Teoría Platón
ANEXO I. TEORÍA
1. INTRODUCCIÓN: TIEMPO, VIDA Y OBRA
Aristocles (éste era su verdadero nombre) nació en Atenas hacia el año 427 a.C. Perteneciente a una familia aristocrática, frecuentó las mejores escuelas, y probablemente tuvo a Cratilo (uno de los discípulos de Heráclito) como maestro. Sin embargo, fue el magisterio de Sócrates el que dejó en Platón una huella mayor, hasta el punto de inclinarle a la filosofía. Su implicación en los asuntos políticos es ya uno de los rasgos definitorios del joven Platón. Vivió una época convulsa (oligarquía de los 30 tiranos, “democracia sometida a la manipulación y la venganza…) en la que la corrupción y la ineptitud política estaban a la orden del día. A todo esto se unirá un suceso que marcaría su pensamiento posterior: la injusta condena a muerte de Sócrates. Platón no podía comprender cómo era posible que el hombre más justo de Atenas, muriera precisamente a partir de la aplicación de las leyes. Por eso, la política es el eje fundamental en torno al cual gira el pensamiento platónico. En una de sus obras más importantes, La República, Platón nos presenta un modelo ideal de estado, un lugar en el que no tenga cabida una injusticia como la condena a Sócrates. Con esta obra, Platón se convierte en el primer pensador utopista de la historia. Además, Platón no se limita a formular un modelo teórico, sino que trata de llevarlo a la práctica: por tres veces viajó a Siracusa para intentar orientar el gobierno del tirano Dionisio I y su sucesor. A esta implicación práctica se une la fundación de la Academia, una institución de carácter educativo en la que Platón trataba de formar a los futuros gobernantes (más adelante comentaremos la importancia de la educación dentro del sistema platónico). Al Platón comprometido con los problemas de su tiempo, hemos de unirle el filósofo heredero de una tradición de pensamiento: por un lado muy influido por la vida y el pensamiento de Sócrates, tal y como se ve en la búsqueda permanente del universal o en la asociación entre saber y virtud. Por otro lado, Platón se enfrenta con la dificultad que había dejado a la filosofía occidental en un callejón sin salida: el problema del cambio, al que Heráclito y Parménides dieran soluciones contrapuestas.
1.1. La vida a través de la obra En cierta forma, todos los avatares de la vida de Platón se dejan ver muy claramente en su obra, que podemos dividir en las siguientes etapas:
Diálogos de juventud (399-389 a.C): muchos de estos diálogos coinciden con una primera época en la que Platón realiza diversos viajes. Los diálogos están protagonizados por Sócrates, y el de la virtud es su tema central. Tratan de reflejar fielmente algunas de las enseñanzas de Sócrates, así como sus últimos días. Los títulos más importantes son la Apología de Sócrates (donde aparece el discurso que hipotéticamente Sócrates habría pronunciado ante al tribunal que le acusaba), el Critón, y el Protágoras, diálogo más importante de este período, donde se discute si la virtud es o no enseñable.
Diálogos de transición (388-385 a.C.): en esta etapa inicia sus viajes. En Italia entra en contacto con los pitagóricos (en concreto, con Arquitas de Tarento). En Sicilia conoce a Dionisio I, el tirano de Siracusa. Platón queda escandalizado de la vida de la corte, y, según se dice, al final fue vendido como esclavo. A su vuelta a Atenas funda la Academia, escuela de inspiración pitagórica. Durante esta etapa, Platón comienza a elaborar su propia teoría. Aparecen los temas políticos (críticas de Sócrates a los sofistas y a la democracia) y se notan las influencias pitagóricas (reminiscencia e inmortalidad del alma). Destacan el Menón (de nuevo sobre si se puede enseñar la virtud), el Gorgias (sobre la retórica, es una crítica implícita a la democracia) y el Crátilo (sobre el significado de las palabras, con una discusión sobre lo que es por naturaleza y lo que es por convención).
Diálogos de madurez (385-370 a.C.): durante este período, Platón desarrolla todas sus teorías, a la vez que continúa con su tarea docente en la Academia. Aparecen los diálogos fundamentales y también sus ideas centrales: la teoría de las Ideas y una teoría completa del Estado. Sócrates sigue siendo el protagonista de los diálogos, pero ya no es el Sócrates que aplicara el diálogo mayéutico y se dedicara a llevar a su interlocutor a una contradicción. Ahora, por el contrario, Sócrates se caracteriza por sus largas intervenciones, y aparece seguro de sí mismo, convencido de que está en la verdad. Entre los diálogos más importantes están el Banquete (sobre el amor), el Fedón (sobre la inmortalidad del alma y la filosofía), el Fedro (de nuevo sobre el amor, la belleza y el alma) y la República, el diálogo más representativo de este período. En esta obra Platón nos presenta su modelo de Estado ideal, y recoge todos los temas de su filosofía.
