien que los piensa” termina por inventar que hay un sujeto que piensa todas estas impresiones e ideas, cuando de ninguna forma podemos saberlo.
Habíamos dicho que Descartes y en general todos los filósofos modernos consideran la mente como una caja llena de ideas, pero una caja que se puede mirar a sí misma (conciencia). Hume, como buen empirista prescinde por completo de la caja y de la “mirada interior” quedándose exclusivamente con las impresiones. Si entendiésemos la conciencia o el yo, como un ojo, los racionalistas dirían que este ojo puede verse a si mismo y por eso afirmar su existencia tajantemente (pienso luego existo); Hume únicamente viene a subrayar que el ojo (la mente) sólo puede ver imágenes (impresiones) pero no puede volverse y mirarse a sí mismo. Pensar que hay un ojo que ve las imágenes sin poder tener conocimiento alguno de ese ojo, es igual de problemático que suponer que detrás de unos pensamientos (impresiones e ideas) hay una mente que piensa sin tener modo alguno de conocer esta mente.
La conclusión que aquí sacamos es semejante a la relativa a la substancia: igual que los objetos no pueden considerarse más allá de un haz de impresiones, el Yo, tampoco podemos afirmarlo más allá de un conjunto de impresiones dispersas. La idea de la existencia de un sujeto, una mente, una conciencia, NO PUEDE SER OBJETO DE CONOCIMIENTO, SINO DE CREENCIA: estamos acostumbrados a creerlo así, por la fuerza de la costumbre, pero esto no es conocimiento fiable y riguroso.
 

6.3. Crítica de la idea de “Mundo”.
            La crítica de la idea de substancia anticipa ya la crítica de la idea de Mundo. Si no podemos suponer que detrás de las impresiones aisladas que tenemos hay cosas, es decir, substancias, entonces, en rigor tampoco podemos afirmar que más allá de nuestras impresiones exista un mundo. Nuestro conocimiento no puede ir más allá de nuestras impresiones sensibles por lo que no podemos suponer que existe algo más allá de ellas. En rigor, para el empirismo de Hume, cualquier intento de conocer alguna realidad extramental es imposible. Descartes pensó que había algunas percepciones, es decir, algunas ideas, que justificaban por sí solas la existencia de algo exterior a la propia mente (es lo que ocurre por ejemplo con la idea de Dios: esta idea exige, según Descartes, la existencia de un ser perfecto, infinito... etc) Hume es esto lo que no acepta de ningún modo: nuestro conocimiento no puede ir más allá de las impresiones y las ideas, y ninguna idea tiene en sí la exigencia de su existencia extramental.
De todas formas, Hume no trata de negar la existencia de realidades extramentales, únicamente señala la imposibilidad de conocerlas. De tal existencia sólo podemos tener una creencia. El origen de esta creencia está en la continuidad y la coherencia de las impresiones externas; la disposición de las impresiones externas es continua en el sentido de que no ocurre, por ejemplo, que cierre los ojos, los vuelva a abrir y las impresiones que tengo cambien por completo. Como la percepción externa siempre se presenta de un modo continuo, sin cortes, la imaginación termina por pensar que estas percepciones no dependen en absoluto de mí, ya que si dependieran, cambiarían según mis estados de ánimo o mi voluntad, y, por tanto, se inventa la existencia de un mundo (que de ninguna forma podemos saber si existe o no). Y es coherente en el sentido de que mi percepción del mundo parece respetar ciertas reglas. Por ejemplo: si contemplo cómo se consumen unos troncos y abandono la habitación durante rato, al volver encuentro que los troncos se han consumido de igual manera, no los encuentro tal y como los dejé. MIS PERCEPCIONES PARECEN RESPETAR CIERTAS REGLAS ESPACIO-TEMPORALES INDEPENDIENTES DE MI. Como las percepciones parecen no depender de mi voluntad, nuestra imaginación termina suponiendo que existe algo exterior a nosotros que produce todas mis percepciones. Pero la existencia de un mundo exterior a nosotros mismos no es más que una FICCIÓN, una SUPOSICIÓN y una CREENCIA que tenemos, en ningún caso un CONOCIMIENTO VERDADERO

6.4 Crítica de la idea de Dios
            Locke y Berkeley (los otros dos grandes empiristas) habían utilizado en principio de causalidad para demostrar la existencia de Dios. Berkeley pone a Dios como causa de todas nuestras percepciones negando que el mundo exista (supone que es Dios quien pone las impresiones en nuestros sentidos en lugar de un mundo exterior a nosotros mismos). Sin embargo Hume no puede defender la existencia de Dios si quiere ser coherente con sus tesis empiristas.
Dios no es una idea que proceda de alguna impresión, es una idea que, pese a que la tenemos, no la podemos remitir a ninguna impresión concreta, luego no es de ningún modo un conocimiento válido.
Tras haber rechazado que podamos conocer a Dios o el mundo exterior, en la filosofía de Hume surge un problema: ¿de dónde proceden nuestras impresiones? Locke, aunque era empirista seguía manteniendo la existencia de un mundo externo, que sería el origen de nuestras impresiones; Berkeley había rechazado la existencia de un mundo exterior y había supuesto que todas las impresiones provienen de Dios. Hume al criticar estas dos ideas (dios y el mundo) se queda sin una fuente para mis impresiones, ni siquiera podrían provenir del propio yo (con lo que Hume estaría defendiendo el solipsismo) puesto que también había rechazado la existencia del YO. ¿De dónde provienen entonces nuestras impresiones? El empirismo de Hume no permite contestar esta pregunta; sólo podemos conocer impresiones y no podemos ir más allá de este conocimiento. Una cosa es segura: tenemos impresiones, de dónde vengan no lo vamos a saber, eso es todo.


7. EL PROBLEMA DE LA CAUSALIDAD
            Al clasificar los elementos del conocimiento en impresiones e ideas Hume sienta las bases del empirismo más radical. Con esta clasificación introduce un método para decidir la validez de nuestras ideas: ¿queremos saber si una idea cualquiera es verdadera? Únicamente debemos comprobar si procede de alguna impresión, en caso contrario estaremos ante una ficción. NUESTROS CONOCIMIENTOS ESTÁN LIMITADOS A LAS IMPRESIONES. Con este método Hume va a derribar uno de los conceptos fundamentales de la ciencia: el concepto de causalidad.

7.1. La relación causal como conexión necesaria.
            ¿Qué es la causalidad? ¿Qué significa la palabra “causa”? Aquello que llamamos “causa” no es una idea, ni siquiera una idea general. No hay nada en común entre las diferentes “cosas” que pueden ser causas. El fuego causa calor, el deporte causa salud, la inflación causa la subida de los tipos de interés. ¿Qué tienen en común el fuego, el deporte y la inflación? Evidentemente NADA. Esto es así porque la causalidad no es un idea sino una RELACIÓN (la relación que existe entre el fuego y el calor, el deporte y la salud, etc)
La causalidad, o la relación causa-efecto, es la afirmación de que todo lo que empieza a existir debe su origen a algo anterior que lo ha producido. Hume lo expresa de la siguiente manera: 'Todo lo que empieza a existir debe tener una causa de su existencia".
            Sin la relación causal nuestro conocimiento quedaría limitado a las impresiones (lo que vemos en este momento) y las ideas (lo que en algún momento ha sido una impresión: recuerdos) pero nada podríamos saber del futuro ya que no podemos tener impresiones de lo que aún no ha sucedido. Sin embargo, en nuestra vida cotidiana actuamos como si tuviéramos conocimientos de multitud de hechos futuros: cuando llueve salimos a la calle con un paraguas dando por supuesto que el agua nos mojará, pero no tenemos conocimiento de ese hecho futuro. Suponemos que el agua es causa necesaria de que nos mojemos.
            Pero ¿qué entendemos por “relación causal”? Hume observa que generalmente entendemos la relación causal como CONEXIÓN NECESARIA ENTRE DOS IMPRESIONES (o hechos). Entendemos que hay ciertos hechos que de manera necesaria llevan a que se produzcan otros tantos: ponemos un cazo en el fuego y el agua se calienta, salimos a la calle lloviendo y nos mojamos, dejamos caer una pelota desde una altura y la pelota cae libremente hasta que llega al suelo. Como la conexión es “supuestamente” necesaria, estamos seguros de ciertos hechos que se producirán en el futuro.


7.2. Crítica de la idea de causalidad o “conexión necesaria”.
            A menudo vemos el fuego y vemos que se calientan los objetos que se aproximan a él, pero no tenemos conocimiento alguno de la conexión necesaria que suponemos que hay entre una y otra impresión. Sin embargo estamos seguros de que el agua nos mojará y que el fuego produce calor, estamos convencidos de que existe una vinculación necesaria entre unos y otros fenómenos.
            ¿Es correcta esa manera de proceder? Analicemos la idea de causalidad y veamos que encontramos en ella. Encontramos, dice Hume, en primer lugar, que NO ES UNA RELACIÓN DE IDEAS ya que de serlo podríamos predecir todas las consecuencias de cualquier fenómeno aunque nunca lo hubiéramos visto con anterioridad, lo cual parece netamente contradictorio con las ciencias experimentales. Adán o Eva, o cualquier otro, podría predecir todo lo que ocurriría con solo mirar una cosa y, además, nunca tendría que experimentar nada: lo sabría todo con solo mirar de frente a la cosa y sería algo así como alguien que tuviera rayos X en su vista y entendimiento. Solo con pensar en la idea de fuego ya sabríamos que produce calor de la misma manera que al pensar en la idea de triángulo sabemos que tiene tres lados. Evidentemente esto no es así. Si la relación causal no es, por tanto, un relación de ideas es, en consecuencia, una CUESTIÓN DE HECHO, donde imperan los dictados de la experiencia y de la observación (es decir, tenemos que atenernos a los hechos, ver como actúan y esperar para hacer afirmaciones de lo que ha ocurrido, no estando nunca autorizados a hablar del futuro puesto que aún no es un hecho y no sabemos cómo actuará).
Analicemos la relación causa-efecto atendiendo exclusivamente a la experiencia que tenemos de tal relación y expongamos las circunstancias que en ella concurren:

A)    CONTIGÜIDAD espacio-temporal; causa y efecto se producen en espacios y tiempos próximos.

B)     PRIORIDAD de lo que se llama como causa es anterior a lo que se llama efecto.

C)    CONJUNCIÓN CONSTANTE, lo que denominamos “causa” y lo que denominamos “efecto” se han sucedido con regularidad en el pasado.

