Teoría Sócrates
ANEXO I. TEORÍA
En el siglo V a.c. la filosofía va a tomar un cariz diferente a cómo había sido hasta entonces; la mayoría de los filósofos presocráticos se preguntaban fundamentalmente por la naturaleza, se preguntaban cuestiones tales como ¿cuál es el origen de la naturaleza?, ¿de qué está hecha la naturaleza? O ¿cómo se explica el cambio en la naturaleza? Ahora los nuevos filósofos van a preguntarse cosas relativas al hombre, cosas como ¿qué es lo que está bien y mal?, ¿cómo convertirse en un hombre feliz y virtuoso? O ¿cuál es el mejor sistema político? Puede decirse que los sofistas dan comienzo al humanismo filosófico.
1. SITUACIÓN POLÍTICA DE LA POLIS
Durante el siglo V a.c triunfa la democracia en Atenas, y esta ciudad se va a convertir en la más importante e influyente de toda Grecia. No sólo se va a convertir en la ciudad más influyente políticamente de Grecia, sino que se va a erigir como el centro de la filosofía a nivel mundial y durante muchos siglos. Hasta entonces la filosofía se había desarrollado fundamentalmente en las colonias (en Italia y Jonia). A mediados del siglo V Atenas bajo el mandato de Pericles va a adoptar la democracia como forma de gobierno, y va a ponerse a la cabeza de la Liga de Delos, una coalición de muchas ciudades griegas para luchar contra los persas. Al convertirse Atenas en el centro político y cultural de Grecia muchos de los intelectuales griegos, entre ellos los sofistas, van a viajar a Atenas.
Para entender la importancia de los sofistas en la Atenas de Pericles y, también, más tarde en la Atenas de Platón, hay que entender el significado profundo de la democracia ateniense. La Grecia arcaica era una sociedad fundamentalmente guerrera; el modelo de hombre del que se alimenta esta sociedad es el de aristócrata valiente, arrojado, fuerte, valeroso en el combate, como podrían ser Aquiles o Ulises, dos héroes de la guerra de Troya. Pero en la sociedad democrática ateniense surge una nueva virtud, por encima incluso de la valentía o el arrojo en la batalla: el dominio de la palabra. Lo importante en la nueva democracia ya no es saberse poner el primero al frente de un ejército sino ser capaz de hablar en la asamblea con convicción. Si antes, un griego se hacía digno de admiración por sus hazañas bélicas, ahora a esto hay que añadirle hacerse admirar por los logros en la asamblea. Aquí es donde hay que enmarcar a los sofistas; éstos van a ser “maestros de virtud”, van a enseñar a los jóvenes atenienses, ávidos por hacerse valer, a hablar en la plaza pública, a persuadir, y defender sus argumentos frente a los demás.
2. LOS SOFISTAS
Son, en su mayoría, extranjeros llegados a Atenas, muy cultos y conocedores, por sus viajes, de las formas de vivir y de pensar de los demás griegos. Sus nuevas ideas despiertan entusiasmo en los jóvenes y fuerte oposición entre los de mentalidad más tradicional. Sofista (sophistés) fue primero sinónimo de sabio (sophós). Pero después, por influencia de Platón, adquirió el sentido peyorativo de embaucador hábil y mentiroso.
Los sofistas eran fundamentalmente maestros de Virtud (areté): enseñaban a ser virtuosos para mantener una buena posición social en la ciudad. Fueron educadores a sueldo de los jóvenes «bien» de la ciudad. Enseñaban fundamentalmente oratoria, un arte que les servía a los que les contrataban para adquirir relevancia y elocuencia pública en los tribunales o en la asamblea. No se preguntaban, en general por consideraciones de tipo metafísico (por el origen del mundo o la constitución de la realidad), sino por cuestiones que eran importantes generalmente para la convivencia en la ciudad. Se preguntaban por la educación de los jóvenes, por la justicia, por las leyes de la ciudad... etc. Por cómo alcanzar la virtud.
Durante el desarrollo de la democracia ateniense y las demás democracias griegas, los sofistas eran los encargados de educar a la juventud griega. En Grecia, hasta la fundación de la Academia por Platón, no existía algo así como una escuela; en la antigüedad griega eran los poetas quienes se encargaban de difundir los conocimientos a través de sus poemas mitológicos. La educación griega era una educación “clasista”, sólo podían estudiar aquellos que se lo podían permitir, además la educación estaba restringida a las mujeres. A partir del siglo V, van a ser los sofistas los encargados de educar. Pero lo van a hacer cobrando salario, eran contratados por las familias adineradas para que educasen a los miembros más jóvenes y les enseñaran todo lo necesario para alcanzar el éxito en la Polis: retórica, oratoria, poesía, música (gramatiqués, aristés, paidotribes). Por esta razón, una de las ideas más importantes de la sofística va a ser la de que LA VIRTUD SE APRENDE, es decir, que el hombre virtuoso no nace, sino que se hace a través de la educación. Esto contrasta claramente con el pensamiento arcaico griego reflejado en la mitología; para los antiguos griegos la virtud era algo que daba la estirpe a la que uno pertenecía y coincidía con las familias nobles, plagadas de antepasados heroicos.
Los sofistas eran viajeros incansables y, después de recorrer innumerables países se dieron cuenta de que lo que en una ciudad se consideraba bien, en otra ciudad se consideraba un mal. Esto les llevó a relativizar las leyes humanas y separarlas de las leyes naturales; para ellos, las leyes humanas eran relativas y convencionales, no tenían un origen divino, sino que eran promulgadas por los hombres y estaban expuestas evidentemente al error. Pero su consideración del conocimiento como “relativo” terminó por llevarles a posiciones extremas, llegando a defender la absoluta convencionalidad de cuestiones tales como el BIEN o la JUSTICIA. Creían que el bien o la justicia lo eran dependiendo de para quién y como esto era así, defendían el que cada uno siguiera su propio interés, pasando incluso por encima de los intereses de la ciudad (relativismo moral). Consideraban que no hay posiciones “verdaderas”, sino que toda posición depende de cada hombre y de la cultura a la que pertenece cada hombre. Desde este punto de vista preguntarse por la naturaleza desde una postura absoluta es absurdo ya que la respuesta dependería de cada hombre. Esto está ejemplificado perfectamente en la afirmación que hace PROTÁGORAS: “el hombre es la medida de todas las cosas”.