Diálogos críticos (369-362 a.C.): durante esta etapa Platón vuelve a Siracusa, esperando que Dionisio II (hijo del tirano fallecido) le prestara mayor atención que su padre. Nada más lejos de la realidad. Al final, Platón es apresado y hecho prisionero, y tardará dos años en poder volver a Atenas. El desengaño respecto a la realización de su teoría hace que el filósofo griego se desanime y se deje embargar por el pesimismo. Por ello, los diálogos de esta época son esencialmente críticos. Platón revisa todas sus ideas anteriores, y cuestiona muy seriamente algunas de ellas. Sócrates ya no es el protagonista de los diálogos, y los problemas lógicos van recibiendo una mayor atención. Los títulos más importantes son el Parménides, donde un Parménides anciano parece vencer a Sócrates, el Teeteto, el Sofista y el Político. Platón parece querer separar al político del filósofo, y busca un método de definición.
Diálogos de vejez (361-347 a.C): sorprendentemente, Platón fue invitado de nuevo a Siracusa: esta vez Dionisio se comprometía a escuchar al filósofo ateniense, que emprende de nuevo el viaje. Sin embargo, Platón es de nuevo retenido, y el tirano no cumple con su palabra. Sólo gracias a Arquitas de Tarento logra Platón regresar a Atenas, donde vive sus últimos años enseñando en la Academia. Entre los últimos escritos de Platón destaca su Carta VII, así como otros diálogos como el Timeo (sobre cosmología) o el Filebo (sobre el placer y el bien) y Las leyes, cuyo tema central es la constitución ideal de la ciudad, cuya rigidez y minuciosidad son realmente asombrosas. En esta época aparecen nuevos temas de reflexión como la cosmología y la historia.
2. EL CAMINO FILOSÓFICO DE PLATÓN
Por razones didácticas, tomaremos como punto de partida la pregunta más importante de una de las obras centrales de Platón: ¿Quién debe gobernar? Ante la corrupción y la ineptitud política que Platón vivió (y sufrió) en persona, la respuesta platónica puede sonar un tanto aristocrática: el sabio, el filósofo, es la persona que debe ocupar las funciones de gobierno. La pregunta ahora sería: ¿Quién es el sabio?, con lo que hemos convertido el tema político en un asunto de teoría del conocimiento. Para Platón, el sabio es el que conoce, el que sabe la verdad. Y con ello, llegamos a una tercera pregunta: ¿Qué es la verdad? De este modo, un tema inicialmente político, nos lleva a problemas de teoría del conocimiento, que a su vez nos obligan a enfrentarnos con temas metafísicos, relativos a la estructura de la realidad. Por ello, antes de desarrollar de un modo completo la teoría política, nos fijaremos, en primer lugar, en su metafísica, para después reflejar la relación de esta visión de la realidad con la teoría del conocimiento. Complementando esto con unas breves anotaciones sobre ética y antropología, estaremos en disposición de comprender el modelo político ideal que nos propone Platón.
3. METAFÍSICA
La necesidad de encontrar un fundamento real para justificar la existencia de una verdad inmutable lleva a Platón a formular una de las teorías más comentadas de la historia de la filosofía: la teoría de las Ideas. En cierto modo, esta teoría nos puede servir para comprender la evolución intelectual de Platón.
La teoría de las ideas consiste en la duplicación del mundo, expresada en el conocido mito de la caverna. Por un lado estaría el mundo material (o mundo sensible), el de las cosas concretas y particulares. Es el mundo de lo plural, lo múltiple,lo cambiante, lo temporal, lo particular, lo aparente, lo imperfecto… Se trata de la realidad más inmediata a nosotros, aquello que podemos conocer a través de los sentidos. De este mundo no cabe un verdadero conocimiento, pues, al menos para Platón, no es posible concebir una verdad sometida al cambio. Por otro lado estaría el mundo de las Ideas (o mundo inteligible), que sería el mundo de la verdadera realidad, donde las Ideas se caracterizan por ser únicas, eternas, universales, inmutables, perfectas, inmateriales. A estas realidades sólo se puede acceder por medio de la inteligencia o el pensamiento, y son, para Platón, la verdadera realidad. Por ello establece una relación entre ambos mundos, que el filósofo griego califica de diversos modos: participación, imitación, copia… Las Ideas tienen una presencia imperfecta en las cosas materiales, son causa de ellas, en la medida en que son el modelo o la esencia a partir de la cual se puede decir que una cosa es lo que es. La realidad es sólo una ilusión, un reflejo de la verdadera realidad. Como se ve, la metafísica platónica implica una valoración positiva de la abstracción y un desprecio por lo material.
Por tanto, las Ideas son el objeto propio del pensamiento. Su expresión lingüística constituye la definición que tantas veces buscara Platón en sus diálogos. Las Ideas son, en resumen, esencias en el plano metafísico, conceptos verdaderos y existentes desde un punto de vista epistemológico y definiciones en el plano lingüístico.
Como consecuencia de esta concepción de la realidad, Platón establecerá también posibles puentes o enlaces entre ambos mundos: el alma será uno de ellos, y conseguirá acceder al mundo de las Ideas en la medida en que aspire siempre a lograr el mayor grado de abstracción. Además, Platón afirma la existencia de un orden dentro del mundo de las Ideas: todas ellas están relacionadas, pero no “todas con todas” sino siguiendo un orden lógico. Las Ideas, según Platón, están “entrelazadas” formando lo que él llama “symploké” un todo organizado y armonioso. Habrá también una jerarquía de Ideas, que evoluciona a lo largo de sus diálogos. Como esquema general se podría decir que en la base estarían las Ideas de objetos materiales, después las Ideas matemáticas, por encima de ellas las Ideas de virtudes morales y, en la cúspide, la Idea de Bien, que es comparada con el sol: igual que gracias a la luz solar percibimos las cosas, la Idea de Bien “ilumina” al resto de Ideas, confiriéndolas la inteligibilidad que nos permite conocerlas.
4. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
La epistemología platónica está directamente relacionada con la metafísica. Ahora que ya sabemos cuál es la verdadera realidad (el mundo de las Ideas) tendremos que cuestionarnos cómo nos es posible acceder a esta. Platón desarrolla a lo largo de sus diálogos tres tesis distintas sobre el conocimiento humano, pero antes de eso vamos a ver el mito con el que Platón representa su teoría de las ideas.
4.1. El mito de la caverna
El mito de la caverna es una alegoría de la que Platón se vale para exponer su teoría de las ideas así como las implicaciones sociales, políticas y educativas de la misma. Puede decirse que es la versión “asequible”, plástica, narrativa... de lo que acaba de poner, al final del libro VI de La República, en el texto de la línea dividida. La alegoría de la caverna comienza describiendo una cueva en cuyo interior más profundo unos hombres permanecen encadenados desde su nacimiento. Esos hombres han sido obligados a contemplar la sucesión de sombras que desfila sobre el muro de la cueva. Al no conocer otra realidad salvo dichas sombras toman a éstas como lo único real que existe. En realidad Platón se vale de esta imagen para describir el estado en que se encuentran los ciudadanos que, habiendo sido educados por sofistas o por los versos de Homero y otros poetas, sólo son capaces de conocer el mundo a través de imágenes (eikasía). Posteriormente Platón nos hace imaginar que uno de esos hombres es liberado de sus cadenas y obligado a ascender tras la fila de sus compañeros, que han quedado frente al muro. Podría ver cómo las sombras eran producidas por objetos que otros hombres transportan y por el fuego que, tras ellos, las proyecta sobre el muro. Esta parte se corresponde con el segundo nivel de la línea dividida: el de los objetos físicos del mundo sensible, de los que sólo cabe, en términos de Platón, tener creencias (pistis). Aunque es difícil traducir el pensamiento de Platón a términos contemporáneos, podemos distinguir entre pistis y eikasía como la diferencia entre conocer objetos sensibles de los que se tiene una experiencia directa (por ejemplo, una ciudad que hemos visitado) y conocerla a través de imágenes (fotografías o lo que otros nos cuentan sobre ella). Otro punto interesante es el de identificar a los porteadores de las sombras. Es aventurado emitir una hipótesis, pero por lo que sabemos de Platón tal vez no sea desacertado ver en ellos a los representantes de sistemas educativos (paideia) que Platón rechazaba y a la que opuso a suya propia. Me refiero a la paideia tradicional que consistía en el aprendizaje de los versos de Homero y aquella otra que proponían los sofistas, consistente en el dominio de la retórica. Después de todo, y de acuerdo con Platón, los administradores de uno y otro modelo eran responsables de propagar una imagen falsa de la realidad que era tomada por los ciudadanos de la decadente democracia ateniense como algo real. También da pie a pensar así que Platón diga que unos callan y otros hablan. Tal vez los que hablan sean maestros de retórica y los que callan sea Homero, desaparecido hace tiempo pero silenciosamente presente a través de sus versos. En todo caso, esto sólo puede ser una hipótesis.
El siguiente estadio que debe recorrer el ex-prisionero le conduce al exterior de la gruta. Es ahí donde descubre que la caverna constituía realmente una realidad ilusoria, una realidad degradada y confusa en comparación con el mundo que ahora descubre. La oposición entre la cueva y el exterior es una metáfora de la oposición entre objetos sensibles y objetos inteligibles de la que habló en el texto de la línea. El problema ahora es que los ojos del antiguo prisionero se encuentran cegados por la intensa luz del exterior. Así que, continúa Platón, debe contentarse con las sombras o los reflejos en algún estanque de los seres vivos que allí habitan. Este momento se corresponde con los objetos matemáticos de la línea dividida, que servían como punto de inflexión entre los objetos sensibles y los inteligibles. Y ello porque la matemática tiene para Platón un valor dual: por un lado la aprendemos a partir de dibujos (sensibles) pero por otro nos deben llevar a entender relaciones eternas de objetos puramente abstractos (el círculo o el triángulo del que hablan los geómetras, tal como saben quienes entienden la geometría, no son dibujos, sino ideas). De este modo, los reflejos y las sombras a través de los cuales los ojos del prisionero se habitúan a la intensa luz del exterior, se corresponden con el valor propedéutico que Platón reserva a la matemática en el currículo que debe completar quien aspire a la filosofía. También podemos invocar aquí la leyenda que, según una tradición, presidía el pórtico de la Academia, y que disuadía de entrar en ella sin conocimientos de geometría. Dicho de modo breve: el estudio de la matemática es la antesala de la filosofía entendida como saber sobre ideas abstractas. Finalmente, la contemplación de los seres vivos que habitan el exterior (en contraposición a los objetos inertes del interior) representa el conocimiento filosófico, que para Platón parece consistir en la comprensión intelectual de ideas. El conocimiento sobre la justicia en sí, la virtud en sí etc., diferentes de las opiniones sobre la justicia o la virtud. A ese tipo de saber también lo llama Platón dialéctica, y a él corresponde una actividad intelectual llamada noesis (de nous: inteligencia), que podemos traducir como intelección o intuición intelectual. Por último, Platón habla de la contemplación del mismo Sol como el último grado de conocimiento. El Sol, dice, se corresponde con la idea de Bien (que no nombró en el texto de la línea). Se trata de un fragmento enigmático, que plantea más dudas que otra cosa acerca de qué entendía Platón por Bien. Según él, al igual que el Sol hace posible la existencia de los seres vivos del exterior así como