            Esas tres circunstancias son las que han inducido a los hombres a hablar de que la causa y el efecto están conectados necesariamente. Ahora bien, ¿podemos encontrar esa idea de conexión necesaria bien en el objeto que llamamos causa o en el que llamamos efecto, sustentada por alguna impresión sensible? (que sería el modo de proceder del empirista). Ciertamente no. Ni de la contigüidad, ni de la prioridad de la causa ni de la conjunción constante se puede sacar la idea de conexión necesaria: sólo vemos que se produce algo y que al rato se produce otra cosa.
¿Por qué, entonces, valoramos tanto la causalidad y basamos toda nuestra confianza en ella? Aquí Hume nos explica (psicológicamente) lo que ocurre: estamos tan acostumbrados (por experiencias pasadas) a que cuando se produce un determinado fenómeno se produzca un determinado efecto, que cuando vemos producirse a nuestro alrededor algo semejante a lo que ya conocemos, nuestro espíritu se adelanta, por costumbre o hábito, y somos capaces de predecir lo que pasará. Nuestra mente irá por delante de los acontecimientos reales, pero sólo en base al HÁBITO y ni por la razón o por la experiencia. Lo razonable en toda cuestión de hecho sería esperarse y comprobar por la experiencia que así ha sucedido.
Pero nunca actuamos así: por el contrario, nos adelantamos y creemos que podemos hacerlo porque pensamos que hay una vinculación necesaria entre la causa y el efecto, Pero estamos equivocados. No existe tal relación de vinculación necesaria sino sólo una precipitación de nuestra mente fundamentada en nuestros hábitos anteriores. La prueba de que la idea de “conexión necesaria” no tiene justificación es que nos podemos imaginar que otro efecto es posible (nos podemos imaginar que el sol no saldrá mañana o que el agua no hierve a 100º) y todo lo que es posible no es necesario.
            Pero la cosa no termina aquí: ¿por qué tendemos a adelantarnos y vaticinar lo que ocurrirá? (¿Cuántas veces hemos tenido que echarnos marcha atrás en nuestras conclusiones precipitadas acerca del futuro?). Aquí aparece otra idea, tan poco justificada como la de la causalidad. Vamos por delante de los acontecimientos porque estamos absolutamente convencidos de que el futuro va a ser en todo exactamente igual a las experiencias que hemos tenido en el pasado. Esto es, estamos convencidos de la regularidad de la naturaleza.
            ¿Pero de dónde podemos sacar esa conclusión? ¿Qué nos dice que la naturaleza va a mantenerse siempre igual y regular? Nada ni nadie nos puede garantizar cómo vaya a ser el futuro ni, por tanto, que podamos tener confianza alguna en él. ¿Cómo, entonces, podemos hablar de causalidad y de vinculación necesaria entre causa y efecto? Porque, precisamente, si predecimos lo que ocurrirá es porque confiamos que el futuro será igual que ha venido siendo, pero eso precisamente lo aceptamos porque se supone que aceptamos el principio de causalidad, que es justo lo está siendo puesto en tela de juicio. En todo caso, a lo que estamos autorizados en base a la experiencia es a decir que el pasado ha sucedido esto o aquello y que siempre ha sido así. Toda vez que vuelva ocurrir lo mismo, o algo semejante, en el futuro lo que hará será aumentar nuestro grado de confianza y nuestra probabilidad de que la cosa siga ocurriendo del mismo modo, pero nunca llegaremos tener una seguridad absoluta como si fuera una demostración matemática o una prueba lógica (una relación de ideas).
            Que el futuro sea igual al pasado es un principio absolutamente INDEMOSTRABLE, indemostrable experimentalmente por el simple hecho de ser futuro. Aunque al observar un fenómeno constatemos que siempre se produce igual, que no hay contradicciones, esto sólo nos dará una altísima probabilidad con respecto al futuro, pero en ningún caso una seguridad absoluta y, por lo tanto, únicamente será una CREENCIA en que los hechos se vayan a producir en el futuro serán como los que ya han sucedido en el pasado.
Los hechos pueden cambiar sin que haya contradicción en ello y por eso precisamente se han de basar en la experiencia. Esa creencia en el futuro la constituye el mal llamado principio de uniformidad de la naturaleza.
Así pues, lo que resulta más importante para poder establecer la ciencia -el principio de causalidad — carece de fundamento objetivo y sólo se puede justificar psicológicamente.
            La creencia es un principio inverificable, algo gratuito, pero necesario para que la vida funcione. Hume no rechaza que sigamos actuando como lo hemos venido haciendo hasta ahora, pero sí quiere hacernos ver que no existe algo así como un Principio de causalidad. Es, como ya se ha dicho, una creencia que asumimos gratuitamente (pero necesariamente por ser la naturaleza humana como es) en base a ciertos condicionantes (la costumbre, el hábito) naturales y epistemológicos que los hombres tenemos.
 

Resumiendo:
1. La causalidad es una RELACIÓN, no una IDEA.
2. SUPONEMOS que la relación causal expresa una CONEXIÓN NECESARIA.
3. Es preciso acudir a la EXPERIENCIA para determinar si la suposición es correcta o no
4. Lo que la experiencia muestra en una relación causal es: CONTIGÜIDAD, PRIORIDAD DE LA CAUSA Y CONJUNCIÓN CONSTANTE.
5. La experiencia no justifica la existencia de una “conexión necesaria”
6. Confiamos en la causalidad sólo por el HÁBITO Y LA COSTUMBRE.
7. Además estamos convencidos en que LA NATURALEZA ACTÚA UNIFORMEMENTE.
8. Tal principio es INDEMOSTRABLE.
9. Desde la RAZÓN no podemos justificar ni el principio de causalidad ni la uniformidad de la naturaleza.
10.En ambos casos estamos ante una CREENCIA que sólo se puede justificar psicológicamente, pero indemostrable desde la lógica y la razón.

 

 

8. LA CREENCIA COMO GUÍA DE LA VIDA.

            La propuesta de Hume es, en el fondo, una invitación a desistir de la certeza que tanto buscaban los racionalistas. La razón, viene a decirnos Hume, no puede proporcionarnos certezas, a no ser que estemos dispuestos a asumir de un modo acrítico conceptos de dudosa procedencia. El pensamiento del escocés sería, así, una invitación a abandonar la aspiración a un conocimiento seguro y a aceptar que nuestro conocimiento será siempre limitado, probable, con un grado de inseguridad. Hume nos invita, por tanto, a abandonar la razón para vivir según la costumbre, que es, según sus palabras, “la guía de la vida”. La vida cotidiana está dirigida así, por una creencia: la de que la naturaleza se comportará en el futuro del mismo modo que lo ha venido haciendo hasta el presente.

            La razón en nada nos puede ayudar para conocer cuestiones de hecho. Sólo la creencia, que nunca puede acompañarse de certeza, nos hace avanzar cuando nuestro conocimiento se basa en la experiencia. El conocimiento del mundo nunca podrá ser, en consecuencia, racional, seguro, objetivo, cierto. Será siempre empírico, inseguro, subjetivo, incierto o probable. Hume entiende la creencia como un “sentimiento” de tipo particular que acompaña a una percepción y se impone a la mente. Podría valer la siguiente definición: la creencia es un sentimiento que no depende de nuestra voluntad y que nos obliga a percibir un objeto de una manera diferente, anticipándonos al futuro o atribuyendo al objeto propiedades que no son directamente observables. La creencia se basa siempre en un hábito o costumbre mental, en una tendencia a confirmar una idea, acto u operación, sin que la razón pueda intervenir en ningún momento. La repetición de la experiencia acaba logrando que el sujeto se anticipe a la misma, lo cual termina siendo necesario para su supervivencia, pero sin que en esta anticipación exista un fundamento racional. Estas anticipaciones, al repetirse una y otra vez, pueden alcanzar casi la misma intensidad y la misma vivacidad que una impresión. Afortunadamente, diría Hume, nos dejamos llevar por la creencia, somos irracionales, pues si quisiéramos tener una certeza racional de todo lo que hacemos o conocemos quedaríamos condenados a la inactividad, a la pasividad más absoluta. La supervivencia del ser humano está ligada a que éste renuncie a la certeza absoluta en todo lo que hace, a que se deje llevar por un conocimiento limitado, probable, pues según Hume la misma naturaleza nos podría dar dos argumentos (ambos con resonancias biológicas) para actuar de este modo:

            Parece que hubiera una “armonía preestablecida” entre el curso de la naturaleza y el de nuestras ideas. Si las creencias funcionan, es porque, de algún modo, no son tan erróneas, sino que se ajustan, en mayor o menos medida, a la realidad.

            La naturaleza ha logrado que el ser humano piense en términos causales de un modo instintivo. El hombre tiende a pensar según los esquemas causales, y aunque tales esquemas sean racionalmente incorrectos, nos ayudan a sobrevivir. La naturaleza, viene a decir Hume, ha hecho que el hombre se conforme con un conocimiento no estrictamente racional, no absolutamente cierto, pero efectivo.

 

9 CONSECUENCIAS PARA LA CIENCIA

            Para terminar con la teoría del conocimiento, cabe plantear una última pregunta: ¿Qué ocurre con la ciencia? ¿Qué clase de conocimiento es el científico? ¿Es la ciencia verdadera? Este tipo de preocupaciones traspasan las inquietudes de la filosofía de Hume, que no aborda directamente estas cuestiones. Sin embargo, su crítica al razonamiento inductivo y a la idea de causalidad sí que han ejercido una influencia nada despreciable en la filosofía de la ciencia del siglo XX. Por ello, cabría decir que desde las tesis de Hume, las diferentes ciencias quedarían explicadas de este modo:

Las ciencias formales (matemáticas y lógica), se ocupan de relaciones de ideas, y posibilitan por ello construir razonamientos deductivos absolutamente ciertos, con independencia de la experiencia. Sin embargo, Hume entiende que estos razonamientos no dicen nada sobre el mundo, sino que expresan la estructura de nuestro pensamiento. No se trata de que la realidad esté construida según esquemas lógicos o matemáticos, sino que es nuestro pensamiento el que funciona según estas leyes. Las matemáticas y la lógica expresan leyes psicológicas: sencillamente pensamos de esa manera (siguiendo, por ejemplo, el principio de no contradicción) de la misma forma que podríamos pensar de otros modos. No hay una necesidad intrínseca en estas ciencias, sino una necesidad psicológica.

Las ciencias naturales (particularmente la física) tienen como objeto las cuestiones de hecho. En la medida en que estudian la naturaleza, su objeto está sujeto a la contingencia: funciona de un modo, pero podría hacerlo de otros muchos y, lo que es más grave, podría dejar de comportarse tal y como predice la ciencia. Las leyes físicas dejarían de ser necesarias para convertirse en un conocimiento probable. La física sería, de este modo, una ciencia del pasado, de la historia de la naturaleza: puede afirmar cuáles han venido siendo las leyes naturales hasta ahora, pero no es capaz de predecir con una certeza total cuáles serán las leyes del mañana. La predicción queda desterrada de la ciencia, que se reduce a ser un conocimiento probable, quizás el mejor conocimiento de que disponemos en el presente, pero incapaz de asegurar que la naturaleza no modifique en el futuro las leyes fundamentales por las que se rige.

            En cuanto a la metafísica, basta con lo dicho anteriormente. Sencillamente esta disciplina carece de sentido. Sus conceptos no se refieren a impresiones, y el contenido de los mismos está más que cuestionado. La metafísica debe quedar fuera del conocimiento científico.

 En cualquier caso, hay que advertir que Hume fue matizando su postura hasta defender un moderado escepticismo. El objetivo de su filosofía no es dejar al ser humano inerme ante la imposibilidad de fundamentación del conocimiento. Al contrario, afirma la necesidad de ir más allá de esta incertidumbre, incorporándola a la vida cotidiana, y manteniéndonos al margen de una obsesión por un conocimiento cierto que nunca lograremos alcanzar. Para terminar, podemos resumir la teoría de Hume con uno de sus pasajes más conocidos (y también más radicales), que cierra la Investigación:

            “Si procediéramos a revisar las bibliotecas convencidos de estos principios, ¡qué estragos no haríamos! Si cogemos cualquier volumen de Teología o metafísica escolástica, por ejemplo, preguntemos: ¿Contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental acerca de cuestiones de hecho o existencia? No. Tírese entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión.”

 

 

 

 

ANEXO II. COMENTARIO DE TEXTO

 

“Nuestro autor procede a explicar esta manera o sentimiento, que hace a la creencia ser diferente de una concepción vaga. Parece estar percatado de que es imposible describir con palabras este sentimiento, del que cada uno debe ser consciente en su propio corazón. Lo llama a veces una concepción más fuerte, y otras una concepción más vivaz, más vívida, más firme, o más intensa. Y ciertamente, cualquiera que sea el nombre que podamos dar a este sentimiento, que constituye la creencia, nuestro autor piensa que es evidente que ejerce un efecto más vigoroso sobre la mente que la ficción y la mera concepción. Y esto él lo prueba por la influencia de dicho sentimiento sobre las pasiones y sobre la imaginación; las cuales son movidas solamente por la verdad o por lo que es tomado por tal. La poesía, con todo su arte, nunca puede causar una pasión semejante a la experimentada en la vida real. Muestra una deficiencia en la concepción original de sus objetos, a los que nunca siente de la misma manera que aquellos que gobiernan nuestra creencia y nuestra opinión.

Nuestro autor, presumiendo haber probado suficientemente que las ideas a las que asentimos son diferentes, para el sentimiento, de las otras ideas, y que este sentimiento es más firme y vivaz que nuestra concepción común, se esfuerza a continuación por explicar la causa de este sentimiento vivaz mediante una analogía con otros actos de la mente. Su razonamiento parece ser curioso; pero difícilmente podría resultar inteligible, o al menos probable, para el lector, sin la ayuda de una larga digresión, que excedería los límites que me he prescrito a mí mismo.