2.1. Principales Sofistas.
Protágoras (481-401)
Natural de Abdera (paisano de Demócrito), se hizo famoso en Atenas, pero tuvo que escapar a Sicilia acusado de ateísmo y blasfemia. Respecto a los dioses afirmaba que «no es posible saber si existen, ni cuál es su forma ni su naturaleza». Y pensaba que la vida era muy breve para afrontar con éxito un problema tan oscuro. Se metió también contra los usos y ritos religiosos, y quizás por eso le consideraron peligroso.
Es fundamentalmente un maestro de retórica: enseñaba a defender una tesis y la contraria con igual fuerza según fuera el interés que tuviéramos. Estaba convencido del poder de la retórica hasta tal punto que demostraba cómo era posible hacer creíble cualquier tesis por muy injusta que fuese.
Es un profundo relativista; pensaba realmente que no podemos hablar de verdades absolutas ya que lo que sea verdad para un hombre podía ser una mentira para otro; de igual modo ocurría con el bien o la belleza, lo que le parecía bueno y bello a un hombre, podía parecerle feo y malo a otro con el mismo grado de razón tanto en uno como en otro. Este pensamiento lo resumía en una frase: «el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son».
Defendía también el relativismo cultural: cada pueblo tiene costumbres y leyes diferentes, y cree que las suyas son las mejores. La ley, por tanto, no es algo basado en la naturaleza, sino invención de los legisladores. Existe por convención, y es siempre modificable; lo que en una ciudad puede parecer bueno, en otra ciudad puede parecer malo.
Gorgias (483-374)
Natural de Leontinos (Sicilia), pronto abandonó la filosofía para dedicarse a la oratoria. Era mucho más radical que Protágoras en la defensa de la retórica; consideraba que era un arte del que había que valerse para conseguir los propósitos de cada uno sin tener que incomodarse por “la verdad”. Consideraba al lenguaje como un mero instrumento que podía ser puesto al servicio de los intereses particulares, tal actitud será duramente criticada por Sócrates y Platón, los cuales consideraban que el lenguaje debía ser un medio al servicio de la Verdad, con la finalidad última de alcanzar definiciones objetivas.
Extiende su relativismo a la ética. Por eso piensa que la seducción, la ilusión y el engaño quedan justificados en la oratoria y en el teatro: actor y orador han de ser maestros de seducción. Más que un relativista, como Protágoras, es un auténtico Nihilista. Sobre este nihilismo construye su retórica. En su tratado Acerca de la naturaleza o del no-ser, afirma:
Nada existe;
Si existiera algo, no podría ser conocido;
Si pudiera ser conocido, no podría ser comunicado ni explicado a los demás.
Hipias de Elis (auténtica enciclopedia andante)
Consideró la ley convencional y, además, contraria a la naturaleza. Defendió la autonomía y autarquía del individuo y su derecho a rebelarse contra las leyes, porque siempre oprimen a los más débiles. Recomendaba una vuelta a la naturaleza, pues la vida en sociedad va contra la naturaleza.
3. SÓCRATES (469-399 a.C.)
Era ateniense, hijo de escultor y de comadrona. Vivió de las rentas, callejeando. Estaba enamorado de la vida en la ciudad: Nada me enseñan los árboles y las flores, sino los hombres en la ciudad. Sólo abandonó la ciudad de Atenas para defenderla en la guerra. Se dedicaba a dialogar con sus conciudadanos; se consideraba a sí mismo un tábano que aguijonea a los demás para que se interroguen a sí mismos sobre lo que hacen y lo que creen. No escribió nada porque prefería la palabra viva: Pues la escritura, que en esto se parece a la pintura, tiene de grave que sus obras están presentes ante ti como si fueran personas; pero si las interrogas, callan majestuosamente. Así sucede con los discursos escritos. Sócrates vivió su vida en constante búsqueda de la verdad, y en esa búsqueda la escritura carecía de sentido. El hecho de que no escribiera nada hace especialmente difícil establecer exactamente la figura y el pensamiento de Sócrates, que sólo conocemos a través de otras fuentes que nos presentan a Sócrates desde diferentes puntos de vista acerca de su figura.
3.1. Concepciones de la figura de Sócrates desde el punto de vista de diferentes autores (textos)
a) Aristófanes
“Fidípides. ¿Qué me pides que haga?.
Estrepsíades. Cambia lo más pronto posible de conducta, y aprende lo que te indicaré. (...)¿Ves esta puertecita y esta casita?
Fidípides . Las veo. !Y bien! ¿Qué es ello? Dímelo, padre.
Estrepsíades. Es una escuela de almas sabias. (...) Pagando, enseñan a ganar todas las causas, buenas o malas.
Fidípides . ¿Quiénes son?
Estrepsíades. No conozco bien sus nombres. Trátase de soñadores laboriosos, buena gente y honrada.
Fidípides . !Bah! Di antes que son unos miserables. Los conozco. Te refieres a esos charlatanes de rostros amarillos, pordioseros como ese pobre petate de Sócrates, entre otros, y también Querofón.(...)
Estrepsíades. Ve allí te lo suplico. (...) Ve a instruirte en su escuela.
Fidípides. ¿Qué quieres que aprenda allí?
Estrepsíades. Se dice que dominan a la perfección los dos razonamientos: el bueno, que de poco puede servirme, y el malo. De los dos, el malo gana, según se asegura, las causas más injustas. Si logras enseñarme ese razonamiento injusto, podré conseguir la manera de no devolver un solo óbolo a nadie de todas las deudas que por tu causa he contraído.(...)