proporciona la luz que nos permite verlos, la idea de bien cumple una doble función respecto al mundo de las ideas: es el fundamento ontológico (hace posible su existencia) y epistemológico (hace posible el conocimiento de las mismas). El problema, insisto, es que no aclara –más allá de la metáfora del Sol- de qué manera unas ideas pueden sustentar la existencia de otras, o cómo pueden hacerlas inteligibles [cognoscibles]. Más interesante, si cabe, el discurso de Platón una vez consumada la liberación completa del prisionero: éste debe regresar a la caverna a liberar a los demás. Se trata de un giro lleno de consecuencias. Para empezar, significa que la filosofía tiene una función social, no sólo individual. No siempre los filósofos han pensado de este modo. Con frecuencia han entendido que la función de la filosofía era hacer felices y prudentes a los sabios que, individualmente, se adentraban en el camino del conocimiento. Será el caso, por ejemplo, d las escuelas helenísticas tras la conquista de las ciudades griegas por Alejandro. En cambio, el exprisionero que regresa a la caverna se parece más a Sócrates. Éste situaba la labor filosófica en el ágora, en la plaza pública. La filosofía era, así, una actividad propia de una democracia donde los hombres buscan la mejor definición de bien, de justicia o de virtud, y donde unos ayudan a la iluminación de otros mediante la persuasión racional. Sin embargo, como es sabido, Sócrates acabó condenado a muerte por los tribunales de la democracia ateniense. Este hecho parece inspirar el final que Platón predice para el exprisionero que regresa a liberar a sus antiguos compañeros: la burla y la incomprensión al principio, la molestia y el enfado después y, por último, su vida misma vida acabará amenazada por quienes, sujetos a las cadenas de una falsa educación, son incapaces de reconocer al auténtico sabio cuando están ante él. Sin duda, es el momento más trágico del mito de la caverna. Quizá en la alusión a Sócrates Platón está justificando la incompatibilidad entre la democracia y la filosofía. Porque finalmente, a diferencia de Sócrates (de la figura que él mismo describe), Platón no alberga ilusiones sobre las posibilidades de que el saber pueda llegar a todos los ciudadanos. La mayoría de éstos se mantendrá ignorante, y sólo un pequeño grupo podrá recorrer el camino de una paideia que conduce a la filosofía. Éste es el argumento que subyace a su ideal de un gobierno de sabios: una mayoría ignorante jamás reconocerá a una minoría sabia. Quienes conocen la justicia en sí – los filósofos, en el sentido platónico del término- sólo podrán ser gobernantes en una dictadura.
4.2. La reminiscencia: conocer es recordar
Este principio es planteado por Platón para resolver un problema que ya formularan en su día los sofistas: ¿Cómo es posible el conocimiento humano, si éste consiste en ir en busca de lo que no se conoce? Lo que se cuestiona aquí, dicho en otras palabras, es cómo es posible encontrar la verdad si no se sabe cuál es la verdad. Para resolver esta aporía, Platón recurre a la tesis de la reminiscencia: en realidad, el ser humano no conoce las cosas, sino que las reconoce. Para Platón, el alma existe antes de encarnarse en un cuerpo, y conocía ya todas las Ideas (no olvidemos que el alma humana, como veremos más adelante es afín a las ideas). Lo que ocurre es que al nacer olvida todo lo que sabe, y necesita que el conocimiento sensible sirva como provocación a ese conocimiento perdido. Es este uno de los pocos momentos en los que la sensación recibe una valoración positiva: sirve como ocasión para desencadenar todo un proceso imparable de conocimiento que nos llevará de nuevo hasta las Ideas. Esta teoría la expone Platón de un modo mitológico en el Fedro:
“Todo lo que tiene alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas, y gobierna todo el cosmos. Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el nombre de mortal.”
A continuación, describe Platón el lugar donde moran los dioses, caracterizado por la belleza, la bondad y la sabiduría, parándose a especificar algunos detalles de esta vida divina. Un poco más adelante, continua de la siguiente manera:
“Tal es, pues, la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos, apenas sí alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser una más que otras. Confusiones, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas penas, tienen que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo la opinión por alimento. […] Cualquier alma que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero cuando, por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra. […] Conviene que, en efecto, el hombre se dé cuenta de lo que le dicen las ideas, yendo de muchas sensaciones a aquello que se concentra en el pensamiento. Esto es, por cierto, la reminiscencia de lo que vio en otro tiempo, nuestra alma, cuando iba de camino con la divinidad, mirando desde lo alto a lo que ahora decimos que es, y alzando la cabeza a lo que es en realidad.” (Fedro, fragmentos escogidos entre 246b-249c)
Esta teoría, que aparece mitológicamente expresada en el Fedro, encuentra una contrapartida práctica y un desarrollo conceptual en el Menón, diálogo en el que Platón nos relata la escena del esclavo. En este diálogo, Sócrates le pide a Menón que traiga un esclavo, para demostrar cómo es posible que éste recuerde, a través de sencillas preguntas, conocimientos matemáticos que no ha podido aprender a lo largo de su vida. Sócrates tan sólo pone una condición, al preguntar a Menón sobre el esclavo: “¿Es griego y habla griego?”. Con esta sencilla condición, Sócrates logra que el esclavo demuestre de un modo geométrico, a partir de ingeniosas preguntas, el teorema de Pitágoras. En una tesis aparentemente sencilla, como la de la reminiscencia, no sólo aparecen las ideas innatas, sino también una honda teoría del lenguaje sobre la que Platón habla en otros diálogos.