 

Similarmente, he omitido muchos argumentos, que el autor aduce para probar que la creencia consiste meramente en un sentimiento peculiar. Mencionaré solamente uno; nuestra experiencia pasada no es siempre uniforme. A veces, se sigue un efecto de una causa, y a veces otro: En cuyo caso creemos siempre que existirá aquello que es lo más común. Veo una bola de billar que se mueve hacia otra. No puedo distinguir si se mueve sobre su eje, o fue impulsada para pasar rasando a lo largo de la mesa. En el primer caso, sé que no se detendrá después del choque. En el segundo, puede detenerse. El primero es el más común, y por lo tanto, me dispongo a contar con ese efecto. Pero también concibo el otro efecto, y lo concibo como posible, y como conectado con la causa. Si no fuera una concepción diferente de la otra en el sentimiento, no habría diferencia alguna entre ellas.

En la totalidad de este razonamiento nos hemos confinado a la relación de causa y efecto, tal como se descubre en los movimientos y operaciones de la materia. Pero el mismo razonamiento es extensivo a las operaciones de la mente. Ya sea que consideremos la influencia de la voluntad en el movimiento de nuestro cuerpo, o en el gobierno de nuestro pensamiento, puede afirmarse con seguridad que nunca podríamos predecir el efecto, sin experiencia, partiendo meramente de la consideración de la causa. E incluso después de que tengamos experiencia de estos efectos, es la costumbre solamente, no la razón, la que nos determina a hacer de ella el canon de nuestros futuros juicios. Cuando la causa está presente, la mente, por hábito, inmediatamente pasa a la concepción y creencia del efecto usual. Esta creencia es algo que es diferente de la concepción. Sin embargo, no le añade ninguna nueva idea. Sólo hace que sea sentida de modo diferente, tornándola más fuerte y vívida.”

D. HUME, Un compendio de un tratado de la naturaleza humana

 

II. Cuestiones

Analice el/la alumno/a el significado que tienen en el texto los conceptos de “creencia” y “hábito”.

Explique el/la alumno/a las razones por las que Hume afirma que la creencia “ejerce un efecto más vigoroso sobre la mente que la ficción y la mera concepción”.

II. Redacción:

Ciencia de la naturaleza humana y empirismo en Hume.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANEXO III. EXAMEN

 

Nuestro autor comienza con algunas definiciones. Llama percepción a cualquier cosa que pueda presentarse a la mente, sea que empleemos nuestros sentidos, o que nos impulse la pasión, o que ejercitemos nuestro pensamiento y reflexión. Divide nuestras percepciones en dos géneros, a saber, impresiones e ideas. Cuando sentimos una pasión o emoción de cualquier género, o tenemos las imágenes de objetos externos transmitidas por nuestros sentidos, la percepción de la mente es lo que él llama una impresión, que es una palabra que emplea en un nuevo sentido. Cuando reflexionamos sobre una pasión o un objeto que no está presente, esta percepción es una idea. Impresiones, por lo tanto, son nuestras percepciones vívidas y fuertes; ideas son las más pálidas y débiles. Esta distinción es evidente; tan evidente como la que hay entre sentir y pensar.

La primera proposición que anticipa, es que todas nuestras ideas, o percepciones débiles, son derivadas de nuestras impresiones, o percepciones fuertes y, que nunca podemos pensar en cosa alguna que no hayamos visto fuera de nosotros, o sentido en nuestras propias mentes. Esta proposición parece ser equivalente a aquella que tanto esfuerzo le costó establecer al Sr. Locke, a saber, que no hay ideas innatas. Sólo cabe observar, como una inexactitud de ese famoso filósofo, que comprende todas nuestras percepciones bajo el término de idea, en el cual sentido es falso que no tengamos ideas innatas.

Pues es evidente que nuestras percepciones más fuertes, o impresiones, son innatas, y que la afección natural, el amor a la virtud, el resentimiento, y todas las demás pasiones, surgen inmediatamente de la naturaleza. Estoy persuadido de que quienquiera que considerase la cuestión a esta luz, sería fácilmente capaz de reconciliar todas las partes. El Padre Malebranche se encontraría en un atolladero para señalar un pensamiento de la mente que no representase algo antecedentemente sentido por ella, o bien internamente, o por medio de los sentidos externos; y tendría que admitir que aun cuando podamos componer, y mezclar, y aumentar, y disminuir nuestras ideas, todas ellas son derivadas de estas fuentes. El Sr. Locke, por otra parte, reconocería fácilmente que todas nuestras pasiones son un género de instintos naturales, no derivadas sino de la constitución original de la mente humana.

uestro autor piensa,«que ningún descubrimiento podría haberse hecho más felizmente para decidir todas las controversias relativas a las ideas que éste: que las impresiones son siempre los precedentes de ellas, y que toda idea con que sea equipada la imaginación, hace primeramente su aparición en una correspondiente impresión. Estas últimas percepciones son todas tan claras y evidentes, que no admiten controversia; si bien muchas de nuestras ideas son tan oscuras, que es casi imposible incluso para la mente, que las forma, decir exactamente su naturaleza y composición». De acuerdo con ello, cuando una idea es ambigua, nuestro autor apela siempre al recurso a la impresión, que ha de tornarla clara y precisa. Y cuando sospecha que un término filosófico no tiene idea alguna aneja a él (como es harto común) pregunta siempre ¿de qué impresión se deriva esta idea? Y si no puede aducir impresión alguna, concluye que el término carece de significado. De esta manera es como examina nuestra idea de sustancia y esencia; y sería de desear que este riguroso método fuera más practicado en todos los debates filosóficos.

D. HUME, Compendio de un tratado de la naturaleza humana

I. Cuestiones

  1. Analice el alumno el significado que tienen en el texto los conceptos de "percepción", "impresiones" e "ideas"
  2. Explique el alumno las razones en las que se basa Hume para decir que "toda idea con que sea equipada la imaginación, hace primeramente su aparición en una correspondiente impresión"

II. Redacción:

Empirismo y causalidad en Hume.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANEXO I. TEORÍA

 

1.      CARACTERÍSTICAS BÁSICAS DEL EMPIRISMO.

El empirismo suele considerarse como una corriente filosófica preocupada fundamentalmente por las cuestiones propias de la epistemología o teoría del conocimiento. La tesis general que afirma esta corriente es que el conocimiento se origina en la experiencia y, por tanto, todo conocimiento debe ser justificado acudiendo a los sentidos. Generalmente suele hacerse equivalente el “empirismo” con el “empirismo inglés” ya que fue fundamentalmente en las islas británicas durante el siglo XVIII cuando se desarrolló de una manera sistemática el empirismo. Británicos fueron por tanto los principales empiristas: Hobbes, Francis Bacon, John Locke, Berkeley y, sobre todo, el más radical de los empiristas: David Hume.

Los empiristas forman una corriente filosófica porque comparten determinadas posiciones epistemológicas, es decir, todos ellos tienen teorías similares en lo relativo al origen, alcance y validez del conocimiento. Las tesis que comparten los empiristas son:

- El origen el conocimiento es la experiencia. Los empiristas hacen suyo el principio aristotélico según el cual “todo lo que está en el entendimiento ha estado previamente en los sentidos[1]”. Para los empiristas la mente es una “pizarra vacía” (tabula rasa) cuando llegamos a este mundo y va a ser sólo a través de los sentidos como se va a llenar de ideas. Por esta razón Hume llamará a todos los contenidos mentales “percepciones”, porque todos ellos han tenido que provenir de la percepción sensorial. Esta va a ser una clara diferencia con el pensamiento racionalista que va a defender la existencia de las ideas innatas, es decir, ideas que están en nuestra mente de forma independiente de los sentidos. El empirismo contradice la principal tesis del racionalismo gnoseológico: que el conocimiento comienza en la razón, señalando que el conocimiento comienza en los sentidos.

-Todo conocimiento es conocimiento de ideas. En esta tesis coinciden tanto empiristas como racionalistas: conocer no es conocer cosas sino conocer ideas. La concepción de la mente para los empiristas y para los racionalistas es básicamente igual; entienden que la mente es un espacio ocupado por ideas. La diferencia entre unos y otros está en el origen de éstas ideas. Para los racionalistas muchas de estas ideas van a tener un origen en la Razón humana, las ideas innatas, por el contrario los empiristas afirman que todas las ideas tienen su origen en la experiencia.

- El conocimiento humano no es ilimitado. La experiencia tiene sus límites. Para los racionalistas la razón no tenía límites, el hombre mediante el empleo de la razón puede llegar a conocerlo todo. Los empiristas le ponen un primer límite a la razón al afirmar que la mente “NO PUEDE IR MÁS ALLÁ DE LA EXPERIENCIA”, que no podemos conocer más allá de la información que nos den nuestros sentidos sobre el mundo. Por tanto, para los empiristas conocer, por ejemplo, la existencia de DIOS va a ser del todo imposible ya que de ningún modo podemos tener conocimiento de este ser, por muchas deducciones que hagamos. Los empiristas proponen un nuevo concepto de razón, un concepto limitado frente al de los racionalistas, una razón limitada fundamentalmente por el alcance pequeño de nuestros sentidos.

 

- Crítica de la metafísica. Los racionalistas proponían una ontología, es decir, un modelo de la realidad; Descartes por ejemplo considera que la realidad se divide en tres substancias: yo, dios y el mundo. Los empiristas, y fundamentalmente Hume, van a negar la posibilidad de construir una metafísica del modo que lo hace el filósofo francés. Hume no va a negar la existencia de la realidad, la existencia del mundo, de dios y del yo cartesiano, lo que va a negar es que podamos conocerlo; precisamente por esto se ha tachado a Hume de escéptico.

 

 2. LOS PRIMEROS EMPIRISTAS: JOHN LOCKE Y GEORGE BERKELEY

2.1 John Locke

El iniciador de la corriente empirista de la filosofía es Locke. El empirismo de Locke se gesta dentro del racionalismo cartesiano, que es lo que imperaba efectivamente en Europa durante el tiempo en el que Locke se formó y empezó su actividad filosófica. La metafísica cartesiana había venido substituyendo paulatinamente la metafísica aristotélica (aunque aristotélicos va a haber hasta el siglo XX); esta era una metafísica dualista, que distinguía la substancia pensante de la substancia extensa. El punto de partida de Locke es, por tanto, absolutamente cartesiano.

Locke va a plantear de manera radical el problema del conocimiento, que es lo que le caracterizará a los filósofos empiristas propiamente. Lo que quiere es esclarecer de qué manera se produce el conocimiento, de qué manera obtenemos las ideas que se hayan presentes en la conciencia; ya que no acepta la solución racionalista frente a determinadas ideas problemáticas de hacerlas innatas en la conciencia. Las ideas según Locke sólo pueden proceder de la experiencia, si bien la experiencia puede ser externa, lo que Locke denomina ideas de sensación, o interna, lo que denomina ideas de reflexión.

A su vez, hay dos tipos de ideas, las simples y las complejas:

1. Las ideas simples: son las que proceden de los sentidos

2. Las ideas complejas: son combinaciones de ideas simples.

Una de las claves en torno a la cual gira toda la filosofía moderna es la reflexión sobre la noción de “substancia”. Según Locke la idea de substancia es compleja. La define como el “no sé qué” que está por debajo de las diversas cualidades de las cosas de las que tenemos conocimiento a través de los sentidos. Locke no dice en ningún momento que no crea que no existe la idea de substancia, simplemente plantea las dificultades de explicar el conocimiento de esta idea. Lo único que hace Locke es analizar el conocimiento, desmenuzarlo, y en este análisis la substancia se revela como algo de lo que no podemos tener conocimiento, pero en ningún momento dice que no exista la substancia. Está sentando la primera piedra sobre la que Hume levantará su crítica al substancialismo.

Prueba de su absoluta fidelidad a la metafísica cartesiana es la diferenciación que hace entre las cualidades primarias y las cualidades secundarias. Las cualidades primarias son las modificaciones que las cosas mismas producen en el espíritu, dando lugar a ideas simples; éstas son las que Descartes considera la res extensa: la masa, la forma, la extensión… Las cualidades secundarias no las producen las cosas en nuestro espíritu, sino, es la misma conciencia quien las produce; tales son el color, el olor... éstas son meramente psicológicas. La substancia vendría a ser como la base o el sustrato en el que existen las cualidades primarias de las cosas.