Estrepsíades. La caída ha sido ruda, pero no me quedaré en el suelo. Invocaré a los dioses, e iré yo mismo a tomar esas lecciones en dicha escuela. Pero, ¿cómo, a mi edad, tan olvidadizo como soy y tan lento de espíritu, podré aprender esos razonamientos puntiagudos y sutiles? Sin embargo, debo hacerlo. Al punto en que me encuentro, ¿por qué dudar más en vez de llamar a la puerta?... !Esclavo! !Esclavo!
El discípulo. !Vete al diablo! ¿Quién llama a la puerta?.
Estrepsíades. Soy Estrepsíades, el hijo de Fidón, del demo de Cicinno.
El Discípulo. !Campesino habías de ser para venir así brutalmente, sin la menor sombra de reflexión, a golpear en esta puerta y hacerme abortar una idea que ya tenía!
Estrepsíades. Perdóname. Me he criado en los campos lejos de aquí. Pero háblame de esa cosa que ha abortado.
El Discípulo. Sólo me está permitido decirla a los iniciados.
Estrepsíades. Puedes hablar con toda confianza, pues tal como me ves, vengo como discípulo a vuestra escuela.
El Discípulo. Te la voy a decir. Pero debes pensar que todo ello no son sino misterios: Sócrates preguntaba hace un momento a Querofón cuántas veces una pulga saltaba una distancia igual a la longitud de sus patas. Ello vino a propósito de una pulga que, habiendo mordido a Querofón en la ceja, había saltado a la cabeza de Sócrates.
Estrepsíades. ¿Qué hizo para medirla?
El Discípulo. Fundió muy ingeniosamente un trozo de cera, cogió con mucho cuidado la pulga y hundió sus patas en el baño. Luego, cuando la cera al enfriarse le hizo unos zapatos pérsicos, la descalzó y se sirvió de ellos para medir el espacio.
Estrepsíades. !Júpiter poderoso! !Qué sutileza de espíritu!
El Discípulo. ¿Qué me dirías entonces si te contara otro descubrimiento de Sócrates?
Estrepsíades. ¿Cuál? Dímelo, por favor.
El Discípulo. Querefón de Esfeta le preguntaba su opinión sobre el siguiente caso: si los mosquitos zumbaban por la boca o por el trasero.
Estrepsíades. ¿Qué dijo él?
El Discípulo. Dijo que el mosquito tiene el intestino estrecho, y que siendo su paso muy pequeño, el aire no puede circular sin dificultad, dirigiéndose entonces derechamente hacia el trasero. Entonces, al encontrar en la salida de un estrecho conducto, la concavidad del trasero, escápase de allí un zumbido ruidoso.
Estrepsíades. Así, pues el trasero de los mosquitos es una trompeta. !Oh tres veces dichoso Sócrates, por su penetración intestinal! !Cómo debe esquivar cómodamente una condena, aquel que conoce a fondo el intestino del mosquito. El Discípulo. Últimamente un lagarto hízole perder una gran idea.”
b) Platón. Fue discípulo de Sócrates durante años. Buena parte de los diálogos platónicos tienen a Sócrates como protagonista, y se considera que reflejan fielmente al maestro.
Sócrates. (...) Yo, Cebes, cuando era joven -comenzó Sócrates-, deseé extraordinariamente ese saber que llaman investigación de la naturaleza. Parecíame espléndido, en efecto, conocer las causas de cada cosa, el porqué se destruye y el porqué es cada cosa. (...) ¿acaso es cuando lo caliente y lo frío alcanzan una especie de putrefacción[1][1] (...)? (...) acabé por juzgarme (...) exento de dotes para esta investigación (...) quedé cegado por esa investigación (...)
(...) Estoy lejos de creer, !por Zeus! (...) que conozco la causa de ninguna de estas cosas (...) una vez oí decir a alguien (...) que es la mente la que pone todo en orden y la causa de todas las cosas[2][2]. Regocijéme con esta causa (...) si eso era así, la mente ordenaría y colocaría todas y cada una de las cosas allí donde mejor estuvieran (...) pensé que había encontrado en Anaxágoras a un maestro de la causa de los seres de acuerdo con mi deseo (...) con gran diligencia cogí los libros y los leí lo más rápidamente que pude. Más mi maravillosa esperanza, !oh compañero!, la abandoné una vez que, avanzando en la lectura, vi que mi hombre no usaba para nada la mente, ni le imputaba ninguna causa en lo referente a la ordenación de las cosas, sino que las causas las asigna al aire, al éter y a otras muchas cosas extrañas. (...) Llamar causas a cosas de aquel tipo es excesivamente extraño. (...)
(...) Pues bien -dijo Sócrates-: después de esto, y una vez que me había cansado de investigar las cosas, creí que debía prevenirme de que no me ocurriera lo que les pasa a los que contemplan y examinan al sol durante el eclipse. En efecto, hay algunos que pierden la vista si no contemplan la imagen del astro en el agua o en algún otro objeto similar. Tal fue, más o menos, lo que yo pensé, y se apoderó de mi el temor de quedarme completamente ciego de alma si miraba a las cosas con los ojos y pretendía alcanzarlas con cada uno de los sentidos. Así, pues, me pareció que era menester refugiarme en los conceptos y contemplar en aquellos la verdad de las cosas. (...) Platón. Fedón. 95c-100a).