4.3. La dialéctica como modo de conocimiento
En los diálogos de madurez van desapareciendo las referencias a la reminiscencia, para dejar paso a un concepto que irá tomando cada vez más peso: la dialéctica. Esta palabra tiene en Platón dos sentidos:
- Entendida como método: en los diálogos iniciales consiste en el juego de preguntas y respuestas que pone en práctica Sócrates con el fin de llegar a la verdad. El fin último de la dialéctica sería lograr la definición de las cosas, o solucionar las cuestiones que se debaten en los diálogos.
- Entendida como ciencia (como saber): sería el más alto grado de conocimiento y consistiría en la contemplación intelectual de las Ideas. Aquel que logre conocer de un modo dialéctico es capaz de mirar con su razón, con su inteligencia, directamente a las Ideas, y por ello, será el considerado “sabio”.
Platón expone las diferentes formas de conocimiento en un pasaje de la República, conocido como el “símil de la línea”. Este fragmento es particularmente importante: en él no sólo aparecen todos los grados de conocimiento, sino que también se explica la relación existente entre la metafísica (el ser, la realidad, duplicación de los mundos) y la teoría del conocimiento. Platón distingue las siguientes clases de conocimiento:
- Opinión (doxa): es el conocimiento sensible, cuyo objeto son las cosas materiales. Ésta a su vez se subdivide en otros dos tipos de conocimiento: la imaginación y la creencia. La imaginación (eikasía) es el conocimiento de imágenes, y es el conocimiento más imperfecto. Por encima de este (pero aún dentro de la opinión) estaría la creencia (pístis), que sería el conocimiento de objetos. El mundo de la opinión es el propio de los sofistas: éstos tendrían razón al decir que no existen verdades absolutas si la única realidad existente fuera aquella a la que podemos acceder a través de la opinión. Sin embargo, como sabemos, Platón afirma la existencia de otra clase de realidad y por tanto de un tipo de conocimiento superior.
- Ciencia (episteme): es el conocimiento inteligible, cuyo objeto son las Ideas, el ser eterno e inmutable. La ciencia también se divide en otras dos formas de conocimiento: la inteligencia discursiva (dianoia) y el pensamiento (noesis). La inteligencia discursiva es el pensamiento propio de las matemáticas. Se trata, efectivamente de un conocimiento superior a la opinión (es más abstracto), pero requiere aún de una apoyatura sensible, sea una figura geométrica o las líneas de una demostración. La inteligencia discursiva es la que “discurre” de una premisa a otra, la que razona con figuras. La matemática (y todo el razonamiento lógico) necesitan apoyarse en presupuestos previos, por eso aplican un conocimiento discursivo descendente (de los presupuestos a “lo deducido”). Sin embargo, el pensamiento (como resultado último de la dialéctica) prescinde de cualquier apoyatura sensible, de cualquier referencia a algo material. Su conocimiento es discursivo, sí, pero ascendente: se parte de la contemplación directa de una Idea, y a partir de ésta se va descubriendo las relaciones que hay entre las distintas Ideas (la symploké de la que hablábamos antes). El dialéctico no recurre de ningún modo a imágenes o cualquier otro material sensible. Además, la dialéctica incluye un segundo momento (particularmente importante en su aplicación práctica) que es el descenso desde la Idea Suprema al resto de Ideas, logrando así una visión conjunta de las todas las Ideas y sus relaciones. De hecho, las implicaciones prácticas de este camino de descenso aparecen en el mito de la caverna, donde Platón defiende que es necesario que el dialéctico esté dispuesto a descender al mundo sensible y enseñar a los demás a alcanzar el conocimiento de las Ideas.
¿Cómo se llega a esta “contemplación” de Ideas? Platón no es del todo claro al respecto (y muchos autores posteriores negarán que exista tal conocimiento). Lo que sí está claro es que todo este esquema deja ver la valoración platónica del conocimiento abstracto. Por ello no es de extrañar, por ejemplo, que Platón pensara que las matemáticas son uno de los saberes más altos (tan sólo superado por la dialéctica) y que considerase que la matemática era un ejercicio muy adecuado para prepararse al conocimiento de las Ideas. Se dice que a la puerta de la Academia había un letrero en el que ponía: “Que nadie entre sin saber geometría”. En esta misma línea, la música (precisamente por ser un arte efímero, inmaterial) es también un modo de preparación para llegar al mundo de las Ideas, tan sólo accesible para el alma. El esquema del símil de la línea podría ser el siguiente:
Merece la pena destacar la conexión que existe entre la metafísica y la teoría del conocimiento: a cada tipo de realidad le corresponde una forma de conocimiento. Por otro lado, el símil está también relacionado con el mito de la caverna: la ascensión que describe Platón de una forma metafórica en el mito, aparece recogida de un modo conceptual en el símil de la línea.