Locke no pretende criticar la metafísica cartesiana, y por eso no da el paso, que sí dará Hume de pasar de la imposibilidad del conocimiento de la idea de substancia a su inexistencia. Locke únicamente pone de manifiesto las dificultades para conocer de manera clara qué es la substancia.

 

2.2 El obispo Berkeley

Berkeley va a ser un heredero del pensamiento de Locke, aunque introduce una modificación, radicalizando su postura. Lo que va a hacer Berkeley es llevar el psicologismo de Locke hasta el extremo fracturando así la metafísica cartesiana. Critica de Locke el hecho de que le dé prioridad ontológica a las cualidades primarias respecto de las secundarias. Según el obispo, ambas, son fenómenos que se dan en la conciencia (vivencias psicológicas es la palabra que usa), y no hay ninguna razón para pensar que unas se dan efectivamente en la realidad externa a la conciencia, y las otras no. Según Berkeley todas las vivencias deben tener el mismo estatus ontológico, y es la de meras representaciones mentales.

Desde el psicologísmo extremo de Berkeley, el planteamiento del problema de la substancia (qué sea la substancia, qué substancias hay, etc), no puede responderse sino con una postura púramente psicologísta: el ser, (es decir, la substancia) no es más que “ser percibido”. La percepción es lo único que constituye al ser: las cosas no son nada diferente de las vivencias que tenemos de ellas. El psicologismo extremo de Berkeley le lleva, en última instancia, al idealismo subjetivista. Lo único que podemos decir es “existo yo y mis vivencias”, pero más allá no hay nada. Berkeley, como se ve, no está negando la existencia de la substancia. Si se quiere, lo que hace es negar la “res extensa”, el mundo exterior a nosotros mismos, pero no la “res cogitans”, la substancia pensante cartesiana. De hecho, a sí mismo, se llama “inmaterialista”, para remarcar que lo que niega es la substancia material, pero no la substancia espiritual o pensante. Por eso, no podemos tacharle de antisubstancialista radical; queda en él un residuo substancialista, la “substancia pensante”: no hay nada que corresponda a nuestras vivencias (ideas), pero lo que no podemos negar es que existamos nosotros como substancia. ¿Y cómo es posible que tengamos en la conciencia que no procede de ningún lugar? La respuesta que da es clara: es Dios quien pone en nuestra mente las vivencias; Dios que es substancia espiritual, igual que yo mismo. Por lo tanto Berkeley niega la existencia de una substancia material, el Mundo, y afirma la existencia de dos substancias espirituales, Yo y Dios.

 

3. VIDA DE HUME

 Nace en Edimburgo en 1711. Su vida no tiene un especial interés. Desde muy joven se interesa por la literatura y por el saber en general, hasta el punto de oponerse a los deseos de su familia que quería que estudiase derecho, para estudiar en su lugar filosofía. Hume es uno de los máximos representantes de la Ilustración británica. Aunque ha pasado a la historia como uno de los fundadores del empirismo, eso no debe hacernos olvidar las importantes reflexiones de Hume en torno a temas prácticos: ética (por supuesto), pero también política, religión e historia. Por ello, la teoría del conocimiento que plantea el escocés debe entenderse también en el marco de toda su filosofía práctica: en sus comienzos, el joven Hume, admirado por la física, aspiraba a ser el “Newton de las ciencias morales”, centrando su estudio en la naturaleza humana, pues estaba convencido de que todas las ciencias tenían relación con la antropología filosófica.

            En 1734 marcha a Bristol, dedicándose a la abogacía, profesión que deja al cabo de pocos meses, cuando decide retirarse a Francia para dedicarse a su mayor pasión, "la literatura”. En este retiro compuso su obra Tratado de la Naturaleza Humana, que publicó en Londres en 1738, a la temprana edad de 27 años. Dicha obra tuvo muy escasa acogida. Al poco regresa a Escocia, convencido de la imposibilidad de aplicar al conocimiento del ser humano los métodos de la física.

Su pensamiento evolucionará hacia el escepticismo y el empirismo radical, formulando sus críticas en sus Ensayos de Moral y Política, que se publicaron en 1742 y tuvieron una mayor acogida que la obra anterior. En aquel tiempo se dedicó al estudio del griego y en 1745 optó por la cátedra de ética y filosofía de la Universidad de Edimburgo, plaza que le fue negada por su reputación de "ateo" y "escéptico". A estas alturas, Hume ya será conocido por sus contemporáneos como “Mr. Hume, el ateo”.

Más tarde, sin embargo, llegaría a trabajar en la embajada de París, donde establece relación con ilustrados franceses. En todo este periodo Hume fijará su reflexión en temas eminentemente prácticos: la religión, la historia, la política… En todos ellos adoptará un método descriptivo e histórico, sin abandonar en ningún momento el tono crítico y escéptico que caracteriza todo su pensamiento.

 

4. LA CIENCIA DEL HOMBRE.

Hume fue un escritor que en vida tuvo mucho éxito, aunque no tanto por sus escritos filosóficos por cuantos sus estudios sobre política e historia (en especial su “Historia de Inglaterra”). Su filosofía, por lo general, pasará bastante desapercibida. Con su primera obra, el Tratado de la naturaleza humana, ensayo de introducción del método experimental de razonamiento en las cuestiones morales, Hume aspiraba, según sus propias palabras, a convertirse en el Newton de la ciencia moral. Su convicción de que todas las ciencias se basaban, en último término, en la concepción del ser humano, le llevan a escribir este tratado de antropología filosófica, tratando de aplicar el mismo método newtoniano. No debe olvidarse que en el siglo XVIII se produce una auténtica ebullición del pensamiento científico, y su forma de analizar la realidad se convertía en el modelo de referencia. Si Hume aspiraba a trasladar los métodos de la física, unos años antes Spinoza había intentado, desde presupuestos racionalistas, construir una ética a la manera de la geometría. En todo caso, desde una perspectiva empirista la ciencia modélica es la física, pues en ella se aúnan la observación y el experimento con el razonamiento.

De entre todas las ciencias posibles hay una que destaca por su importancia, pues todas las demás la presuponen de una u otra forma; es la Ciencia del Hombre. Hume echa en falta un conocimiento riguroso y sistemático de la naturaleza humana, quiere saber cuáles son los principios que gobiernan el entendimiento humano, cuál es el fundamento de los juicios morales y nuestra acciones, etc. Es obvio que tal ciencia es enormemente importante pues todas las demás ciencias tratan de manera directa o indirecta sobre el ser humano: las matemáticas, la física, la historia, todas las ciencias son un producto humano y describen el mundo desde la perspectiva de los seres humanos; pero… ¿qué somos en realidad? ¿Cómo funciona nuestro entendimiento? ¿Qué podemos conocer? ¿En qué nos basamos al afirmar que unas acciones son buenas y otras malas? ¿Qué queremos afirmar cuando predicamos de un objeto que es “bello”? etc. Todas estas preguntas no tienen una respuesta satisfactoria, a juicio del joven Hume, y una nueva y rigurosa Ciencia del Hombre puede suministrarnos las respuestas adecuadas.

Pero antes de apresurarse con las respuestas Hume quiere ser precavido, es preciso tener claro el camino, saber cómo vamos a proceder, qué método vamos a seguir. Hume tiene la respuesta: el método adecuado es aquel que ha demostrado su solvencia, el que ha propiciado el éxito de la física; el método experimental. Básicamente lo que el método prescribe es evitar las especulaciones, los razonamientos que no están apoyados en sólidos datos empíricos: observaciones, experimentos, mediciones … En el caso que nos interesa el científico debería abandonar toda teoría acerca de la naturaleza humana que no pueda contrastarse empíricamente como por ejemplo la teoría del dualismo antropológico, que había defendido Descartes, la cual sostiene que el ser humano es un mezcla de dos substancias de naturaleza diferente: el cuerpo y el alma. La actitud del científico ha de ser muy diferente, debe ser más humilde y precavido y no admitir más que aquello de lo que pueda estar seguro a partir de la atenta observación y la experimentación.

 

5. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO: IMPRESIONES E IDEAS

 De entre todos los problemas que acarrea la nueva Ciencia de hombre es el epistemológico el más intrincado e importante: ¿Cómo conocemos? ¿Cómo funciona nuestro entendimiento? ¿Qué es la ciencia? ¿Existe un límite al conocimiento? Para responder a estas cuestiones Hume va a hacer suya las dos ideas principales del empirismo, a saber:

El conocimiento es básicamente conocimiento de ideas (presupuesto que comparte con los racionalistas): el hombre lo único que puede conocer de las cosas son las REPRESENTACIONES de las cosas, no las cosas mismas.

Todos los contenidos de la mente provienen de la experiencia.

Precisamente porque piensa que todo lo que está en nuestra mente antes ha tenido que estar en nuestros sentidos, a las ideas y a cualquier contenido mental en general les dará el nombre de PERCEPCIONES. Una percepción es cualquier idea que pueda albergar nuestra mente; de esta forma subraya su origen. De este presupuesto Hume va a subrayar el principio fundamental de su teoría del conocimiento: sólo es admisible como conocimiento realmente fundamentado aquellas representaciones que podamos reducir a “experiencia”; lo que no podamos remitir a algún tipo de experiencia debemos rechazarlo como ilusorio.

 

5.1. Tipos de conocimiento.

Como hemos dicho Hume reduce todo nuestro conocimiento a “percepciones”, es decir, a representaciones mentales que tienen su origen en los sentidos. Por eso podemos decir que los distintos tipos de conocimiento serán las distintas clases de percepciones que podamos tener. Distingue fundamentalmente dos clases de percepciones: IMPRESIONES e IDEAS.

 

 

5.1.1. Diferencia entre impresiones e ideas

De entre todas las percepciones que puede haber en nuestra mente distingue dos tipos: impresiones e ideas. La diferencia entre unas y otras es muy sutil; ambas son contenidos de nuestra mente pero mientras que las IMPRESIONES SON VIVAS E INTENSAS, LAS IDEAS SON DÉBILES Y BORROSAS. La diferencia entre impresiones e ideas es, por tanto, una cuestión de intensidad. Si uno pasea distraído por la calle y se lleva un pisotón doloroso está teniendo una impresión. Su grado de fuerza y vivacidad es incuestionable: ¡el pie nos duele horrores! Ahora bien, si uno llega a casa, pasado un tiempo, y recuerda el pisotón y el dolor: eso es tener una idea. Por supuesto, no puede compararse el grado de fuerza y vivacidad del pisotón real con el ideado después, por mucha fidelidad que tenga nuestro recuerdo.

La razón de que las ideas sean percepciones más débiles que las impresiones está en que éstas son copias de aquellas (ideas son copias de impresiones). Las impresiones penetran en la mente a través de los sentidos y son muy intensas, mientras que las ideas penetran en la mente mediante la razón y la memoria, y su fuerza es muy tenue. Podemos decir que cuando los sentidos nos proporcionan una idea (una imagen, un sonido... etc) se produce en nuestra mente una impresión pero cuando no son los sentidos sino, por ejemplo, la memoria nos trae a la mente (una imagen, un sonido recordado... etc) entonces lo que se produce en nuestro pensamiento es una idea.

Esta diferencia es así en términos generales, pues el propio Hume reconoce que esto no siempre se cumple; por ejemplo en el caso de los sueños: en los sueños, lo que no son más que ideas se presentan ante la mente con igual fuerza que las impresiones.

5.1.1.A. Clases de Impresiones.

Dentro de las impresiones distingue entre IMPRESIONES SIMPLES e IMPRESIONES COMPLEJAS. Las impresiones simples, son las impresiones atómicas, las unidades más simples de percepción. Son tales como colores, sabores, olores… Las impresiones complejas son las que implican multitudes de impresiones simples: una mesa, una ciudad, un árbol. Una impresión como “árbol” en realidad no es más que una colección de impresiones simples; lo que en realidad recoge nuestro ojo es un conjunto de colores distintos, unas manchas de rojo aquí, un poco de ocre allí... verdes de distintas tonalidades; después, en nuestra mente, todas esas impresiones simples se reúnen y tenemos la percepción de un objeto, una impresión compleja.