Alcibíades. El elogio de Sócrates, señores, lo intentaré hacer en esta forma: mediante símiles. (...) es sumamente parecido a esos silenos que hay en los talleres de los escultores (...) y que al abrirlos en dos se ve que tienen en su interior estatuillas de dioses. (...) además (...) se parece al sátiro Marsias (...) mucho más maravilloso que Marsias, porque este se servía de instrumentos para fascinar a los hombres (...) Las melodías de éste (...) son las únicas que le hacen a uno quedar arrebatado (...) Tú difieres de él tan solo en que sin instrumentos, con tus simples palabras, consigues el mismo efecto. (...) cuando escuchamos a otro, por muy buen orador que sea (...) ninguno sentimos, por decirlo así, preocupación alguna. En cambio, cuando se te escucha a ti o a otro contar tus palabras (...) quedamos transportados de estupor y arrebatados por ellas. (...) Cuando le escucho, mi corazón da mucho más brincos que el de los Coribantes (...) y veo que a muchísimos otros les sucede lo mismo. En cambio, cuando escuchaba a Pericles y a otros buenos oradores, estimaba que hablaban bien, pero jamás me pasó nada semejante, ni se turbaba mi alma, ni se irritaba ante la idea de que me encontraba en situación de esclavitud; pero por efecto de este Marsias (...) he atravesado por una crisis tal, que estimaba que me era insoportable vivir, llevando la vida que llevo. (...) A la fuerza, pues, como si me apartara de las sirenas, contengo mis oídos y me escapo huyendo, para que no me sorprenda la vejez allí, sentado a su lado. Y tan solo ante este hombre he experimentado algo que no se creería que pueda haber en mí: el sentir vergüenza ante alguien. El caso es que yo la siento únicamente en su presencia, pues estoy consciente de que no puedo negarle que no se debe hacer lo que él ordena.... pero una vez que me voy de su lado, sucumbo a los honores que me tributa la muchedumbre. (...)
(...) yo he sido picado por algo que causa todavía más dolor, y ello en la parte más sensible al dolor de aquellas en las que uno puede ser picado: el corazón o el alma, o como se deba llamar eso. Ahí he recibido la herida y el mordisco de los discursos filosóficos, que son más crueles que una víbora, cuando se apoderan de un alma joven no exenta de dotes naturales y le obligan a hacer o decir cualquier cosa. (...)
(...) si se los ve cuando están abiertos y se penetra en su interior, se descubrirá (...) que son los únicos discursos que tienen sentido y después que son enteramente divinos y contienen en sí mismos un número grandísimo de imágenes de virtud y que se extienden al mayor número de cosas o, mejor dicho, a todo aquello que le atañe examinar al que tenga la intención de hacerse honrado y bueno. (....) Platón. El Banquete. (214e-22c).
No sé, atenienses, que impresión ha dejado en vosotros las palabras de mis acusadores, más de mí si puedo decir que, al oírlas, me ha faltado poco para olvidarme de mi propia persona: tal era el poder de persuasión de las mismas. Sin embargo, tocante a la verdad, nada han dicho (...) Y entre las muchas mentiras (...) hay una que me ha causado especial maravilla (...) aquella (...) en que se afirmaba que debéis estar prevenidos para no ser embaucados por mí, ya que, según ellos, soy un hábil orador (...) a no ser que llamen hábil orador al que dice la verdad (...) de mis labios vais a escuchar toda la verdad. Y no será (...) un elegante discurso (...) adornado con bellas frases (...) me expreso en términos iguales a los que suelo emplear en la plaza (...) haced caso omiso de mi modo de hablar (...) y examinad (...) si mis palabras se avienen con la justicia o no se avienen, (...)Platón. Defensa de Sócrates. (18a)
(...) no cesaré de filosofar, de exhortaros y de hacer demostraciones (...) y así, seguiré diciendo: “Hombres de Atenas, (...) no te avergüenzas de afanarte por aumentar tus riquezas (...) tu fama y honores, y, en cambio, no cuidarte ni inquietarte por la sabiduría y la verdad, y porque tu alma sea lo mejor posible (...) haré preguntas (...) examinaré (...) pediré cuentas (...) Este será mi modo de obrar con todo aquel con quien yo tope, sea joven o viejo, extranjero o ateniense, (...) no debéis cuidaros de vuestro cuerpo ni de la fortuna (...) como (...) de vuestra alma (...) Platón. Defensa de Sócrates. (29e).
Sócrates. Ahora, pues, !oh excelentísimo varón!, puesto que tú has comenzado ya a tomar parte en las actividades gubernamentales de la ciudad, y me invitas a hacer lo mismo y me censuras que no lo esté haciendo, ¿verdad que habremos de examinarnos mutuamente? Ea, pues. Dime: ¿Calicles has hecho ya mejor a alguno de sus conciudadanos? ¿Hay alguien que, habiendo sido antes malvado, injusto, intemperante e insensato, se haya convertido en hombre honesto merced a Calicles, sea extranjero o ciudadano de Atenas, esclavo o libre? Dime: si alguien te hace esa pregunta, ¿qué responderás Calicles? ¿A qué hombres dirás haber hecho mejor gracias a tu trato? ¿Cómo no te atreves a responder si realmente tienes en tu haber alguna obra de ese género de cuando aún eras un particular, antes de iniciar tu acción política? (...) te hago esta pregunta (...) por verdadero deseo de saber de qué manera crees tú que deben ejercerse las funciones de gobierno (...) ¿Tal vez te ocuparás (...) de algo que no sea procurar que los ciudadanos seamos los mejores posibles? (...) Pues bien: si es eso lo que un hombre de bien debe procurar a su ciudad, vuelve ahora tu memoria hacia aquellos hombres sobre los cuales hablabas hace un momento, y dime si te sigue pareciendo que han sido buenos ciudadanos Pericles, Cimón, Milcíades y Temístocles. (...)
(...) no sabemos que en esta ciudad haya habido ningún buen político. (...) Calicles (...) alabas a unos hombres que han regalado a los atenienses obsequiándoles con todo lo que apetecían, y de ahí que digan que esos hombres han hecho grande a la ciudad y, en cambio, no adviertan que a causa de aquellos políticos está pútrida y tumefacta. Y es que haciendo caso omiso de la moderación y de la justicia, han llenado la ciudad de puertos, arsenales, murallas, tributos y otras fruslerías semejantes. (...) Seguramente ocurre con cuanto se jactan de ser políticos lo mismo que con los sofistas (...) (que) afirman ser maestros de la virtud (...) ¿Crees que hay gran diferencia entre estos y aquellos? (...)