4.4. El amor como vía de acceso a las Ideas
El amor es considerado por Platón una vía privilegiada de acceso al mundo de las Ideas. Sería una especia de “dialéctica emocional”, en la medida en que, por medio del amor, también nos vemos involucrados (de un modo emocional o experiencial) en un proceso abstractivo similar al que ejecuta la dialéctica. El amor, en su expresión más alta, consiste para Platón en una idealización o “desmaterialización” del objeto amado: lo que comienza como una mera atracción física (en el mundo sensible) puede terminar llevándonos hasta la Idea suprema. El proceso podría ser descrito del siguiente modo: se comienza amando un cuerpo bello, de ahí se pasa al amor por la belleza del alma de la persona amada. A partir de aquí se ama todas las almas bellas, hasta llegar a la Idea de belleza, y de ésta a la Idea suprema. El amor sería una forma de ir ascendiendo por diversos grados o escalones, desde lo concreto hasta lo más abstracto, pudiéndose llegar incluso a la Idea de Bien. Así queda reservada una vía emocional y experiencial, un modo de acceso a las Ideas para aquellos que quizás no pueden conocerlas de un modo intelectual.
5. ANTROPOLOGÓIA, ÉTICA Y POLÍTICA
5.1. Antropología y Ética
La antropología platónica está directamente relacionada con su ética y con su teoría política, por lo que antes de adentrarnos en ambas conviene enunciar algunas ideas esenciales relativas a la concepción del ser humano. Las características más importantes de la antropología platónica son:
- Se trata, en primer lugar, de una antropología dualista: para Platón el hombre es un compuesto de alma y cuerpo. El alma, por su parte, es inmortal y pertenece al mundo de las Ideas, por lo que su unión con el cuerpo es accidental. Platón llega a admitir la doctrina pitagórica de la reencarnación, de modo que llevar una vida “sabia” puede ser una garantía para volver al mundo de las Ideas. El cuerpo, por su parte, será siempre valorado por Platón de un modo peyorativo y despectivo: es lo que nos impide “despegar” de lo sensible, lo que pretende “atarnos” a los placeres y los datos aparentes. Por ello, Platón llega a referirse al cuerpo como la “cárcel” del alma.
- En segundo lugar, Platón divide el alma humana en 3 partes: por un lado el alma racional, que es inmortal e inteligente, está situada en la cabeza y se encarga del pensamiento. Situada en el tórax estaría el alma irascible: sería el lugar propio de las pasiones y los sentimientos, tratándose en este caso de un alma mortal. Por último, en el abdomen estaría el alma concupiscible (o apetitiva), donde residen los impulsos, instintos y pasiones innobles. Por supuesto, esta parte del alma también será mortal. Esta división del alma pudiera parecer a primera vista arbitraria, carente de fundamento. Sin embargo si nos fijamos en las características psicológicas del ser humano, nos damos cuenta de que pensamientos, sentimientos e impulsos son 3 vectores psicológicos esenciales para entender la mente humana y su comportamiento.
¿Y qué relación existe entre todo este planteamiento y la ética platónica? Pues bien sencillo: a cada parte del alma le corresponderá una virtud propia. Así, prudencia valor y templanza serán, respectivamente, las virtudes correspondientes al alma racional, irascible y concupiscible. Sin embargo, la ética platónica no se limita a esto, sino que su concepción de la virtud también está sometida a una evolución a lo largo del pensamiento platónico:
La virtud como sabiduría: aquí se deja notar la influencia del intelectualismo moral de Sócrates, según el cual la sabiduría y la virtud están asociadas, de manera que nadie hace el mal intencionadamente. Para Platón también será la sabiduría una de las virtudes más importantes, pues gracias a ella se supera el relativismo de los sofistas. Se mezclan aquí, como en otras ocasiones, un plano práctico y otro teórico: la sabiduría será una virtud que hará “bueno” al gobernante (sólo podrá gobernar aquel que es sabio, es decir, aquel que conoce las Ideas) y además, el sabio es que conoce la verdad, una verdad universal que trasciende el relativismo sofista.
La virtud como purificación: a partir de las tres partes del alma que acabamos de comentar, es fácil entender que para Platón la purificación sea también una de las virtudes esenciales. El virtuoso es capaz de liberarse de las pasiones que le atan y del cuerpo que le incita tan sólo a los placeres materiales. En esta tesis se deja notar la influencia pitagórica, aunque posteriormente (en otros diálogos como el Filebo) Platón defenderá un modelo de vida en el que haya un goce moderado de los placeres.
Virtud como armonía: aparece en la República, donde la justicia es la virtud más importante. De este modo, para Platón, el hombre justo es aquel en el que se da una armonía o equilibrio entre las 3 partes del alma: es justo aquel cuyo alma racional (siendo prudente) domina a la parte irascible (que será valiente), y ambas orientan al alma concupiscible (que será atemperada). Surge así un modelo ético basado en el autocontrol y en un dominio racional de sí mismo. El hombre que logre estos objetivos será armonioso y justo. Además, Platón establece un paralelismo entre el alma y el Estado: compara al Estado con un ser humano, a través de una metáfora de tipo organicista, rasgo que aparecerá también en otros pensadores políticos. De este modo, la ética nos conduce “naturalmente” a la política: sólo en una sociedad justa será posible educar a hombres justos.