Distingue además entre IMPRESIONES DE SENSACIÓN e IMPRESIONES DE REFLEXIÓN. Las impresiones de sensación serían las que provienen de nuestros sentidos externos (ojos, nariz, boca...) y que, en teoría se referirían a objetos exteriores a nuestra propia mente. Las impresiones de reflexión serían las impresiones que no provienen de nuestros sentidos externos sino de los internos (sería algo así como las sensaciones internas o los sentimientos) Si paseamos por Alaska en pleno invierno tendremos a buen seguro una impresión de frío acompañada de una impresión de dolor. Cuando esta lamentable situación desaparece porque nos hemos cobijado en casa o en un bar calentito, y recordamos la situación anterior, esta idea de frío intenso puede producir y asociarse a una nueva impresión: la aversión. Esta nueva impresión es lo que Hume denomina una impresión de la reflexión, que puede, a su vez, ser copiada, convertida en idea de la reflexión, cuando recordamos el sentimiento de aversión que una vez hemos tenido.

5.1.1.B. Clases de Ideas.

Las ideas, como hemos dicho, son copias de impresiones. Puesto que son copias puede haber tanto copias de impresiones simples como copias de impresiones complejas. Así, las copias de impresiones simples generan IDEAS SIMPLES (idea de rojo, idea de sabor agrio, etc.) y las copias de impresiones complejas son IDEAS COMPLEJAS (idea de un árbol, de una ciudad, etc.).

Si embargo, muchas de nuestras ideas, señala Hume, en realidad no son una copia directa de una impresión (por ejemplo la idea de “sirena” o “centauro”), sino que se producen por la ASOCIACIÓN DE VARIAS IDEAS (simples o complejas); estas ideas son evidentemente siempre ideas complejas. No puede haber ideas simples de esta especie; cada idea simple corresponde siempre a una impresión simple, o lo que es lo mismo, no podemos tener una idea de un color que no exista o de un olor que jamás hayamos percibido.

 

5.1.2. Orden temporal entre las impresiones y las ideas. Primer principio del conocimiento humano. Crítica del innatismo.

¿De dónde provienen todas nuestras ideas? ¿De dónde previenen las representaciones que habitan nuestra mente? Para los racionalistas había distintos orígenes de las ideas: estaban las ideas adventicias, ideas que tenemos gracias a nuestros sentidos; estaban también las ideas facticias, que creábamos nosotros mezclando ideas adventicias; y por último estaban las ideas innatas, que se encontraban alojadas en nuestra mente y que no dependían de nosotros. Hume, y en general todos los empiristas van a aceptar sólo un posible origen de las ideas: LA EXPERIENCIA (los sentidos). Este es el PRIMER PRINCIPIO DEL CONOCIMIENTO HUMANO: “todas las ideas provienen mediata o inmediatamente de las correspondientes impresiones”. Hay un orden temporal en el conocimiento: las impresiones preceden siempre a las ideas. Para demostrar aún más esta tesis, Hume hace la siguiente reflexión: ¿Tiene idea un ciego de lo que es y representa el color azul? Efectivamente, no. Y, aunque el ciego no pueda ver los colores ¿Podría aprender y llegar a conocer lo que es el azul si simplemente alguien con experiencia le cuenta o intenta darle una definición precisa de lo que es ese color? Parece que no. La ausencia de una impresión previa impide que un invidente pueda formarse la idea de lo que es el color azul. Las impresiones son los átomos que conforman la materia del conocimiento. Sin ellas, no podríamos conocer nada, ni siquiera lo ficticio e imaginario.

Según este principio: sólo es conocimiento en sentido estricto aquellas ideas que podemos reducir a las impresiones simples de las que proceden; el resto no son más que ficciones de la imaginación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5.1.3. Cuadro de ideas e impresiones.
 

 

 

 

 

 

 

 

- de sensación (externa)

 

 

- impresiones simples. (rojo)

 

 

 

 

- de reflexión (interna)

 

Impresiones

 

 

 

 

 

- de sensación (externa)

 

 

- IMP. Complejas. (árbol)

 

 

 

 

- de reflexión (interna)

Percepciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

- ideas simples (rojo)

 

 

-Ideas como copias de impresiones

 

 

ideas

 

- ideas complejas (árbol)

 

 

 

- ideas como asociación de ideas: son siempre ideas complejas:(centauro)

 

 

 

      




5.2. Asociación de ideas. La imaginación y la memoria.
            Las ideas (copias de impresiones) aparecen en la mente de dos modos: a través de la IMAGINACIÓN o a través de la MEMORIA. Cuando lo hacen a través de la memoria lo hacen con un grado de viveza bastante alto, mientras que si lo hacen mediante la imaginación la viveza es muy tenue; precisamente por esto nos parece más “real” los recuerdos o ideas recordadas que las ideas imaginaciones.
            La memoria actúa trayendo a la presencia copias de impresiones, simples o complejas, que tuvimos en el pasado. Lo que hace es repetir una impresión simple o compleja que tuvimos en el pasado, y que ahora la volvemos a representar en la mente pero con un grado de viveza menor del de la impresión.
            La imaginación, por el contrario, no opera rescatando ideas viejas, sino que crea ideas nuevas mezclando unas ideas con otras. Lo importante de esta operación de asociación de ideas que hace la mente es tratar de esclarecer cómo lo hacemos. Hume al señalar esta operación de nuestra mente, la asociación de ideas, pretende mostrar el hecho de que muchas de las ideas que tenemos y que pensamos que hacen referencia a alguna cosa existente, en realidad, no son más que una colección de ideas simples mezcladas por la imaginación. Esta va a ser una de las críticas más fuertes al racionalismo que defendía la existencia de algunas realidades inobservables que se correspondían con ideas que teníamos en la mente (es lo que ocurre, por ejemplo con la idea cartesiana de Dios).
¿Cómo se hacen las asociaciones de ideas? Hume se da cuenta que las asociaciones de ideas, generalmente las hace nuestra mente siguiendo ciertas reglas o ciertos principios. Estos son llamados por Hume PRINCIPIOS DE ASOCIACIÓN DE IDEAS y son tres:

- Semejanza: la imaginación opera uniendo dos ideas cuando encuentra en ellas algún tipo de parecido. Por ejemplo, una fotografía hace que me venga a la cabeza muy rápidamente la persona a la que representa; siendo la fotografía y esta persona realidades diferentes establecemos una relación o un vínculo entre ambas.
- Contigüidad en el tiempo y en el espacio. Cuando dos ideas se presentan a la conciencia temporal o espacialmente a la vez o contiguas, la imaginación también tiende a unirlas. Por ejemplo, la idea de levar anclas trae a la cabeza muy rápidamente la idea de un barco que se marcha...
- Causa y efecto. Por ejemplo, si pienso en el fuego, inmediatamente me veo obligado a pensar en el humo que produce o en el calor.... establezco una relación de causalidad entre una percepción y otra.

La imaginación mediante estos principios opera uniendo percepciones que después quedan indisolublemente unidas en la memoria. Con esto no se quiere decir que Hume esté pensando en alguna forma de trascendentalismo, (que las asociaciones entre ideas se produzcan siempre de manera necesaria): la mente no siempre realiza una asociación por el hecho de que dos ideas, por ejemplo, tengan algún tipo de semejanza. Generalmente es la fuerza de la costumbre la que inclina a nuestro entendimiento a realizar tales asociaciones de manera natural. No siempre una semejanza una asociación natural: por ejemplo, todas las cosas materiales se asemejan entre sí, pero este hecho no lleva a la mente a asociar cada vez que se le presenta una cosa, con todas las demás. Pero si, habitualmente encontramos que al calentar una barra de hierro ésta se dilata, la mente, por la fuerza de la costumbre tiende a asociar, por contigüidad, el calor con la dilatación de los cuerpos, lo que no significa que tenga que existir por necesidad algún tipo de relación entre el calor y la dilatación de los cuerpos.

5.3. Cuestiones de hecho y relaciones entre ideas.
             “Investigaciones sobre el entendimiento humano” Hume afirma que “todos los objetos de la razón o de la investigación humana se dividen naturalmente en dos clases, a saber, relaciones entre ideas y cuestiones de hecho”. Con esta afirmación Hume trata de señalar en primer lugar que todo conocimiento es conocimiento de relaciones entre ideas y, en segundo lugar, que hay dos tipos de relaciones que podemos establecer
 

·         Relaciones entre ideas. Este tipo de juicios son relaciones que establecemos entre las ideas en virtud a su estructura interna. Para saber si una afirmación de este tipo es verdadera no hace falta que acudamos a la experiencia, sino que podemos saberlo a través del uso de la razón. Estas afirmaciones dependen exclusivamente de las relaciones entre ideas, por eso no tenemos por qué acudir a la experiencia para corroborar su veracidad. Es por ejemplo una afirmación del tipo “cuatro es la mitad de ocho” o “dos más dos es igual a cuatro”; son las afirmaciones que hacen las ciencias formales tales como la lógica y las matemáticas. Estas afirmaciones son NECESARIAMENTE VERDADERAS, es decir, su contrario es imposible: “2+2=4” es una afirmación verdadera en cualquier circunstancia, no puede concebirse una situación que contradiga afirmaciones de este tipo. Ahora bien, las proposiciones matemáticas NO AFIRMAN NADA DEL MUNDO o, lo que es lo mismo, carecen de contenido empírico, únicamente expresan relaciones necesarias entre ciertas ideas (y las ideas no son el mundo). La matemática, para Hume, al contrario que para Descartes, es una ciencia que no versa sobre la realidad.

·         Relaciones entre una idea y un hecho, a las que llama “cuestiones de hecho[4]. Las cuestiones de hecho serían todas aquellas afirmaciones o juicios en los que, para saber si son verdaderos o falsos debemos acudir a nuestra experiencia. Por ejemplo “El árbol del patio es un álamo” o “el sol saldrá mañana”. Este tipo de afirmaciones son el tipo de afirmaciones que hacen las ciencias empíricas y son enunciados que tratan de decir algo acerca del mundo.                                                                      El problema es ahora saber qué tipo de conocimiento surge de la experiencia y en qué principios nos basamos para inferir "verdades" de hecho. ¿Cómo podemos saber que el fuego quema y consume oxígeno? Parece evidente que si sólo nos fijamos en las cualidades de un objeto (color, tamaño, forma, rugosidad, olor, etc.) no podremos descubrir las propiedades y efectos que puede llegar a producir ni podremos conocer las causas de las que proviene. El azul del agua y su transparencia no implican en absoluto que podamos mojarnos o ahogarnos en ella. La forma y color de un imán nada nos dice acerca de su propiedad de atracción de otros metales. Entonces ¿Cómo tenemos conocimiento de las causas y los efectos que producen los seres naturales? ¿Cómo predecimos los fenómenos de la naturaleza?
Hume afirma que todos los razonamientos que parten de la experiencia están fundados en la relación causa-efecto. Y en realidad nadie, hasta Hume, se ha preguntado seriamente en qué consiste la relación causal. Los filósofos siguen todos ellos la opinión de Aristóteles según la cual la causalidad es un principio de carácter lógico que nos asegura que el conocimiento del mundo es posible: conocemos un fenómeno cuando determinamos las causas que lo producen y establecemos los efectos que de él se derivan.
Sin embargo, al contrario de lo que ocurría con las relaciones de ideas, lo contrario a una cuestión de hecho no implica contradicción ni absurdo… La proposición "el sol no saldrá mañana" no implica ninguna contradicción lógica respecto a la proposición que ahora se cumple "el sol sale todos los días". El sol podría dejar de salir o ciertos hechos de la naturaleza dejar de cumplirse por razones que no conocemos. También podría suceder que variaran ciertos acontecimientos. Esto supone que lo contrario a una cuestión de hecho es siempre posible y que, por lo tanto, de aquello que se basa en la experiencia no tenemos conocimientos absoluta y demostrativamente ciertos, sino meramente probables. Es decir las cuestiones de hecho no son nunca verdades necesarias (como las relaciones de ideas) sino todo lo más verdades CONTINGENTES.
 

El análisis de Hume convierte a la física (y a todas las ciencias que versan sobre la naturaleza) en una ciencia que no nos proporciona certezas absolutas y definitivas. Este hecho fue muy mal acogido por la mayoría de los científicos y filósofos de su época.