(...) ¿hacia cuál de esos dos modos de dedicar cuidados a la ciudad tratas de moverme? (...) ¿Debo luchar a brazo partido con los atenienses para conseguir que sean los mejores posibles, asumiendo el papel equivalente de un médico? ¿O tal vez deberé adoptar una actitud servil y dedicarme a halagarlos? (...)
(...) Yo creo ser uno de los pocos atenienses, por no decir el único, que tiene su mente puesta en el verdadero arte político, y el único que hoy ejerce la verdadera política. Así, pues, como los discursos que pronuncio cuando quiera que sea no tratan de halagar, sino de procurar el mayor bien (...) Platón. Gorgias. 482b-527e.
c) Aristóteles, que no conoció a Sócrates, pero que supo valorar la aportación de Sócrates a la filosofía.
“Sócrates se limitó al estudio de las virtudes morales y fue el primero que buscó una definición general de ellas. (...) Sócrates buscaba la esencia, ya que trataba de hacer silogismos, y el principio del silogismo es la esencia. (...) Así pues con toda razón puede atribuirse a Sócrates el descubrimiento de las dos cosas siguientes: los discursos inductivos y la definición general cosas ambas que conciernen al punto de partida de la ciencia. Pero Sócrates no concedía una existencia separada ni a los universales ni a las definiciones. Ellos [los Platónicos] las separaron y dieron a estas realidades el nombre de ideas. (...)” Aristóteles. Metafísica, Xlll, 4 y 5. (R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos: edad antigua, Herder, Barcelona 1982, 5ª. ed., p.78-81).
“(...) Platón (...) desde su juventud, se había familiarizado con Cratilo, su primer maestro, y (...) partidario de la opinión de Heráclito (...) Por otra parte, discípulo de Sócrates, cuyos trabajos no abrazaron ciertamente más que la moral y de ninguna manera el conjunto de la naturaleza, (...) Platón, heredero de su doctrina, habituado a la indagación de lo general, creyó que sus definiciones debían recaer sobre otros seres que los seres sensibles, porque ¿cómo dar una definición común de los objetos sensibles que mudan continuamente? Estos seres los llamó Ideas, añadiendo que los objetos sensibles están fuera de las ideas, y reciben de ellas su nombre (...)” Aristóteles. Met. L.1. cap.VI.
d) Nietzsche
427. La aparición de los filósofos griegos desde Sócrates es un síntoma de decadencia; los instintos antihelénicos toman la supremacía...(...) Los sofistas eran griegos; cuando Sócrates y Platón tomaron el partido de la justicia eran judíos o yo no sé qué. (...)
(...) Echar por delante la demostración como condición del valor personal en la virtud es simplemente la disolución de los instintos griegos. Ellos mismos son tipos de descomposición, todos esos grandes virtuosos, todos esos grandes fabricantes de palabras. (...)
(...) En la práctica esto significa que los juicios morales han perdido el carácter condicionado de donde salieron y que les daba un solo sentido; se les ha desarraigado de su suelo griego político para desnaturalizarlos bajo la apariencia de la sublimación. Las grandes concepciones «bueno»r «justo», están separadas de las primeras condiciones de que forman parte; bajo la forma de «ideas», que se han hecho libres, son objetos de la dialéctica. Detrás de ellas se oculta una verdad, se las considera como entidades o como signos de entidades; se inventa un mundo en el que están como en su casa, un mundo del que proceden. (...) En resumen: el escándalo ha alcanzado su colmo en Platón. (...)
(...) Sócrates
431. Este cambio del gusto en favor de la dialéctica es un gran signo de interrogación; ¿que sucedió realmente? Sócrates, el que lo realizó, llegó a vencer un gusto principesco, el gusto de lo noble: el pueblo venció por medio de la dialéctica. Antes de Sócrates la buena sociedad rechazaba la dialéctica; se creía que ella nos hacía vulnerables; se prevenía a la juventud contra ella. ¿A qué este aparato de razonamientos? Contra los demás se tiene la autoridad. Se manda esto y basta. Entre sí, interpares, se tiene la tradición, aun sin la autoridad; y, en último término, se «comprenden». No quedaba lugar para la dialéctica. También se desconfiaba de aquella facilidad para encontrar argumentos. Las cosas honestas no tenían su razón tan a mano. Es algo indecente mostrar los cinco dedos de la mano. Lo que se puede demostrar tiene poco valor. Se desconfía de la dialéctica y el instinto de todos los oradores de todos los partidos sabe que es poco persuasiva. Nada es más fácil de destruir que un efecto dialéctico. La dialéctica sólo puede ser un arma de defensa. Hay que estar en un apuro, se tiene que ver pisoteado el propio derecho; antes no hay que hacer uso de ella. Los judíos eran por eso dialécticos; el zorro lo es, Sócrates lo fue. Se tiene en la mano, con ella, un instrumento despiadado. Se puede tiranizar con ella. Quien vence queda indefenso. Se abandona a su víctima la prueba de que no se es un idiota. Se exaspera a la gente permaneciendo fríos como la razón vencedora; se despotencializa la inteligencia de sus adversarios. La ironía del dialéctico es una forma de la venganza popular: los oprimidos tienen su ferocidad en la fría punta de acero del silogismo.
Para Platón, como hombre de excesiva sensibilidad y de fantasía, el encanto del concepto fue tan grande que divinizó y reverenció involuntariamente el concepto como forma ideal. La embriaguez dialéctica, como conciencia de adquirir por ella un señorío sobre sí mismo, como instrumento de la voluntad de poderío. (...)La voluntad de poder, texto de Textos de los grandes filósofos: edad contemporánea, Herder, Barcelona 1990, p.82-88.