5.2. Teoría política
La República nos plantea una utopía política: aunque esta palabra sea propia del pensamiento renacentista (especialmente en autores como T. Moro o Campanella) la obra platónica intenta describir la Idea de Estado, y por ello uno de sus temas centrales será la justicia en el Estado. Este diálogo convierte a Platón en uno de los primeros utopistas de la historia. En esta utopía, el gobierno debe caer en manos de los filósofos, de los sabios, tesis defendida por Platón precisamente para evitar la ineptitud que detectaba en muchos de los políticos de su tiempo. Así el modelo platónico es una aristocracia de la virtud y del saber: el poder político no se hereda, sino que se ocupa temporalmente gracias a las virtudes y la sabiduría propias del gobernante. No es su ascendente familiar el que determina su lugar en la sociedad, sino su virtud. Los gobernantes no podrán nunca buscar su interés personal sino que deberán gobernar según el orden de las Ideas. Para evitar la corrupción, los gobernantes (y también los guardianes) renunciarán a la propiedad y la familia. La sociedad platónica aparece dividida en tres clases sociales, que se corresponden con las tres partes del alma y con las tres virtudes específicas de cada una:
Clase social |
Parte del alma |
Virtud moral |
Gobernantes | Alma Racional | Prudencia, sabiduría |
Guardianes | Alma Irascible | Fortaleza, valor |
Productores | Alma Concupiscible | Templanza |
Se trata, por tanto, de una sociedad jerarquizada: en cada ser humano predomina un tipo de alma concreto que determina a su vez la clase social que le corresponde. Para esto, cada individuo será educado, según sus capacidades, para ocupar un lugar concreto en la sociedad. Por ello, la sociedad platónica es, ante todo, una institución educativa, donde la formación de los individuos (la paideia) ocupa un lugar esencial. Los ciudadanos quedan, de este modo, al servicio de la sociedad.
Asimismo, Platón llegó a describir una evolución en las diferentes formas de gobierno, marcada en todo momento por la degeneración propia de cada sistema. Así, a la aristocracia (gobierno ideal, según Platón) le seguirá la timocracia (gobierno de los guerreros), a esta la oligarquía (gobierno de los ricos), y a esta la democracia (dominio de la masa manipulable), que dará paso a la tiranía, que sería la ruina del Estado. Aunque esta evolución no se comprobara en la historia de Grecia, sí deja ver claramente el escepticismo platónico respecto a la naturaleza humana.
El proyecto político de Platón está formulado en contra del relativismo de los sofistas, aspirando a lograr un modelo intemporal de Estado. El tema político volverá a ser abordado en otro diálogo, las Leyes (éste ya del periodo de vejez), donde Platón expone una cantidad enorme de regulación estricta y rigurosa, tratando de evitar la decadencia del Estado. Todo estaría absolutamente legislado, para impedir que hubiera la más mínima variación. Se trataría una vez más de esa aspiración platónica a construir un Estado que supere el cambio y el devenir.
ANEXO II. COMENTARIO DE TEXTO
—Pues bien —dije—, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso estás en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.
— También yo estoy de acuerdo —dijo—, en el grado en que puedo estarlo.
— Pues bien —dije—, dame también la razón en esto otro: no te extrañes de que los que han llegado a ese punto no quieran ocuparse en asuntos humanos; antes bien, sus almas tienden siempre a permanecer en las alturas, y es natural, creo yo, que así ocurra, al menos si también esto concuerda con la imagen de que se ha hablado.
— Es natural, desde luego —dijo.
— ¡Y qué? ¡Crees —dije yo— que haya que extrañarse de que, al pasar un hombre de las contemplaciones divinas a las miserias humanas, se muestre torpe y sumamente ridículo cuando, viendo todavía mal y no hallándose aún suficientemente acostumbrado a las tinieblas que le rodean, se ve obligado a discutir, en los tribunales o en otro lugar cualquiera, acerca de las sombras de lo justo o de las imágenes de que son ellas reflejo, y a contender acerca del modo en que interpretan estas cosas los que jamás han visto la justicia en sí?
— No es nada extraño —dije.
— Antes bien —dije—, toda persona razonable debe recordar que son dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos: al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la luz. Y una vez haya pensado que también le ocurre lo mismo al alma, no se reirá insensatamente cuando vea a alguna que, por estar ofuscada, no es capaz de discernir los objetos, sino que averiguará si es que, viniendo de una vida más luminosa, está cegada por falta de costumbre, o si, al pasar de una mayor ignorancia a una mayor luz, se ha deslumbrado por el exceso de ésta; y así, considerará dichosa a la primer alma, que de tal manera se conduce y vive, y compadecerá a la otra, o bien, si quiere reírse de ella, esa su risa será menos ridícula que si se burlara del alma que desciende de la luz.
— Es muy razonable —asintió— lo que dices
PLATÓN, La República, 517b-518b
I. Cuestiones
- Explique el/la alumno/a el concepto de «bien» a partir de la metáfora del sol.