6. CRÍTICA DE LA METAFÍSICA CARTESIANA: “Yo, Dios y el Mundo”.
            Hume mediante este análisis de la mente humana, desgajará una a una, como si se tratasen de gajos de naranja las ideas más importantes de la metafísica cartesiana y desmontará todas las afirmaciones de Descartes acerca de la realidad: la idea de substancia (res), la idea de “yo” (cogito), la idea de Dios, la idea de un mundo exterior a nuestra propia mente, la idea de causalidad...
El modo de proceder va a ser siempre el mismo; dada determinada idea:

·         Según el orden temporal de las percepciones debe proceder de una impresión concreta. Si deriva de una impresión concreta entonces admitimos esa idea como un conocimiento verdadero.

·         En caso de que no derive de ninguna impresión la rechazamos ya que no tenemos ningún conocimiento sensible que respalde la veracidad de esa idea.

 

6.1. Crítica de la idea de substancia

Uno de los conceptos más persistentes a lo largo de la historia de la Filosofía, ha sido el de substancia. Consiste en la idea de que las propiedades o atributos de una cosa deben "apoyarse" en algo, en una especie de sustrato que nunca es igual a ninguna de aquellas propiedades, ni tampoco a la suma de las mismas, y que permanece constante cuando la cosa cambia, se mueve o se transforma. Según el punto de vista sustancialista, si hay un caminar debe haber algo que camina, si hay un decir, un pensar, etc., debe haber algo que dice, algo que piensa, etcétera.

La substancia es concebida como una especie de soporte último, que ya no puede apoyarse en nada más básico, o como un sujeto último que no puede, a su vez, ser predicado de ninguna otra cosa. A veces, la substancia ha sido identificada con la esencia. La pregunta por la esencia de una cosa es respondida —según la Filosofía tradicional— a través de una definición que dice lo que es la cosa. El sustrato último de la cosa coincidiría así, con la esencia de la cosa, con el ser que la define como siendo tal cosa y no otra.  

Pero desde la perspectiva empirista el concepto de substancia es enormemente problemático, como ya había señalado Locke, porque la substancia no es ninguna impresión simple, no es un color, ni un sabor, ni una pasión, un placer o un dolor; tampoco es una impresión compleja, no es una cosa determinada.  Para poder admitir la idea de substancia como un conocimiento verdadero, tendríamos que poder reducirla a la impresión o impresiones sensibles de las que se deriva. Sin embargo, no encontramos, cuando la analizamos, tales impresiones por lo que no podemos admitirla como un conocimiento verdadero. La idea de substancia es, por tanto, una idea construida por la imaginación. Puesto que no tenemos conocimiento sensible que respalde esta idea tenemos que concluir que NO PODEMOS AFIRMAR QUE EXISTAN EN LA NATURALEZA SUBSTANCIAS DE NINGÚN TIPO.
            Lo único que captamos de la realidad es un conjunto de impresiones y es nuestra imaginación la que supone que detrás de todas esas percepciones hay algo que las soporta y que es responsable de nuestra percepción. Por ejemplo, cuando vemos una manzana, la olemos, la cogemos y la saboreamos, únicamente tenemos conocimiento de un conjunto de impresiones simples: ... los colores vivos de la fruta, su olor intenso, su textura suave y sólida y su sabor dulce; hasta aquí llega nuestro conocimiento y a partir de aquí comienza nuestra imaginación: suponemos entonces que detrás de todas esas percepciones simples, hay un objeto, una realidad o, como afirmaba Descartes, una substancia (res), sin embargo afirmar esto es sólo una suposición de nuestra imaginación, por lo que, en rigor, no podemos defender la existencia de substancias de ningún tipo. Lo único que podemos decir que existe son las IMPRESIONES.
            Hay que tener muy en cuenta que Hume no está negando la existencia de substancias, está negando la posibilidad de que nosotros podamos conocer de algún modo algo así como una “substancia”; si existe substancias de algún tipo, no lo sabemos y, en rigor, no lo vamos a saber ya que únicamente podemos conocer “impresiones”, es decir, colores, olores, sonidos, figuras... etc. Aquello que puede ser conocido, el conjunto de impresiones, recibe el nombre de FENÓMENO, por lo tanto la realidad quedará reducida para Hume a una sucesión de fenómenos de los que tenemos experiencia a través de las impresiones (esta tesis humeana recibe el nombre de fenomenismo). Es importante subrayar que nunca podemos acceder a lo que se podría llamar realidad en sí (expresión que en un lenguaje empirista carecería de sentido) porque nuestra relación con la realidad está mediada por las impresiones. En un sentido estricto, no podríamos hablar de las cosas ni de los fenómenos, sino de nuestra impresión de las cosas o de nuestra impresión de los fenómenos. La realidad queda limitada a mi impresión presente de la misma y los recuerdos que pueda tener de impresiones pasadas.

6.2. Crítica de la idea de “Yo”
            Hume va a dirigir una crítica similar a la idea cartesiana de Yo, es decir, a la idea de que existe algo así como una realidad dotada de continuidad y autoconsciente donde se reúnen todas nuestras percepciones. O lo que es lo mismo, que todas nuestras ideas e impresiones forman una conciencia a la que llamamos “Yo”. Y el desarrollo de la crítica va a ser similar que en la crítica de la substancia: ¿existe alguna impresión a la que podamos referir nuestra idea de “Yo”? La respuesta es evidente: NO. LA IDEA DE YO NO LA PODEMOS REDUCIR A NINGUNA IMPRESIÓN SENSIBLE ni a un conjunto de impresiones, luego tampoco podemos defender que exista algo así como un “YO”.
            Después de afirmar esto, la pregunta que nos surge es inevitable: si no somos una mente, una conciencia (o por lo menos no podemos afirmar que lo somos) entonces ¿qué somos? La respuesta que da Hume al respecto es tajante: no podemos ir más allá de las impresiones que tenemos: somos un conjunto de impresiones e ideas, pero no una conciencia. Somos una especie de teatro donde pasan y vuelven a pasar una y otra vez las ideas y las impresiones, pero teniendo en cuenta que este teatro no podemos considerarlo como un edificio estable, sino como un mero pasar y volver a pasar de las impresiones. Pero ocurre que también es la imaginación quién, acostumbrada a referir todos estos pensamientos a “alguien que los piensa” termina por inventar que hay un sujeto que piensa todas estas impresiones e ideas, cuando de ninguna forma podemos saberlo.
Habíamos dicho que Descartes y en general todos los filósofos modernos consideran la mente como una caja llena de ideas, pero una caja que se puede mirar a sí misma (conciencia). Hume, como buen empirista prescinde por completo de la caja y de la “mirada interior” quedándose exclusivamente con las impresiones. Si entendiésemos la conciencia o el yo, como un ojo, los racionalistas dirían que este ojo puede verse a si mismo y por eso afirmar su existencia tajantemente (pienso luego existo); Hume únicamente viene a subrayar que el ojo (la mente) sólo puede ver imágenes (impresiones) pero no puede volverse y mirarse a sí mismo. Pensar que hay un ojo que ve las imágenes sin poder tener conocimiento alguno de ese ojo, es igual de problemático que suponer que detrás de unos pensamientos (impresiones e ideas) hay una mente que piensa sin tener modo alguno de conocer esta mente.
La conclusión que aquí sacamos es semejante a la relativa a la substancia: igual que los objetos no pueden considerarse más allá de un haz de impresiones, el Yo, tampoco podemos afirmarlo más allá de un conjunto de impresiones dispersas. La idea de la existencia de un sujeto, una mente, una conciencia, NO PUEDE SER OBJETO DE CONOCIMIENTO, SINO DE CREENCIA: estamos acostumbrados a creerlo así, por la fuerza de la costumbre, pero esto no es conocimiento fiable y riguroso.
 

6.3. Crítica de la idea de “Mundo”.
            La crítica de la idea de substancia anticipa ya la crítica de la idea de Mundo. Si no podemos suponer que detrás de las impresiones aisladas que tenemos hay cosas, es decir, substancias, entonces, en rigor tampoco podemos afirmar que más allá de nuestras impresiones exista un mundo. Nuestro conocimiento no puede ir más allá de nuestras impresiones sensibles por lo que no podemos suponer que existe algo más allá de ellas. En rigor, para el empirismo de Hume, cualquier intento de conocer alguna realidad extramental es imposible. Descartes pensó que había algunas percepciones, es decir, algunas ideas, que justificaban por sí solas la existencia de algo exterior a la propia mente (es lo que ocurre por ejemplo con la idea de Dios: esta idea exige, según Descartes, la existencia de un ser perfecto, infinito... etc) Hume es esto lo que no acepta de ningún modo: nuestro conocimiento no puede ir más allá de las impresiones y las ideas, y ninguna idea tiene en sí la exigencia de su existencia extramental.
De todas formas, Hume no trata de negar la existencia de realidades extramentales, únicamente señala la imposibilidad de conocerlas. De tal existencia sólo podemos tener una creencia. El origen de esta creencia está en la continuidad y la coherencia de las impresiones externas; la disposición de las impresiones externas es continua en el sentido de que no ocurre, por ejemplo, que cierre los ojos, los vuelva a abrir y las impresiones que tengo cambien por completo. Como la percepción externa siempre se presenta de un modo continuo, sin cortes, la imaginación termina por pensar que estas percepciones no dependen en absoluto de mí, ya que si dependieran, cambiarían según mis estados de ánimo o mi voluntad, y, por tanto, se inventa la existencia de un mundo (que de ninguna forma podemos saber si existe o no). Y es coherente en el sentido de que mi percepción del mundo parece respetar ciertas reglas. Por ejemplo: si contemplo cómo se consumen unos troncos y abandono la habitación durante rato, al volver encuentro que los troncos se han consumido de igual manera, no los encuentro tal y como los dejé. MIS PERCEPCIONES PARECEN RESPETAR CIERTAS REGLAS ESPACIO-TEMPORALES INDEPENDIENTES DE MI. Como las percepciones parecen no depender de mi voluntad, nuestra imaginación termina suponiendo que existe algo exterior a nosotros que produce todas mis percepciones. Pero la existencia de un mundo exterior a nosotros mismos no es más que una FICCIÓN, una SUPOSICIÓN y una CREENCIA que tenemos, en ningún caso un CONOCIMIENTO VERDADERO

6.4 Crítica de la idea de Dios
            Locke y Berkeley (los otros dos grandes empiristas) habían utilizado en principio de causalidad para demostrar la existencia de Dios. Berkeley pone a Dios como causa de todas nuestras percepciones negando que el mundo exista (supone que es Dios quien pone las impresiones en nuestros sentidos en lugar de un mundo exterior a nosotros mismos). Sin embargo Hume no puede defender la existencia de Dios si quiere ser coherente con sus tesis empiristas.
Dios no es una idea que proceda de alguna impresión, es una idea que, pese a que la tenemos, no la podemos remitir a ninguna impresión concreta, luego no es de ningún modo un conocimiento válido.
Tras haber rechazado que podamos conocer a Dios o el mundo exterior, en la filosofía de Hume surge un problema: ¿de dónde proceden nuestras impresiones? Locke, aunque era empirista seguía manteniendo la existencia de un mundo externo, que sería el origen de nuestras impresiones; Berkeley había rechazado la existencia de un mundo exterior y había supuesto que todas las impresiones provienen de Dios. Hume al criticar estas dos ideas (dios y el mundo) se queda sin una fuente para mis impresiones, ni siquiera podrían provenir del propio yo (con lo que Hume estaría defendiendo el solipsismo) puesto que también había rechazado la existencia del YO. ¿De dónde provienen entonces nuestras impresiones? El empirismo de Hume no permite contestar esta pregunta; sólo podemos conocer impresiones y no podemos ir más allá de este conocimiento. Una cosa es segura: tenemos impresiones, de dónde vengan no lo vamos a saber, eso es todo.