Sócrates sufrió un proceso judicial por corruptor de la juventud y por impiedad (seguramente, meras excusas para la iniquidad de sus enemigos) en el que fue condenado a muerte. Tomó la cicuta, rehusando la huida que le habían preparado sus amigos. Este episodio fue narrado magistralmente por Platón, dolido para siempre con la democracia ateniense por la muerte de su maestro.
La figura de Sócrates no deja de ser polémica; para muchos de sus contemporáneos Sócrates es un sofista más y, lo cierto es que comparte con ellos muchos de sus rasgos: no estaba interesado en el estudio de la naturaleza y se ocupaba únicamente de cuestiones relativas al hombre y a la ciudad y coincidía con ellos fundamentalmente en considerar la virtud como algo que se puede aprender mediante la educación. Pero había algo que le diferenciaba claramente de sus contemporáneos sofistas: ellos enseñaban a adquirir prestigio en la ciudad a través de la retórica y cobraban por ello, Sócrates enseñaba a ser feliz y convertirse en un buen ciudadano, pero no cobraba por ello.
Cada época se ha hecho una imagen de Sócrates. La tradición cristiana lo consideró un cristiano antes de Cristo. En el Renacimiento Erasmo de Rotterdam proclama: Sancte Socrates, ora pro nobis. La visión más negativa es la de Nietzsche, para quien Sócrates representa el resentimiento, la obsesión de la lucidez y de la preocupación moral contra la despreocupación y la espontaneidad del que acepta la vida incondicionalmente, sin valoraciones morales.
3.2. Concepción socrática del hombre virtuoso
Frente a los Sofistas que enseñaban a utilizar todos los medios al alcance de uno para conseguir sus objetivos, Sócrates está convencido que no hay ningún tipo de felicidad en el mal y que, si uno quiere ser realmente feliz la única forma es convertirse en un hombre virtuoso, es decir, un hombre justo y bueno. La virtud no consiste en acumular riquezas y éxitos profesionales, como vendían los sofistas, la virtud consiste en lograr un alma bella, justa y buena.
Los sofistas defendían que ideas como la justicia o el bien eran relativas a quien las pensara: lo que es justo para unos es injusto para otros. Sócrates está completamente en contra de esta opinión; para él lo que es justo es justo independientemente de quién lo defienda y con la injusticia ocurre lo mismo. El resultado de esta opinión había sido la degradación de la vida política de la ciudad: los sofistas terminaron no enseñando virtud a los jóvenes atenienses, no trataban de que se hicieran mejores, sino que les enseñaban a utilizar armas dialécticas para conseguir fama y dinero. Sócrates está completamente en contra del relativismo sofista: la justicia no puede depender de quién la piense, la justicia es una virtud, como puede ser la bondad, la valentía o la moderación. Lo que está bien, lo está bien para todos los hombres y lo que es justo es justo para todos los hombres. Sócrates está convencido de que todos los hombres llevan escrito en su alma la misma noción de visión de justicia y de bondad, sólo hace falta enseñarles a mirar dentro de ellos. El problema es cómo, porque para convertirse en un hombre virtuoso y feliz es imprescindible hallar esta virtud en nuestro interior.
Para Sócrates cada hombre es fundamentalmente su alma; el alma es lo que nos distingue de los demás animales y lo que nos hace humanos. Pero ¿qué entiende Sócrates por “alma”?. Sócrates entiende que el alma es nuestra RAZÓN, nuestra capacidad de pensamiento. Por tanto es mediante el uso de la razón como los hombres podemos hacernos virtuosos, encontrar la bondad, la justicia o la belleza. La razón y el pensamiento es igual en todos los hombres y, por tanto, estas verdades y el acceso a ellas será la misma para todos los hombres.
Según Sócrates, el hombre solamente puede llegar a ser feliz si ejercita y cuida aquello que le es más propio, es decir, el alma. Los sofistas habían enseñado que la felicidad estaba en el logro de cosas exteriores a uno mismo, fama, riqueza prestigio. Sócrates enseña que la felicidad debe cada uno buscarla dentro de sí mismo; la riqueza, la fama, la belleza, la salud, en realidad no son nada valioso en sí. Lo realmente valioso es el desarrollo del alma, es decir, de las capacidades intelectuales. Solamente si comprendemos la riqueza, la fama o el prestigio desde un punto racional, es decir, con arreglo a lo que es bueno y es justo (lo racional) estas cosas pueden convertirse en algo valioso.
3.3. El método filosófico socrático: ironía y mayéutica.
El método de Sócrates, según se pone de manifiesto en los primeros diálogos platónicos, se basaba en el diálogo. El diálogo se opone a la elocuencia y a la retórica de los sofistas, que se encerraban en sus discursos, y sitúa a los interlocutores en un mismo plano, lo cual puede interpretarse en el sentido de que la filosofía (la búsqueda de la verdad) no es un producto del pensador solitario, sino el resultado de una tarea colectiva.
El método de la conversación de Sócrates tenía dos momentos: la ironía y la mayéutica (mayéutica significa el arte de la comadrona, de ayudar a dar a luz). Con la ironía se opone a la opinión infundada y a la arrogancia de la conciencia dogmática que cree poseer la verdad. Consistía en hacer preguntas que, bajo la apariencia de tener en alta estima el saber exhibido por el interlocutor, mostraban, en realidad, la inconsistencia del mismo y ponían al interlocutor en la tesitura de tener que reconocer su ignorancia. Con la ironía, Sócrates intentaba minar el obstáculo para la verdad que representa la seguridad con que el hombre común se apoya en las ideas triviales. A esta operación se creía con derecho Sócrates, ya que él mismo partía reconociendo su ignorancia. Es famoso su Sólo sé que no sé nada. Según se cuenta en la Apología de Platón, cuando, preguntado el oráculo sobre quién era el más sabio de los griegos, respondió que Sócrates, Sócrates lo interpretó en este sentido: que él no era arrogante, que él era el único que reconocía su ignorancia.