- ¿Por qué el hombre puede sentirse ridículo al discutir en los tribunales o en la vida cotidiana, según el argumento de Platón en el texto?
I. Redacción: Grados de realidad y grados de conocimiento en la teoría de las Ideas de Platón.
ANEXO III. EXAMEN
Entonces, ¡oh, Glaucón! -dije-, ¿no tenemos ya aquí la melodía misma que el arte dialéctico ejecuta? La cual, aun siendo inteligible, es imitada por la facultad de la vista, de la que decíamos que intentaba ya mirar a los propios animales, y luego a los propios astros, y por fin, al mismo sol. E igualmente, cuando uno se vale de la dialéctica para intentar dirigirse, con ayuda de la razón y sin intervención de ningún sentido, hacia lo que es cada cosa en sí, y cuando no desiste hasta alcanzar, con el solo auxilio de la inteligencia, lo que es el bien en sí, entonces llega ya al término mismo de lo inteligible, del mismo modo que aquél llegó entonces al de lo visible.
-Exactamente-dijo.
-¿Y qué? ¿No es este viaje lo que llamas dialéctica?
-¿Cómo no?
-Y el liberarse de las cadenas -dije yo- y volverse de las sombras hacia las imágenes y el fuego, y ascender desde la caverna hasta el lugar iluminado por el sol y no poder allí mirar todavía a los animales ni a las plantas ni a la luz solar, sino únicamente a los reflejos divinos que se ven en las aguas y a las sombras de seres reales, aunque no ya a las sombras de imágenes proyectadas por otra luz que, comparada con el sol, es semejante a ellas; he aquí los efectos que produce todo ese estudio de las ciencias que hemos enumerado, el cual eleva a la mejor parte del alma hacia la contemplación del mejor de los seres, del mismo modo que antes elevaba a la parte más perpicaz del cuerpo hacia la contemplación de lo más luminoso que existe en la región material y visible.
-Por mi parte -dijo-, así lo admito. Sin embargo, me parece algo sumamente difícil de admitir, aunque es también difícil, por otra parte, el rechazarlo. De todos modos, como no son cosas que hayan de ser oídas solamente en este momento, sino que habrá que volver a ellas otras muchas veces, supongamos que esto es tal como ahora se ha dicho y vayamos a la melodía en sí y estudiémosla del mismo modo que lo hemos hecho con el proemio. Dinos, pues, cuál es la naturaleza de la facultad dialéctica y en cuántas especies se divide y cuáles son sus caminos, porque éstos parece que van por fin a ser los que conduzcan a aquel lugar una vez llegados al cual podemos descansar de nuestro viaje ya terminado.
- Pero no serás ya capaz de seguirme, querido Galucón -dije-, aunque no por falta de buena voluntad por mi parte; y entonces contemplarías, no ya la imagen de lo que decimos, sino la verdad en sí, o al menos lo que yo entiendo por tal. Será así o no lo será, que sobre eso no vale la pena discutir; pero lo que sí se puede mantener es que hay algo semenjante que es necesario ver. ¿No es eso?
- ¿Cómo no?
- ¿No es verdad que la facultad dialéctica es la única que puede mostrarlo a quien sea conocedor de lo que ha poco enumerábamos, y que no es posible llegar a ello por ningún otro medio?
- También esto merece ser mantenido -dijo.
- He aquí una cosa al menos -dije yo- que nadie podrá afirmar contra lo que decimos, y es que exista otro método que intente, en todo caso y con respecto a cada cosa en sí, aprehender de manera sistemática lo que es cada una de ellas. Pues casi todas las demás artes versan o sobre las opiniones y deseos de los hombres o sobre los nacimientos y frabricaciones, o bien están dedicadas por entero al cuidado de as cosas nacidas y frabricadas. Y las restantes, de las que decíamos que aprehendían algo de lo que existe, es decir, la geometría y las que le siguen, ya vemos que no hacen más que soñar con lo que existe, pero que serán incaaces de contemplarlo en vigilia mientras, valiéndose de hipótesis, dejen éstas intactas por no poder dar cuenta de ellas. En efecto, cuando el principio es lo que uno no sabe y la conclusión y parte intermedia están entretejidas con lo que uno no conoce, ¿qué posibilidad existe de que una semenjante concatenación llegue jamás a ser conocimiento?
- Ninguna -dijo.
XIV. -Entonces-dije yo-, el método dialéctico es el único que, echando abajo las hipótesis, se encamina hacia el principio mismo para pisar allí terreno firme; y al ojo del alma, que está verdaderamente sumido en un bárbaro lodazal, lo atrae con suavidad y lo eleva a las alturas, utilizando como auxiliares en esta labor de atracción a las artes ha poco enumeradas, que, aunque por rutina las hemos llamado muchas veces conocimientos, necesitan otro nombre que se pueda aplicar a algo más claro que la opinión, pero más oscuro que el conocimiento.
PLATÓN, La República, 532 a-533 d.
I. Cuestiones
- Analice el/la alumno/a el significado que tienen en el texto los conceptos de "dialéctica" y "contemplación".
- Explique el/la alumno/a las razones por las que Platón afirma que la facultad dialéctica es la única que puede mostrar la verdad en sí.
I. Redacción: La teoría platónica de las Ideas.
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