7. EL PROBLEMA DE LA CAUSALIDAD
            Al clasificar los elementos del conocimiento en impresiones e ideas Hume sienta las bases del empirismo más radical. Con esta clasificación introduce un método para decidir la validez de nuestras ideas: ¿queremos saber si una idea cualquiera es verdadera? Únicamente debemos comprobar si procede de alguna impresión, en caso contrario estaremos ante una ficción. NUESTROS CONOCIMIENTOS ESTÁN LIMITADOS A LAS IMPRESIONES. Con este método Hume va a derribar uno de los conceptos fundamentales de la ciencia: el concepto de causalidad.

7.1. La relación causal como conexión necesaria.
            ¿Qué es la causalidad? ¿Qué significa la palabra “causa”? Aquello que llamamos “causa” no es una idea, ni siquiera una idea general. No hay nada en común entre las diferentes “cosas” que pueden ser causas. El fuego causa calor, el deporte causa salud, la inflación causa la subida de los tipos de interés. ¿Qué tienen en común el fuego, el deporte y la inflación? Evidentemente NADA. Esto es así porque la causalidad no es un idea sino una RELACIÓN (la relación que existe entre el fuego y el calor, el deporte y la salud, etc)
La causalidad, o la relación causa-efecto, es la afirmación de que todo lo que empieza a existir debe su origen a algo anterior que lo ha producido. Hume lo expresa de la siguiente manera: 'Todo lo que empieza a existir debe tener una causa de su existencia".
            Sin la relación causal nuestro conocimiento quedaría limitado a las impresiones (lo que vemos en este momento) y las ideas (lo que en algún momento ha sido una impresión: recuerdos) pero nada podríamos saber del futuro ya que no podemos tener impresiones de lo que aún no ha sucedido. Sin embargo, en nuestra vida cotidiana actuamos como si tuviéramos conocimientos de multitud de hechos futuros: cuando llueve salimos a la calle con un paraguas dando por supuesto que el agua nos mojará, pero no tenemos conocimiento de ese hecho futuro. Suponemos que el agua es causa necesaria de que nos mojemos.
            Pero ¿qué entendemos por “relación causal”? Hume observa que generalmente entendemos la relación causal como CONEXIÓN NECESARIA ENTRE DOS IMPRESIONES (o hechos). Entendemos que hay ciertos hechos que de manera necesaria llevan a que se produzcan otros tantos: ponemos un cazo en el fuego y el agua se calienta, salimos a la calle lloviendo y nos mojamos, dejamos caer una pelota desde una altura y la pelota cae libremente hasta que llega al suelo. Como la conexión es “supuestamente” necesaria, estamos seguros de ciertos hechos que se producirán en el futuro.


7.2. Crítica de la idea de causalidad o “conexión necesaria”.
            A menudo vemos el fuego y vemos que se calientan los objetos que se aproximan a él, pero no tenemos conocimiento alguno de la conexión necesaria que suponemos que hay entre una y otra impresión. Sin embargo estamos seguros de que el agua nos mojará y que el fuego produce calor, estamos convencidos de que existe una vinculación necesaria entre unos y otros fenómenos.
            ¿Es correcta esa manera de proceder? Analicemos la idea de causalidad y veamos que encontramos en ella. Encontramos, dice Hume, en primer lugar, que NO ES UNA RELACIÓN DE IDEAS ya que de serlo podríamos predecir todas las consecuencias de cualquier fenómeno aunque nunca lo hubiéramos visto con anterioridad, lo cual parece netamente contradictorio con las ciencias experimentales. Adán o Eva, o cualquier otro, podría predecir todo lo que ocurriría con solo mirar una cosa y, además, nunca tendría que experimentar nada: lo sabría todo con solo mirar de frente a la cosa y sería algo así como alguien que tuviera rayos X en su vista y entendimiento. Solo con pensar en la idea de fuego ya sabríamos que produce calor de la misma manera que al pensar en la idea de triángulo sabemos que tiene tres lados. Evidentemente esto no es así. Si la relación causal no es, por tanto, un relación de ideas es, en consecuencia, una CUESTIÓN DE HECHO, donde imperan los dictados de la experiencia y de la observación (es decir, tenemos que atenernos a los hechos, ver como actúan y esperar para hacer afirmaciones de lo que ha ocurrido, no estando nunca autorizados a hablar del futuro puesto que aún no es un hecho y no sabemos cómo actuará).
Analicemos la relación causa-efecto atendiendo exclusivamente a la experiencia que tenemos de tal relación y expongamos las circunstancias que en ella concurren:

A)    CONTIGÜIDAD espacio-temporal; causa y efecto se producen en espacios y tiempos próximos.

B)     PRIORIDAD de lo que se llama como causa es anterior a lo que se llama efecto.

C)    CONJUNCIÓN CONSTANTE, lo que denominamos “causa” y lo que denominamos “efecto” se han sucedido con regularidad en el pasado.

            Esas tres circunstancias son las que han inducido a los hombres a hablar de que la causa y el efecto están conectados necesariamente. Ahora bien, ¿podemos encontrar esa idea de conexión necesaria bien en el objeto que llamamos causa o en el que llamamos efecto, sustentada por alguna impresión sensible? (que sería el modo de proceder del empirista). Ciertamente no. Ni de la contigüidad, ni de la prioridad de la causa ni de la conjunción constante se puede sacar la idea de conexión necesaria: sólo vemos que se produce algo y que al rato se produce otra cosa.
¿Por qué, entonces, valoramos tanto la causalidad y basamos toda nuestra confianza en ella? Aquí Hume nos explica (psicológicamente) lo que ocurre: estamos tan acostumbrados (por experiencias pasadas) a que cuando se produce un determinado fenómeno se produzca un determinado efecto, que cuando vemos producirse a nuestro alrededor algo semejante a lo que ya conocemos, nuestro espíritu se adelanta, por costumbre o hábito, y somos capaces de predecir lo que pasará. Nuestra mente irá por delante de los acontecimientos reales, pero sólo en base al HÁBITO y ni por la razón o por la experiencia. Lo razonable en toda cuestión de hecho sería esperarse y comprobar por la experiencia que así ha sucedido.
Pero nunca actuamos así: por el contrario, nos adelantamos y creemos que podemos hacerlo porque pensamos que hay una vinculación necesaria entre la causa y el efecto, Pero estamos equivocados. No existe tal relación de vinculación necesaria sino sólo una precipitación de nuestra mente fundamentada en nuestros hábitos anteriores. La prueba de que la idea de “conexión necesaria” no tiene justificación es que nos podemos imaginar que otro efecto es posible (nos podemos imaginar que el sol no saldrá mañana o que el agua no hierve a 100º) y todo lo que es posible no es necesario.
            Pero la cosa no termina aquí: ¿por qué tendemos a adelantarnos y vaticinar lo que ocurrirá? (¿Cuántas veces hemos tenido que echarnos marcha atrás en nuestras conclusiones precipitadas acerca del futuro?). Aquí aparece otra idea, tan poco justificada como la de la causalidad. Vamos por delante de los acontecimientos porque estamos absolutamente convencidos de que el futuro va a ser en todo exactamente igual a las experiencias que hemos tenido en el pasado. Esto es, estamos convencidos de la regularidad de la naturaleza.
            ¿Pero de dónde podemos sacar esa conclusión? ¿Qué nos dice que la naturaleza va a mantenerse siempre igual y regular? Nada ni nadie nos puede garantizar cómo vaya a ser el futuro ni, por tanto, que podamos tener confianza alguna en él. ¿Cómo, entonces, podemos hablar de causalidad y de vinculación necesaria entre causa y efecto? Porque, precisamente, si predecimos lo que ocurrirá es porque confiamos que el futuro será igual que ha venido siendo, pero eso precisamente lo aceptamos porque se supone que aceptamos el principio de causalidad, que es justo lo está siendo puesto en tela de juicio. En todo caso, a lo que estamos autorizados en base a la experiencia es a decir que el pasado ha sucedido esto o aquello y que siempre ha sido así. Toda vez que vuelva ocurrir lo mismo, o algo semejante, en el futuro lo que hará será aumentar nuestro grado de confianza y nuestra probabilidad de que la cosa siga ocurriendo del mismo modo, pero nunca llegaremos tener una seguridad absoluta como si fuera una demostración matemática o una prueba lógica (una relación de ideas).
            Que el futuro sea igual al pasado es un principio absolutamente INDEMOSTRABLE, indemostrable experimentalmente por el simple hecho de ser futuro. Aunque al observar un fenómeno constatemos que siempre se produce igual, que no hay contradicciones, esto sólo nos dará una altísima probabilidad con respecto al futuro, pero en ningún caso una seguridad absoluta y, por lo tanto, únicamente será una CREENCIA en que los hechos se vayan a producir en el futuro serán como los que ya han sucedido en el pasado.
Los hechos pueden cambiar sin que haya contradicción en ello y por eso precisamente se han de basar en la experiencia. Esa creencia en el futuro la constituye el mal llamado principio de uniformidad de la naturaleza.
Así pues, lo que resulta más importante para poder establecer la ciencia -el principio de causalidad — carece de fundamento objetivo y sólo se puede justificar psicológicamente.
            La creencia es un principio inverificable, algo gratuito, pero necesario para que la vida funcione. Hume no rechaza que sigamos actuando como lo hemos venido haciendo hasta ahora, pero sí quiere hacernos ver que no existe algo así como un Principio de causalidad. Es, como ya se ha dicho, una creencia que asumimos gratuitamente (pero necesariamente por ser la naturaleza humana como es) en base a ciertos condicionantes (la costumbre, el hábito) naturales y epistemológicos que los hombres tenemos.
 

Resumiendo:
1. La causalidad es una RELACIÓN, no una IDEA.
2. SUPONEMOS que la relación causal expresa una CONEXIÓN NECESARIA.
3. Es preciso acudir a la EXPERIENCIA para determinar si la suposición es correcta o no
4. Lo que la experiencia muestra en una relación causal es: CONTIGÜIDAD, PRIORIDAD DE LA CAUSA Y CONJUNCIÓN CONSTANTE.
5. La experiencia no justifica la existencia de una “conexión necesaria”
6. Confiamos en la causalidad sólo por el HÁBITO Y LA COSTUMBRE.
7. Además estamos convencidos en que LA NATURALEZA ACTÚA UNIFORMEMENTE.
8. Tal principio es INDEMOSTRABLE.
9. Desde la RAZÓN no podemos justificar ni el principio de causalidad ni la uniformidad de la naturaleza.
10.En ambos casos estamos ante una CREENCIA que sólo se puede justificar psicológicamente, pero indemostrable desde la lógica y la razón.

 

 

8. LA CREENCIA COMO GUÍA DE LA VIDA.

            La propuesta de Hume es, en el fondo, una invitación a desistir de la certeza que tanto buscaban los racionalistas. La razón, viene a decirnos Hume, no puede proporcionarnos certezas, a no ser que estemos dispuestos a asumir de un modo acrítico conceptos de dudosa procedencia. El pensamiento del escocés sería, así, una invitación a abandonar la aspiración a un conocimiento seguro y a aceptar que nuestro conocimiento será siempre limitado, probable, con un grado de inseguridad. Hume nos invita, por tanto, a abandonar la razón para vivir según la costumbre, que es, según sus palabras, “la guía de la vida”. La vida cotidiana está dirigida así, por una creencia: la de que la naturaleza se comportará en el futuro del mismo modo que lo ha venido haciendo hasta el presente.

            La razón en nada nos puede ayudar para conocer cuestiones de hecho. Sólo la creencia, que nunca puede acompañarse de certeza, nos hace avanzar cuando nuestro conocimiento se basa en la experiencia. El conocimiento del mundo nunca podrá ser, en consecuencia, racional, seguro, objetivo, cierto. Será siempre empírico, inseguro, subjetivo, incierto o probable. Hume entiende la creencia como un “sentimiento” de tipo particular que acompaña a una percepción y se impone a la mente. Podría valer la siguiente definición: la creencia es un sentimiento que no depende de nuestra voluntad y que nos obliga a percibir un objeto de una manera diferente, anticipándonos al futuro o atribuyendo al objeto propiedades que no son directamente observables. La creencia se basa siempre en un hábito o costumbre mental, en una tendencia a confirmar una idea, acto u operación, sin que la razón pueda intervenir en ningún momento. La repetición de la experiencia acaba logrando que el sujeto se anticipe a la misma, lo cual termina siendo necesario para su supervivencia, pero sin que en esta anticipación exista un fundamento racional. Estas anticipaciones, al repetirse una y otra vez, pueden alcanzar casi la misma intensidad y la misma vivacidad que una impresión. Afortunadamente, diría Hume, nos dejamos llevar por la creencia, somos irracionales, pues si quisiéramos tener una certeza racional de todo lo que hacemos o conocemos quedaríamos condenados a la inactividad, a la pasividad más absoluta. La supervivencia del ser humano está ligada a que éste renuncie a la certeza absoluta en todo lo que hace, a que se deje llevar por un conocimiento limitado, probable, pues según Hume la misma naturaleza nos podría dar dos argumentos (ambos con resonancias biológicas) para actuar de este modo:

            Parece que hubiera una “armonía preestablecida” entre el curso de la naturaleza y el de nuestras ideas. Si las creencias funcionan, es porque, de algún modo, no son tan erróneas, sino que se ajustan, en mayor o menos medida, a la realidad.