La ironía es lo contrario de lo que hacían los sofistas: éstos cobraban un dinero a cambio del saber que ofrecían; Sócrates no cobraba nada y empezaba por quitarte el saber que creías tener. Sócrates comparaba la sofística con el arte culinario, que busca satisfacer el paladar, pero no se preocupa de las digestiones; mientras que su propio método, en cambio, es como la medicina, que no se cuida de si causa dolores al paciente, con tal de restablecer su salud.
“(...) -Yo, Sócrates, aun antes de encontrarme contigo, había oído decir que tú no hacías más que encontrar dificultades en todas partes y hacerlas encontrar a los demás. En este mismo momento, por lo que me parece, no sé mediante qué drogas y qué magia, gracias a tus encantamientos, me has embrujado de tal manera que tengo la cabeza llena de dudas. Me atrevería a decir, si me permites una broma, que me parece eres realmente semejante, por tu aspecto y todo lo demás, a este gran pez marino que se llama torpedo. Este, en efecto, se entumece y adormece apenas uno se le acerca y le toca; y tú me has hecho experimentar un efecto semejante. Sí, estoy verdaderamente entumecido corporal y espiritualmente, y soy incapaz de responderte. Y, sin embargo, innumerables veces he hecho disertaciones sobre la virtud delante de las muchedumbres, y siempre, a lo que creo, me he salido muy bien de ellas. Pero en este momento me es absolutamente imposible de decir ni tan siquiera lo que ella es. Haces muy bien, créeme, en no querer navegar ni viajar al extranjero; con una conducta así, no tardarías en mucho en ser detenido como brujo en una ciudad extraña. (...)” Platón. Menón. (79a-81b)
El segundo momento del método es la mayéutica, es decir, el arte de ayudar a dar a luz la verdad. Consiste en conducir la conversación de modo que pueda aflorar la verdad del interior de cada uno, donde estaba latente. El hecho de que la verdad procede de nuestro interior significa que no llegamos a poseer de verdad sino aquellas verdades que producimos en nosotros mismos. Esta verdad que se encuentra en el interior de cada hombre no es relativa a cada uno (Sócrates se opone al relativismo sofístico), sino que es común, es verdad en sí. En la mayéutica se trata precisamente de pasar del “para mí” inicial al “en sí”. Se trata de buscar la definición (la esencia) de lo que se está considerando. Sócrates preguntaba incansablemente ¿qué es?...la justicia, la felicidad, el bien, etc., para alcanzar, por encima de la pluralidad de casos en que se predica el concepto, con sus interminables diferencias, a la unidad de la definición. (Este procedimiento del diálogo socrático consiste en buscar la definición por medio del razonamiento inductivo. El razonamiento inductivo y la definición son, según Aristóteles, las aportaciones de Sócrates a la filosofía).
-No me hagas reír, ¿es que no has oído que soy hijo de una excelente y vigorosa partera llamada Fenáreta?
-Sí, eso ya lo he oído.
-¿Y no has oído también que practico el mismo arte?
-No, en absoluto.
-Pues bien, te aseguro que es así.(...)
(...)
-Mi arte de partear tiene las mismas características que el de ellas, pero se diferencia en el hecho de que asiste a los hombres y no a las mujeres, y examina las almas de los que dan a luz, pero no sus cuerpos. Ahora bien, lo más grande que hay en mi arte es la capacidad que tiene de poner a prueba por todos los medios si lo que engendra el pensamiento del joven es algo imaginario y falso o fecundo y verdadero, Eso es así porque tengo, igualmente, en común con las parteras esta característica: que soy estéril en sabiduría. Muchos, en efecto, me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo nunca doy ninguna respuesta acerca de nada por mi falta de sabiduría, y es, efectivamente, un justo reproche. La causa de ello es que el dios me obliga a asistir a otros pero a mí me impide engendrar. Así es que no soy sabio en modo alguno, ni he logrado ningún descubrimiento que haya sido engendrado por mi propia alma. Sin embargo, los que tienen trato conmigo, aunque parecen algunos muy ignorantes al principio, en cuanto avanza nuestra relación, todos hacen admirables progresos, si el dios se lo concede, como ellos mismos y cualquier otra persona puede ver. Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos y por sí mismos los que descubren y engendran muchos bellos pensamientos. No obstante, los responsables del parto somos el dios y yo. (...)
(...) los que tienen relación conmigo experimentan lo mismo que les pasa a las que dan a luz, pues sufren los dolores del parto y se llenan de perplejidades de día y de noche, con lo cual lo pasan mucho peor que ellas. Pero mi arte puede suscitar este dolor o hacer que llegue a su fin. Esto es lo que ocurre por lo que respecta a ellos.(...)
(...) Me he extendido, mi buen Teeteto, contándote todas estas cosas, porque supongo -como también lo crees tú- que sufres el dolor de quien lleva algo en su seno. Entrégate, pues, a mí, que soy hijo de una partera y conozco este arte por mí mismo, y esfuérzate todo lo que puedas por contestar a lo que yo te pregunte. Ahora bien, si al examinar alguna de tus afirmaciones, considero que se trata de algo imaginario y desprovisto de verdad, y, en consecuencia, lo desecho y lo dejo a un lado, no te irrites como las primerizas, cuando se trata de sus niños. Pues, mi admirado amigo, hasta tal punto se ha enfadado mucha gente conmigo que les ha faltado poco para morderme, en cuanto los he desposeído de cualquier tontería. No creen que hago esto con buena voluntad, ya que están lejos de saber que no hay Dios que albergue mala intención respecto a los hombres. Les pasa desapercibido que yo no puedo hacer una cosa así con mala intención y que no se me permite ser indulgente con lo falso ni obscurecer lo verdadero. Así es que vuelve al principio, Teeteto, e intenta decir qué es realmente el saber. No digas que no puedes, pues, si Dios quiere y te portas como un hombre, serás capaz de hacerlo.