            La naturaleza ha logrado que el ser humano piense en términos causales de un modo instintivo. El hombre tiende a pensar según los esquemas causales, y aunque tales esquemas sean racionalmente incorrectos, nos ayudan a sobrevivir. La naturaleza, viene a decir Hume, ha hecho que el hombre se conforme con un conocimiento no estrictamente racional, no absolutamente cierto, pero efectivo.

 

9 CONSECUENCIAS PARA LA CIENCIA

            Para terminar con la teoría del conocimiento, cabe plantear una última pregunta: ¿Qué ocurre con la ciencia? ¿Qué clase de conocimiento es el científico? ¿Es la ciencia verdadera? Este tipo de preocupaciones traspasan las inquietudes de la filosofía de Hume, que no aborda directamente estas cuestiones. Sin embargo, su crítica al razonamiento inductivo y a la idea de causalidad sí que han ejercido una influencia nada despreciable en la filosofía de la ciencia del siglo XX. Por ello, cabría decir que desde las tesis de Hume, las diferentes ciencias quedarían explicadas de este modo:

Las ciencias formales (matemáticas y lógica), se ocupan de relaciones de ideas, y posibilitan por ello construir razonamientos deductivos absolutamente ciertos, con independencia de la experiencia. Sin embargo, Hume entiende que estos razonamientos no dicen nada sobre el mundo, sino que expresan la estructura de nuestro pensamiento. No se trata de que la realidad esté construida según esquemas lógicos o matemáticos, sino que es nuestro pensamiento el que funciona según estas leyes. Las matemáticas y la lógica expresan leyes psicológicas: sencillamente pensamos de esa manera (siguiendo, por ejemplo, el principio de no contradicción) de la misma forma que podríamos pensar de otros modos. No hay una necesidad intrínseca en estas ciencias, sino una necesidad psicológica.

Las ciencias naturales (particularmente la física) tienen como objeto las cuestiones de hecho. En la medida en que estudian la naturaleza, su objeto está sujeto a la contingencia: funciona de un modo, pero podría hacerlo de otros muchos y, lo que es más grave, podría dejar de comportarse tal y como predice la ciencia. Las leyes físicas dejarían de ser necesarias para convertirse en un conocimiento probable. La física sería, de este modo, una ciencia del pasado, de la historia de la naturaleza: puede afirmar cuáles han venido siendo las leyes naturales hasta ahora, pero no es capaz de predecir con una certeza total cuáles serán las leyes del mañana. La predicción queda desterrada de la ciencia, que se reduce a ser un conocimiento probable, quizás el mejor conocimiento de que disponemos en el presente, pero incapaz de asegurar que la naturaleza no modifique en el futuro las leyes fundamentales por las que se rige.

            En cuanto a la metafísica, basta con lo dicho anteriormente. Sencillamente esta disciplina carece de sentido. Sus conceptos no se refieren a impresiones, y el contenido de los mismos está más que cuestionado. La metafísica debe quedar fuera del conocimiento científico.

 En cualquier caso, hay que advertir que Hume fue matizando su postura hasta defender un moderado escepticismo. El objetivo de su filosofía no es dejar al ser humano inerme ante la imposibilidad de fundamentación del conocimiento. Al contrario, afirma la necesidad de ir más allá de esta incertidumbre, incorporándola a la vida cotidiana, y manteniéndonos al margen de una obsesión por un conocimiento cierto que nunca lograremos alcanzar. Para terminar, podemos resumir la teoría de Hume con uno de sus pasajes más conocidos (y también más radicales), que cierra la Investigación:

            “Si procediéramos a revisar las bibliotecas convencidos de estos principios, ¡qué estragos no haríamos! Si cogemos cualquier volumen de Teología o metafísica escolástica, por ejemplo, preguntemos: ¿Contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental acerca de cuestiones de hecho o existencia? No. Tírese entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión.”

 

 

 

 

ANEXO II. COMENTARIO DE TEXTO

 

“Nuestro autor procede a explicar esta manera o sentimiento, que hace a la creencia ser diferente de una concepción vaga. Parece estar percatado de que es imposible describir con palabras este sentimiento, del que cada uno debe ser consciente en su propio corazón. Lo llama a veces una concepción más fuerte, y otras una concepción más vivaz, más vívida, más firme, o más intensa. Y ciertamente, cualquiera que sea el nombre que podamos dar a este sentimiento, que constituye la creencia, nuestro autor piensa que es evidente que ejerce un efecto más vigoroso sobre la mente que la ficción y la mera concepción. Y esto él lo prueba por la influencia de dicho sentimiento sobre las pasiones y sobre la imaginación; las cuales son movidas solamente por la verdad o por lo que es tomado por tal. La poesía, con todo su arte, nunca puede causar una pasión semejante a la experimentada en la vida real. Muestra una deficiencia en la concepción original de sus objetos, a los que nunca siente de la misma manera que aquellos que gobiernan nuestra creencia y nuestra opinión.

Nuestro autor, presumiendo haber probado suficientemente que las ideas a las que asentimos son diferentes, para el sentimiento, de las otras ideas, y que este sentimiento es más firme y vivaz que nuestra concepción común, se esfuerza a continuación por explicar la causa de este sentimiento vivaz mediante una analogía con otros actos de la mente. Su razonamiento parece ser curioso; pero difícilmente podría resultar inteligible, o al menos probable, para el lector, sin la ayuda de una larga digresión, que excedería los límites que me he prescrito a mí mismo.

 

Similarmente, he omitido muchos argumentos, que el autor aduce para probar que la creencia consiste meramente en un sentimiento peculiar. Mencionaré solamente uno; nuestra experiencia pasada no es siempre uniforme. A veces, se sigue un efecto de una causa, y a veces otro: En cuyo caso creemos siempre que existirá aquello que es lo más común. Veo una bola de billar que se mueve hacia otra. No puedo distinguir si se mueve sobre su eje, o fue impulsada para pasar rasando a lo largo de la mesa. En el primer caso, sé que no se detendrá después del choque. En el segundo, puede detenerse. El primero es el más común, y por lo tanto, me dispongo a contar con ese efecto. Pero también concibo el otro efecto, y lo concibo como posible, y como conectado con la causa. Si no fuera una concepción diferente de la otra en el sentimiento, no habría diferencia alguna entre ellas.

En la totalidad de este razonamiento nos hemos confinado a la relación de causa y efecto, tal como se descubre en los movimientos y operaciones de la materia. Pero el mismo razonamiento es extensivo a las operaciones de la mente. Ya sea que consideremos la influencia de la voluntad en el movimiento de nuestro cuerpo, o en el gobierno de nuestro pensamiento, puede afirmarse con seguridad que nunca podríamos predecir el efecto, sin experiencia, partiendo meramente de la consideración de la causa. E incluso después de que tengamos experiencia de estos efectos, es la costumbre solamente, no la razón, la que nos determina a hacer de ella el canon de nuestros futuros juicios. Cuando la causa está presente, la mente, por hábito, inmediatamente pasa a la concepción y creencia del efecto usual. Esta creencia es algo que es diferente de la concepción. Sin embargo, no le añade ninguna nueva idea. Sólo hace que sea sentida de modo diferente, tornándola más fuerte y vívida.”

D. HUME, Un compendio de un tratado de la naturaleza humana

 

II. Cuestiones

Analice el/la alumno/a el significado que tienen en el texto los conceptos de “creencia” y “hábito”.

Explique el/la alumno/a las razones por las que Hume afirma que la creencia “ejerce un efecto más vigoroso sobre la mente que la ficción y la mera concepción”.

II. Redacción:

Ciencia de la naturaleza humana y empirismo en Hume.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANEXO III. EXAMEN

 

Nuestro autor comienza con algunas definiciones. Llama percepción a cualquier cosa que pueda presentarse a la mente, sea que empleemos nuestros sentidos, o que nos impulse la pasión, o que ejercitemos nuestro pensamiento y reflexión. Divide nuestras percepciones en dos géneros, a saber, impresiones e ideas. Cuando sentimos una pasión o emoción de cualquier género, o tenemos las imágenes de objetos externos transmitidas por nuestros sentidos, la percepción de la mente es lo que él llama una impresión, que es una palabra que emplea en un nuevo sentido. Cuando reflexionamos sobre una pasión o un objeto que no está presente, esta percepción es una idea. Impresiones, por lo tanto, son nuestras percepciones vívidas y fuertes; ideas son las más pálidas y débiles. Esta distinción es evidente; tan evidente como la que hay entre sentir y pensar.

La primera proposición que anticipa, es que todas nuestras ideas, o percepciones débiles, son derivadas de nuestras impresiones, o percepciones fuertes y, que nunca podemos pensar en cosa alguna que no hayamos visto fuera de nosotros, o sentido en nuestras propias mentes. Esta proposición parece ser equivalente a aquella que tanto esfuerzo le costó establecer al Sr. Locke, a saber, que no hay ideas innatas. Sólo cabe observar, como una inexactitud de ese famoso filósofo, que comprende todas nuestras percepciones bajo el término de idea, en el cual sentido es falso que no tengamos ideas innatas.

Pues es evidente que nuestras percepciones más fuertes, o impresiones, son innatas, y que la afección natural, el amor a la virtud, el resentimiento, y todas las demás pasiones, surgen inmediatamente de la naturaleza. Estoy persuadido de que quienquiera que considerase la cuestión a esta luz, sería fácilmente capaz de reconciliar todas las partes. El Padre Malebranche se encontraría en un atolladero para señalar un pensamiento de la mente que no representase algo antecedentemente sentido por ella, o bien internamente, o por medio de los sentidos externos; y tendría que admitir que aun cuando podamos componer, y mezclar, y aumentar, y disminuir nuestras ideas, todas ellas son derivadas de estas fuentes. El Sr. Locke, por otra parte, reconocería fácilmente que todas nuestras pasiones son un género de instintos naturales, no derivadas sino de la constitución original de la mente humana.

uestro autor piensa,«que ningún descubrimiento podría haberse hecho más felizmente para decidir todas las controversias relativas a las ideas que éste: que las impresiones son siempre los precedentes de ellas, y que toda idea con que sea equipada la imaginación, hace primeramente su aparición en una correspondiente impresión. Estas últimas percepciones son todas tan claras y evidentes, que no admiten controversia; si bien muchas de nuestras ideas son tan oscuras, que es casi imposible incluso para la mente, que las forma, decir exactamente su naturaleza y composición». De acuerdo con ello, cuando una idea es ambigua, nuestro autor apela siempre al recurso a la impresión, que ha de tornarla clara y precisa. Y cuando sospecha que un término filosófico no tiene idea alguna aneja a él (como es harto común) pregunta siempre ¿de qué impresión se deriva esta idea? Y si no puede aducir impresión alguna, concluye que el término carece de significado. De esta manera es como examina nuestra idea de sustancia y esencia; y sería de desear que este riguroso método fuera más practicado en todos los debates filosóficos.

D. HUME, Compendio de un tratado de la naturaleza humana

I. Cuestiones

  1. Analice el alumno el significado que tienen en el texto los conceptos de "percepción", "impresiones" e "ideas"
  2. Explique el alumno las razones en las que se basa Hume para decir que "toda idea con que sea equipada la imaginación, hace primeramente su aparición en una correspondiente impresión"

II. Redacción:

Empirismo y causalidad en Hume.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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