Platón. Teeteto,149a-151d, (Diálogos, Vol. V, Gredos, Madrid 1988, p.187-192).
3.4. El intelectualismo moral.
Una vez alcanzado el conocimiento, conforme al método socrático, el resultado final no será solamente un hombre más sabio sino también más virtuoso. Esto es así porque Sócrates, y posteriormente Platón, está convencido que la virtud es conocimiento. Más en detalle, esta doctrina consta de tres principios escalonados:
a) La virtud es conocimiento. Lo mismo que no puede ser buen zapatero aquel que no conoce el oficio de zapatero, un hombre no puede ser justo si no conoce qué es la justicia. Para serlo tendrá que saber primero en qué consiste la justicia.
b) El vicio es ignorancia. Según Sócrates, todo ser humano desea su propio bien, pero no siempre sabe reconocerlo y, por eso, muchas veces obra mal, creyendo sin embargo que está haciendo lo mejor para él.
c) Nadie obra mal a sabiendas. Si alguien conoce realmente qué es la justicia, necesariamente tiene que obrar justamente, y no puede obrar injustamente. Si, como ocurre habitualmente, alguien afirma que sabe qué es la justicia y, sin embargo, obra injustamente, es porque realmente no sabe lo que es la justicia, sino que, todo lo más, tiene una opinión equivocada de la misma. Para entenderlo debemos recordar que los valores morales son absolutos: sólo hay un Bien, el mismo para ti y para mí, por tanto cuando persigo el bien para mí también lo hago para el resto de las personas.
Platón aceptará el intelectualismo moral de su maestro Sócrates, aplicándolo también al terreno de la política. De ahí la importancia fundamental de esta doctrina ética para comprender el pensamiento ético y político de Platón.
ANEXO II. EXAMEN
Pero nada de cierto hay en todo esto, ni tampoco si os han contado que yo soy de los que intentan educar a las gentes y que cobran por ello; también puedo probar que esto no es verdad. Y no es que no encuentre hermoso el que alguien sepa dar lecciones a los otros, si lo hacen como Gorgias de Leontinos o Pródicos de Ceos o Hipias de Hélide, que van de ciudad en ciudad, fascinando a la mayoría de los jóvenes y a muchos otros ciudadanos, que podrían escoger libremente y gratis la compañía de muchos otros ciudadanos y que, sin embargo, prefieren abandonarles para escogerles a ellos para recibir sus lecciones, por las que deben pagar y, aun más, quedarles agradecidos. Y me han contado que corre por ahí uno de esos sabios, natural de Paros, que precisamente ahora está en nuestra ciudad. Coincidió que me encontré con el hombre que más dinero se ha gastado con estos sofistas, incluso mucho más él solo que todos los demás juntos.
A éste —que tiene dos hijos, como sabéis— le pregunté:
—Calias, si en lugar de estar preocupado por dos hijos, lo estuvieras por el amaestramiento de dos potrillos o dos novillos, nos sería fácil, mediante un jornal, encontrar un buen cuidador: éste debería hacerlos aptos y hermosos, según posibilitara su naturaleza, y seguro que escogerías al más experto conocedor de caballos o a un buen labrador. Pero, puesto que son hombres, ¿a quién has pensado confiarlos? ¿Quién es el experto en educación de las aptitudes propias del hombre y del ciudadano? Pues me supongo que lo tienes todo bien estudiado, por mor de esos dos hijos que tienes. ¿Hay alguien preparado para tal menester?
—Claro que lo hay —respondió.
— ¿Quién?, ¿y de dónde?, ¿y cuánto cobra? —le acosé.
— ¡Oh, Sócrates! Se llama Evenos, es de Paros y cobra cinco minas. Y me pareció que este tal Evenos puede sentirse feliz, si de verdad posee este arte y enseña de forma tan convincente. Pues si yo poseyera este don, me satisfaría y orgullosamente lo proclamaría. Pero, en realidad, no entiendo nada sobre eso. Acaso ante eso alguno de vosotros me interpele: "Pero entonces, Sócrates, ¿cuál es tu auténtica profesión? ¿De dónde han surgido estas habladurías sobre ti? Porque si no te dedicaras a nada que se salga de lo corriente, sin meterte en lo que no te concierne, no se habría originado esta pésima reputación y tan contradictorias versiones sobre tu conducta. Explícate de una vez, para que no tengamos que darnos nuestra propia versión". Esto sí me parece razonable y sensato, y por ser cuerdo, voy a contestarlo, para dejar bien claro de dónde han surgido esas imposturas que me han hecho acreedor de una notoriedad tan molesta. Escuchadlo. Quizá alguno se crea que me lo tomo a guasa; sin embargo, estad seguros de que sólo os voy a decir la verdad. Yo he alcanzado este popular renombre por una cierta clase de sabiduría que poseo. ¿De qué sabiduría se trata? Ciertamente, de una sabiduría propia de los humanos. Y en ella es posible que yo sea sabio, mientras que, por el contrario, aquellos a los que acabo de aludir quizá también sean sabios, pero en relación a una sabiduría que quizá sea extrahumana, o no sé con qué nombre calificarla. Hablo así porque yo, desde luego, ésa no la poseo ni sé nada de ella, y el que propale lo contrario o miente o lo dice para denigrarme.
Platón. Apología a Sócrates
I. Cuestiones
- Explique el/la alumno/a el concepto de “sabio”.
- ¿Qué quiere decir Sócrates con “Pero nada de cierto hay en todo esto, ni tampoco si os han contado que yo soy de los que intentan educar a las gentes y que cobran por ello”?
I. Redacción:
El método Socrático.
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